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El ser humano contra la máquina

Medvedev dejó una actuación para el recuerdo y se metió en la final del Open de Australia ante un Tsitsipas que empujó pero que fue inferior en todos los aspectos.

Daniil Medvedev. Fuente: Getty

Daniil Medvedev mandó un aviso al mundo. Ya está aquí. La máquina impasible, el témpano de hielo. El ruso bordó el tenis heterodoxo, la imprevisibilidad en cada golpe y mostró una capacidad resolutiva tremenda. La sensación de suficiencia quedó mostrada en el marcador (6-4, 6-2, 7-5) en un partido en el que a pesar del conato de reacción de Stefanos Tsitsipas a mediados del tercer set, el saque y el revés de Daniil marcaron la diferencia desde el minuto uno. El ruso ya está en la final del Open de Australia 2021.

El primer set empezaría con altos porcentajes de efectividad al saque, pero a partir del quinto juego del duelo Medvedev empezó a poner tierra de por medio. Ya no solo en el resultado, siendo el primero en darle un mordisco al marcador, sino especialmente en las sensaciones. El ruso decantaba la batalla táctica a su favor con claridad, y no es porque Stefanos se equivocase en su estrategia, sino porque su ejecución no estaba siendo lo precisa y fluida que necesitaba.

Si bien el griego rozó el 70% de primeros saques dentro, no conseguía conectar con demasiada frecuencia el combo 'saque + 1'. Atacó la red pocas veces y Medvedev se rehacía en cada resto a las mil maravillas, consiguiendo llevar el partido al terreno que más le beneficiaba: el intercambio de revés a revés cruzado. Ahí, el ruso mostró que estaba en estado de gracia. Apenas falló, forzó hasta seis errores no forzados por parte del griego y cansó psicológicamente a su rival. Daba la sensación de que en cualquier registro Medvedev sería quien llevase la batuta.

Asusta la suficiencia con la que consiguió llevarse el primer set. El break tempranero era suficiente para establecer el 6-4 en el marcador... y Daniil no daría señales de querer parar. Después de trazar un primer set casi perfecto, ¿qué mejor manera de abrir el segundo parcial que con una nueva rotura? Con 1-1 en el electrónico y tras un juego de más de ocho minutos de duración, Medvedev firmaba un nuevo golpe ganador que silenciaba a la mayoría griega en la Rod Laver. Eficiencia en su máxima expresión.

Cuando debes ser el jugador más ofensivo, acortar los puntos y tratar de evitar que tu rival te ahogue desde el fondo y llevas 12 golpes ganadores en comparación con los 22 de tu rival... es que algo no está funcionando. Llámenlo esa pizca extra de agresividad, llámenlo fallos de ejecución. Tsitsipas era absolutamente incapaz de encontrar algún hueco al saque del ruso, mostrando también que su resto es el área de su tenis que mayor capacidad de mejora tiene. Y si encima Medvedev se muestra igual de agresivo desde el lado de la derecha, raseando el juego y provocando que el griego no tenga ninguna bola a su altura predilecta (a la altura del hombro) para atacar y salir del patrón revés a revés... pues apaga y vámonos.

El partido marchaba con celeridad y la realidad empezaba a golpear a Tsitsipas en la cara. No le perdió la cara al partido en ningún momento, pero cuando ves que haces lo correcto y que, a pesar de ello, tu rival te apabulla... psicológicamente es complicado encontrar un plan B. La capacidad resolutiva del moscovita para sortear cualquier tipo de situación era absolutamente apabullante. Con un nuevo break en blanco certificado con otro golpe ganador, Medvedev cerró el segundo parcial como los campeones: en blanco. Nadie podía pararle.

Llegados a este punto, se cumplía en cierto modo esa máxima que comentábamos en el análisis previo: si Medvedev saca mejor y resta mejor... ¿quién puede pararle? En los puntos cortos (entre 0 y 4 golpes), el ruso dominaba por 38 a 25. ¿Y los puntos largos (9 golpes o más)? Un contundente 14 a 2. Es decir: el ruso finalizaba los puntos con mayor claridad, conseguía una mayor cantidad de puntos gratis al saque (¡91% de puntos ganados con el primer servicio!), pero tampoco tenía ningún problema en llevar los intercambios al desgaste, a la extenuación si hiciese falta.

Tsitsipas se marchó al vestuario para intentar reagrupar su mente, buscando de nuevo la épica, remontar dos sets en contra. Lo que se encontró, sin embargo, fue un nuevo break en contra por parte de un ciclón que no tenía visos de parar. La tarea hercúlea que tenía por delante parecía hacerse imposible con dos bolas más para encajar otro break... que Tsitsipas, embravecido por el júbilo y apoyo de la grada, consiguió salvar milagrosamente. Y el partido cambió por unos minutos.

Aquel juego al saque le dio alas a Tsitsipas. Por un momento, Medvedev tuvo una especie de cortocircuito involuntario. La máquina empezó a dar fallas. Cedió el break con una cantidad de errores no forzados que no veíamos desde hacía muchísimo tiempo. El griego se creció, presionando con todo cada saque de Daniil, buscando con más frecuencia la red, gritando y animándose para cambiar la inercia del encuentro. Así, de hecho, consiguió colocarse 4-5 y 0-30. ¿De verdad era posible la remontada? ¿De verdad podía volver a hacerlo?

Y entonces, cuando el partido se movía en el terreno de las emociones y la adrenalina, el robot resurgió. La máquina de hielo se sacó de la chistera una serie de saques imparables, mantuvo el saque y rompió en el 5-5 con un revés paralelo desde la valla absolutamente antológico. El golpe del partido arrancó un baile improvisado por parte del ruso, mostrando que sí, aunque parezca mentira él también tiene sentimientos. Absoluta locura.

Daniil Medvedev está en su segunda final de Grand Slam. Mucho ha cambiado, sin embargo, desde que llegase al partido por el título en el Us Open 2019. El ruso acumula más de 20 victorias seguidas, más de 10 ante jugadores del top-10. Nadie parece poder ganarle; ha ganado tres títulos seguidos y aquí, salvo un pequeño susto ante Krajinovic, no quita el pedal del acelerador. Espera el desafío absoluto, Novak Djokovic en una final sobre la Rod Laver Arena... pero da la sensación de que si alguien, a día de hoy, puede superar ese obstáculo, ese es Medvedev. Cojan las palomitas, que el domingo hay jarana.