Gulbis tiene un plan

Los andares de Gulbis ya no son de semana de la moda. La soberbia la ha abandonado en sus gestos. Ha venido en su lugar la compostura.

Mario de las Heras Cabeza | 9 Jul 2018 | 23.27
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Novak Djokovic contó de Ernests Gulbis que cuando eran niños el letón siempre lo destrozaba en la pista. No muchos años después el público conocía a Djokovic, pero no a Gulbis. Ernests, llamado así por Hemingway, solía aparecer casi tanto en las últimas rondas de los torneos como solía desaparecer en las primeras. Era un tipo llamativo, atractivo. El tenis lo observaba de reojo y en silencio. Lo único que se oía eran los elogios espontáneos de algunos próceres y los gritos emocionados de algunas jóvenes admiradoras. El talento saltaba a la vista, pero aún más lo hacían las maneras.

Quizá tuviera que ver el hecho de que viajaba a los torneos en el avión privado de su padre. Ernests caminaba por la pista como por una pasarela. Altivo y ceñudo y despreocupado, él era la luz y el público (y el contrincante) estaban a oscuras en ese desfile, casi como si todos fueran simples espectadores de su juego brillante y caótico. Ernests era capaz de ganar los partidos por aplastamiento y perderlos por suicidio. Nada parecía importar.

Con veintitrés años de edad alcanzó las semifinales de Roland Garros después de derrotar a Roger Federer en los cuartos de final. Fue Djokovic quién lo detuvo en su camino al último partido por el título. Aquel hito en su carrera hizo que se abandonaran todas las cautelas respecto a él. Quizá habían estado demasiado retenidas. Gulbis fue durante un tiempo (al final, sólo unos instantes) una estrella como el Agassi de finales de los ochenta. Pero, así como Andre se presentó a todas las llamadas como uno de los mejores y acabó siéndolo, Ernests no compareció.

Fue como si hubiera querido salir a disfrutar de esa fama pequeña, apenas real, y en vez de salir a jugar decidiera pasear modelos, convencido de que su talento le bastaría para seguir ganando a los grandes. Pero ni siquiera consiguió ganar a los pequeños. Comenzó entonces su largo proceso de autodestrucción tenística. Llegaron las lesiones y los cambios continuos de entrenador. Y también el problema patológico de su derecha, ese golpe esquivo, representación física de su extravío deportivo.

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Era difícil de explicar que un jugador profesional de tenis (y uno de su categoría, o precisamente por ella) no supiera golpear la pelota de derecha, pero más difícil de explicar era que cualquier tipo de mejora introducida sólo conseguía ahondar en el problema. Esa derecha lanzándose en paralelo o cruzada, la parte, era el todo tambaleándose por las pistas del mundo. Esa derecha era una dolencia que se contagiaba a todo el cuerpo. Esa derecha era Mr. Hyde y su revés maravilloso era el Dr. Jekyll.

Ernests ya no era la estrella que en realidad nunca fue, y Novak, aquel niño al que aplastaba todas las veces, era el indiscutible número uno del mundo. Lo que vino después fue casi la postración absoluta a pesar de que nunca dejó de jugar. Debido a su bajo ránking se vio obligado a participar en torneos challenger, la segunda división del tenis, donde solía perder con tenistas perfectamente desconocidos con asiduidad. Así sigue siendo hoy en día. Hace dos semanas, en el torneo de Caltanissetta, en Italia, no pudo pasar de los octavos de final frente al número ciento noventa y nueve del ránking ATP, Alessandro Giannessi.

Que en los octavos de Wimbledon 2018 aún figurara el nombre de Ernests Gulbis en el cuadro era una noticia. Pero quizá no tanto tras verle jugar (en realidad nunca es tanto tras verle jugar). Todo el partido de dieciseisavos frente al número tres, Alexander Zverev (sobre todo los últimos diez juegos), fue una demostración asombrosa de su talento vivo. Y todo a pesar de su derecha torturadora, que sigue ahí. También sigue su despampanante revés. Y los retazos de genialidad. Lo que no sigue ahí es la presunción. Sus andares ya no son de semana de la moda. La soberbia (no su personalidad ni su estética) la ha abandonado en sus gestos. Ha venido en su lugar la compostura.

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Él mismo ha declarado que su vida es otra después de casarse y tener un hijo. Ha dicho que sólo juega porque el tenis le ayuda a ser mejor hombre. Pero yo no le creo. No creo que juegue al tenis sólo para ser un hombre mejor. Lo dijo el sábado sin levantar el tono en la entrevista postpartido después de vencer a Zverev. Dijo que no estaba allí por casualidad, y lo dijo satisfecho y sereno. Dijo que aún le quedaban cuatro o cinco años de tenis y que ya veríamos. Y lo dijo con la mirada antigua de pasarela, donde aún debe de guardar el fuego. Al final Nishikori y una lesión en la rodilla y la derecha, la derecha terrible, le han apartado hoy de ser uno de los ocho mejores del torneo, pero yo apuesto porque Ernests quiere hacer algo importante y sabe cómo hacerlo. Y no le importa no lograrlo porque lo va a lograr, o quizá porque ya lo ha logrado. Yo apuesto porque Ernests Gulbis tiene un plan.