El sueño de un joven de 20 años se hizo realidad en la Central de Roma tras imponerse en tres mangas a John Isner (6-4, 6-7, 6-1). Hablamos de Alexander Zverev, un marciano del tenis que evoluciona más rápido que el resto. Además de acceder a la final más importante de su carrera, donde chocará con Novak Djokovic o Dominic Thiem, el de Hamburgo se coloca virtualmente como cuarto mejor jugador en la Race, muestra definitiva de que ya se ha de contar con él para los pequeños, medianos y grandes escenarios.
En una parte del cuadro compuesta por nombres como Andy Murray, Fabio Fognini, Tomas Berdych, Milos Raonic, Stan Wawrinka, David Goffin, Albert Ramos o Marin Cilic, el destino quiso que fueran John Isner y Alexander Zverev los que se citaran en semifinales para pelear por un billete a la última ronda del Masters 1000 de Roma. El primero jamás había llegado tan lejos en un torneo sobre arcilla de tanta categoría; el segundo, jamás había llegado tan lejos en plazas de este calibre. Una oportunidad de las que no se suelen presentar en un circuito tan competitivo como el de la ATP, pero ahí estaba, al alcance de ambos contendientes y, lo mejor de todo, sin un favorito claro.
La experiencia apuntaba que el estadounidense sabría desenvolverse mejor en estas fauces, de hecho Isner ya sabe lo que es levantar el trofeo de subcampeón en torneos de Masters 1000; mientras que la fórmula de la superficie decía que al alemán le vendrían mejor las condiciones. Dos veces se habían enfrentado y ambas cayeron del lado de Sasha (Shanghai 2016 y Miami 2017), así que las quinielas se decantaban, por escaso margen, a favor del más joven, aunque luego había que demostrarlo sobre el terreno.
No hacía falta ser muy listo, viendo los servicios de los presentes, que sería un partido de pocos breaks pero muy decisivos. En el primer set, por ejemplo, apenas una oportunidad de quiebre en los diez juegos disputados, la que permitió Isner con 2-2 y que aprovechó Zverev para agarrarla y no soltarla. Aquella ventaja sería una tabla en mitad del mar a la que se enganchó el alemán hasta desembocar en un 6-4 que le dejaba a un pasito de la final más importante de su carrera. Temblaba los 208 centímetros de altura del americano al ver que, una vez más, aquel muchacho de pelo rubio volvía a hincarle el diente con la maestría de un veterano.
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En la grada, resguardados bajo unas gorras, Nicola Pietrangeli disfrutaba del encuentro junto a Rod Laver y Manolo Santana. Tres leyendas que reunían 17 Grand Slams y que acompañaban la tarde del sábado alrededor de este inesperado encuentro. Seguro que habrá periodistas que se dediquen a esto que prefirieron hacer la siesta, pero no ellos. Volviendo al partido, Zverev marchaba en cabeza pero ante un sacador nunca está todo el pescado vendido. Los jugadores como Isner pueden bajar la intensidad, incluso la cabeza, pero su principal arma siempre seguirá funcionando, con lo que les vas a tener que ganar dos veces la pelea. Tal era el peligro que cuando el tiebreak llamó a la puerta fue el de Hamburgo quien tembló. Y con razón.
El desempate empezó muy de cara para el estadounidense (4-0), quien terminó sacando con 6-5 y el agua al cuello para firmar el segundo parcial del partido. Nos íbamos al tercero y el físico empezaba a ser un factor importante, al igual que la cabeza. Por suerte para él, Zverev se mostró superior en ambas y ya desde el principio marcó el camino hasta el triunfo despegándose del rival que quería arruinarle la función. Un 6-1 fue el castigo que el alemán impuso en el marcador y así acceder a su primera final de Masters 1000. No será la última.

