Zverev, la respuesta a una cuestión original

En su camino evolutivo, el tenis ya tiene respuesta para una de sus cuestiones más problemáticas, y Zverev ha demostrado saber contestarla

Alejandro Arroyo | 22 May 2017 | 16.00
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El mundo del deporte, en algunas direcciones concretas, está explicándose a sí mismo que en muchas de sus variantes no hay biotipo físico al que se le pueda negar el acceso. La evolución de los perfiles está siendo tan rápida en algunas disciplinas que es difícil decir que determinado cuerpo no se corresponde con lo que practica. Los centímetros y la envergadura ya no son obstáculo para desarrollar con éxito determinadas facetas relacionadas con la movilidad y la velocidad. Por eso, Alexander Zverev es quizás una de las últimas preguntas que le quedaban al tenis actual por responder.

Este deporte fue en su etapa de mayor significado social y de repercusión mediática un deporte de medianos. La estatura más provechosa para jugarlo a nivel profesional era aquella que permitía al jugador interpretar la velocidad del juego con una raqueta en la mano, aquella que permitiera una reacción, coordinación, potencia y envergadura equilibradas. Cualquier exceso o defecto de altura conllevaba un límite. Y el tenis, desde la evolución física de los que quieren jugarlo, busca constantemente el no límite. Los avances que se dan a su alrededor lo están haciendo posible.

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Hablando de los jugadores que empezaron a superar la barrera del 1.90m, en la última década del siglo XX, los aficionados los veían destacar por un juego muy concreto, muy directo, que apenas podía cubrir la pista con todo tipo de golpes. En ese paso que el tenis fue dando de delante hacia atrás, donde los materiales comenzaban a permitir pegarla con contundencia a la vez que el jugador ganaba consistencia en los intercambios, el jugador de estatura media fue ganando centímetros gracias a la evolución del propio ser humano. Aún así, todavía, nadie pensaba que un tipo enorme podía serlo todo, que la pista de tenis fuera diseñada para un hombre de dos metros.

Llegaron Karlovic e Isner, jugadores de más de dos metros que podían convivir con una competición exigente, jugada muchas semanas al año, que pudieran jugar sin lesiones, sin ver comprometido su físico. Lograda, en mayor o menor medida, esa circunstancia, su físico no era aún el del futuro. Eran y son físicos adaptados pero dependientes de su impresionante primer servicio. Su físico y su técnica les impide ganar partidos desde el fondo. En esas llegó Juan Martín del Potro.

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El argentino, de 1.98m, había crecido en una metodología de entrenamiento y en un contexto tenístico diferente al de los dos anteriores. Nacido en una nación donde todas sus canchas eran de arcilla, Del Potro fue el primero del siglo que desde los dos metros de estatura se postulaba como un futuro número 1. Pero al jugar tanto desde el fondo, con tanto movimiento lateral, su físico quebró. Una y otra vez. El éxito no era total. Su envergadura era evolucionada pero seguía pagando el peaje de querer ser el jugador de fondo que no se lesiona.

La victoria de Alexander Zverev, anecdótica para establecer un punto de partida en esta evolución, sirve para entender que el germano, que se mueve y golpea como un mediano, es la respuesta a todo. Un elegido que puede decirle a quien diseñó una pista de tenis que también estaba hecha para él. Que jugar a dos metros de la línea, recuperar pelotas desplazadísimas, que jugar a 20 tiros por punto y desde la constante movilidad y reacción es posible para un hombre de tantísima estatura sin que su físico se rompa. Ver natural este aspecto, no verlo como un atrevimiento ni un riesgo, puede suponer un antes y un después. La altura, en Alexander Zverev, son todo ventajas. La altura, visto su juego, ya no penaliza lo que antes podía ser una barrera que salvar.