Rafael Nadal y nada más

El español volvió a ofrecer una de esas tardes vibrantes, transmitiendo unas sensaciones difícilmente equiparables a cualquier otra cosa en el deporte.

Rafael Nadal, síntesis de su gloria. Foto: gettyimages
Rafael Nadal, síntesis de su gloria. Foto: gettyimages

Existen muy pocas situaciones en la vida capaces de aunar a una amplísima mayoría, de marcar varias generaciones y trascender en esferas de la sociedad de calado tan diverso como lo hace Rafael Nadal. Las tardes de domingo en que, sentados en el sofá, los ciudadanos de todo un país empujan, vibran o simplemente disfrutan con las hazañas de un hombre, se han convertido ya en algo interiorizado en el acervo popular, en un clásico que suscita interés incluso en aquellos para los que el tenis es algo lejano en su día a día. Nadal interesa, Nadal emociona, Nadal gana, pero sobre todo, Nadal es admirado porque encarna todo aquello que soñamos y que nos es esquivo en muchas ocasiones.

Superación constante, crecimiento ante la adversidad, respeto máximo por los rivales, tenacidad durante años, saber estar cuando vienen mal dadas... En un ambiente de crispación general, del "tú más", del "tú peor", de la acusación constante y el maniqueísmo exacerbado, Rafael pone sobre la pista todo aquello con lo que nos identificamos a modo de quimera, todo lo que soñamos con ser en nuestras vidas, en nuestras profesiones, y que pronto olvidamos en el día a día. Durante unas horas, un joven de Manacor se convierte en un emblema de todo lo positivo que podamos imaginar y reúne en el televisor a pequeños y mayores con idéntica ilusión.

Nadal es capaz de congregar en sus partidos a todo tipo de gente, que se emociona con lo que transmite

Sentimos a Nadal como nuestro porque todos queremos vernos reflejado en su actitud en la pista, en su amor por este deporte y su capacidad para elevarlo a algo más que eso. El tenis deja de ser tenis cuando Rafa juega una final en un domingo abocado al sopor de la sobremesa, y que se convierte en el mejor momento de la semana, en ese en que olvidamos todos los problemas, todas las diferencias con los demás y nos evadimos con algo tan simple y tan poderoso como un ser humano golpeando una pelota amarilla con una raqueta. No se trata de ganar o perder, se trata de emocionar, de transmitir la sensación de que estamos ahí, en esa pista de tierra batida, desafiándonos a nosotros mismos constantemente, levantándonos cada vez que recibimos un golpe y emergiendo con fuerza cuando parecíamos irremediablemente hundidos.

Cuando Nadal gana, una sonrisa se dibuja en el rostro de millones de personas; quizá no sepan nada de este deporte, quizá no vean tenis con regularidad, pero cuando conozcan la noticia sentirán esa placidez que otorgan las cosas buenas que no cambian, esa sensación de que ahí fuera hay un hombre cumpliendo su sueño y, lo que es más importante, haciéndoselo cumplir a mucha gente. He visto partidos de Nadal en otros países, en lugares remotos, con gente que lo estaba pasando mal e incluso en un hospital. Y la sensación siempre es la de una atmósfera especial, un ambiente lleno de energía que nos hace soñar.

Será siempre un emblema de valores inalcanzables para la mayoría y fuente de inspiración para todos

He visto a niños mirando el televisor asombrados ante ese derroche de fuerza, he visto a ancianos con un brillo en los ojos especial, he visto a personas en situaciones límites sentirse inspiradas por ese hombre que trabaja incansablemente, que se supera a sí mismo, que no deja de luchar y que también pierde. Posiblemente, cuando más admiramos a Rafa sea en las derrotas, y es ahí cuando nos damos cuenta de lo que significa este tenista para toda la sociedad, y también nos percatamos de lo difícil que es trasponer lo que hace en la pista a nuestro día a día.

No se trata de ganar o perder, se trata de cómo lo hace, del carisma que derrocha. Ver a Nadal en directo en una pista de tenis debería ser asignatura obligatoria para todos, acostumbrados a la inmediatez de las cosas, a la frustración cuando algo no sale bien, a la euforia y el drama sin término medio, a los rigores de la vida que nos arrebatan las ilusiones y la creencia de que siempre es posible conseguir nuestros sueños. Un espectáculo glorioso, pero también un chute de realidad porque, en un partido de tenis, se condensan todas las sensaciones que se pueden experimentar en una vida y el español siempre encuentra la manera de extraer algo positivo de ellas.

Pasarán los años y las tardes de domingo viendo a Rafael Nadal en una final de un gran torneo acudirán a la memoria colectiva una y otra vez, como un mantra que nos empuja como sociedad a olvidar el enfrentamiento y construir algo en torno a los valores que transmite él en la cancha. Llegará un momento en que las tardes de domingo entre abril y junio se conviertan en una oportunidad para recordar y reflexionar qué somos y dónde queremos llegar. Hasta que eso ocurra, sigamos disfrutando, vibrando y aprendiendo. Rafael Nadal y nada más.

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