Hasta el siglo XXI fueron la rivalidad perfecta. Para formar una de ese calado deben darse muchas situaciones, encuadradas en un relato concreto que contenga o pueda contener momentos dramáticos, duración en el tiempo, alternancias en las victorias, fricción en el trato, tensión competitiva y un respeto camuflado que eleve el duelo a la categoría de rivalidad. John McEnroe y Bjorn Borg son mucho por sí mismo y mucho más de la mano, pues explican una época, dorada, del tenis masculino.
Para coronar la historia perfecta necesitaron de un marco inigualable como fue Wimbledon, un torneo en el que su público se convirtió en protagonista cuando un sueco labró su leyenda jugando desde el fondo en un césped donde literalmente la pelota apenas botaba y un estadounidense cuestionó todo el protocolo y las distinciones temperamentales de la impecable grada británica. Ellos explican un nuevo punto de partida en el que el aficionado dejaría de ser el que se veía como el más académico. La gente tomó parte en la batalla. Y asi vieron a sus protagonistas.
Para John McEnroe, que dejó de ganar Grand Slams con 25 años, Wimbledon fue la historia de su carrera, el lugar donde se gesta su nombre, y lo fue porque derribó varios muros. Adalid y máximo representante del tenis intuitivo, del toque puro y la conexión con la idea, la jugada y la improvisación, nacido para caminar hacia la red y tocar la pelota en el aire, la hierba era algo natural para él. Había nacido para ganar allí. Su talento, como el de la época, era precoz y estaba preparado para ello, pero debía enfrentarse a algo más. A algo realmente extraño.

Bjorn Borg era una pregunta que nadie estaba sabiendo contestar en dos superficies concretas. Lo de la tierra batida era entendible, pues el escandinavo se había inventado la manera de golpear con arco, en carrera, desde los dos perfiles de golpeo y con un efecto que en tierra enmudecía cualquier tipo de juego que no implicara un desgaste físico, emocional y tenístico acorde a lo que Borg demandaba. En tierra, con maderas, no servía colocar un tiro plano o acompañar un cortado con una subida. Se trataba de ser intenso, de utilizar las piernas y la consistencia en el tiro para ganar.
Lo de Bjorn en hierba ya era algo muy diferente. Sin el mejor saque ni el mejor toque, Borg se fue cargando a cada referente norteamericano, los que tomaron el relevo de los australianos, dominadores en los 60, quienes marcaban la pauta estilística de una superficie que a Borg no parecía deber corresponderle. Gottfried, Tanner o Connors, también McEnroe en el 80, fueron derrotados por una espiga que corría como una liebre en un piso donde la pelota corría más que el hombre. Así hasta cinco veces consecutiva.
Y John McEnroe era el elegido. En las finales de 1980 y 1981 se definió una rivalidad pero también el final de una época. McEnroe no sólo derribó un muro, el del academicismo inglés, cuna del deporte blanco como sinónimo de modélicos comportamientos. No sólo derribo el muro de ganar al cinco veces campeón, sino que fue parte importante del cambio de guardia en la cima del circuito. La retirada de Borg, con 26 años, tuvo razones oficiales, pero entre ellas cabe destacar una tiranía deportiva venida a menos.

Las finales de Wimbledon 80 (Borg en 5 sets), US Open del 80 (McEnroe en 5 sets), Wimbledon del 81 (McEnroe en 5 sets) y US Open del 81 (McEnroe en 4 sets, con comodidad), jugadas todas entre Borg y McEnroe y con un paulatino intercambio de fuerzas en favor de John, unido al acercamiento y cuestionamiento de un jovencísimo Ivan Lendl sobre tierra batida, comenzaron a debilitar el dominio de Borg en el tenis. McEnroe fue uno de los artífices de un desgaste deportivo que fue sustituido, en las razones argumentadas por Borg tras su retiro, por un desgaste generalizado. Pero la tendencia era un hecho.
Lo que Wimbledon vio, de manera privilegiada, en las finales de 1980 y 1981, no fue únicamente un acontecimiento deportivo, sino también social. Borg y McEnroe, el hielo y el fuego, crearon sus propios personajes, relacionados y potenciados por la marca del otro, participando en el llamado partido del siglo; en el tie break del siglo; formando la rivalidad tenística del siglo. Las letras de oro de este deporte siempre tendrán en cuenta ese momento concreto en la línea del tiempo para explicar que antes hubo un deporte y después otro. Desde ahí, desde ellos, el público se convirtió en masa y ya nada pudo parar al tenis.

