A pesar de que en tenis los entrenadores no tienen ni mucho menos el peso que pueden tener en otros deportes, especialmente aquellos de equipo, es justo reconocer la inmensa labor que realizan y el gran mérito que tienen en el éxito de un tenista. Por primera vez, la ATP ha concedido un galardón al mejor entrenador del año, recayendo en el sueco Magnus Norman. Nosotros por nuestra parte queremos aportar nuestro propio debate sobre cuál es el número 1 de los entrenadores que hayan sido antes grandes jugadores, los llamados supercoach. El propio Norman, Boris Becker, Ivan Lendl, Stefan Edberg o Carlos Moyà son algunos de ellos.
La figura del supercoach ha venido siendo recurrente entre los grandes tenistas del circuito desde hace no demasiado tiempo. Muchos los añaden como una figura que sirve para complementar la de otro entrenador ya existente, que sería el fijo, el habitual. Primero brillaron en la pista para después hacerlo en los banquillos. Analizamos lo que han aportado a sus pupilos y los méritos que han hecho para ser considerado uno de ellos como el mejor.
Magnus Norman. El sueco, finalista de Roland Garros en el año 2000 ante Gustavo Kuerten, se vio obligado a retirarse joven debido a las lesiones. Una corta carrera que ha sabido cómo largar. Norman está brillando desde la grada todo lo que no pudo dentro de la pista. Así como su país, Suecia, que falto de grandes jugadores hoy en día posee grandes técnicos como él o el entrenador de Gaël Monfils, Mikael Tillstrom. Y cómo no, el ex entrenador de Roger Federer y Marat Safin, Peter Lundgren.
Norman ha obrado literalmente hablando dos milagros desde que es entrenador o supercoach. El sueco cogió las riendas de su compatriota Robin Soderling con el objetivo de impulsar una carrera algo estancada. Y vaya que si la impulsó. Convirtió al de Tibro en un jugador con una mentalidad a prueba de bombas, le confirió una confianza inusitada con la que se atrevió a tumbar al rey de la tierra como Rafa Nadal en Roland Garros y al año siguiente al defensor de nuevo del título, Roger Federer. Dos finales consecutivas para Soderling, algo sencillamente impensable antes de la llegada de Norman. El segundo milagro vino con el suizo Stan Wawrinka. El caso fue similar, aunque a larga mucho más exitoso. Cogió las riendas de un tenista poderoso, con muchas armas pero todas inservibles si no había alguien que las ejecutará perfectamente. Incluso, que se atreviera a ejecutarlas. Y ahí estuvo Norman, desbloqueando al helvético y destapando el tarro de las esencias. ¿El resultado? Tres Grand Slams, cada uno en un evento distinto y todos ante el número 1 del momento. Sencillamente brutal.
Ivan Lendl. Tampoco se quedan cortos los méritos realizados por el checo nacionalizado estadounidense. En este caso su figura no ha sido tan central como la de Norman con sus jugadores. Más centrada en la de asesor dentro de un gran equipo, el del británico Andy Murray. Se repite un poco la historia vista con el sueco. Gran jugador, con muchas posibilidades pero no encuentra el ‘click’ en su cabeza para sacar a relucir todo su potencial. La diferencia aquí estriba en que Murray ya era parte de la flor y nata del tenis, uno de los ‘Cuatro Fantásticos’ del tenis mundial. ¿Era más fácil la tarea del imperturbable Lendl? Podría parecerlo, pero realmente no. Su misión consistía en inculcarle el gen ganador a su pupilo, hacerle creer que podía ganar finales de Grand Slam y ante sus grandes archienemigos. Todo eso suponía una ardua tarea que pudo llevar a cabo. Primer ‘grande’ para Andy en Nueva York en 2012 y en 2013 primer Wimbledon, derribando años y años de sequía para el tenis británico. En su segunda etapa al frente del escocés, siguieron los progresos. Coge a Murray antes de la gira de hierba, cuando Andy se encontraba a años luz en el ránking de Djokovic y lo coloca a final de temporada líder de la clasificación mundial. ¿Magia? Quizá no tanto, pero muy cerca de ello. Confianza, templanza, determinación, fe en uno mismo. Pilares con los que Lendl ha hecho del británico un jugador que pasará a la historia.

Boris Becker. El alemán llegó a finales de 2013 al grupo de Novak Djokovic con el objetivo de mejorar notablemente la experiencia que había tenido el serbio con otros supercoach como el americano Todd Martin. No estaba el listón muy alto, pero Becker en cualquier caso se encargó de dejarlo por las nubes. Se encontraba por entonces a un Djokovic número dos del mundo, que había tenido un 2011 estratosférico, de verdadera explosión, pero que había acusado un receso paulatino desde entonces. Djokovic sabía que su volea era mejorable y no dudó en pedir consejo al alemán para pulirla. Pero mucho más que eso fue el apoyo mental que le brindó Becker. Para el serbio fue como un chute de confianza y determinación. No había dudas, solo objetivos. Objetivos que fueron cayendo más pronto que tarde. Recuperar el número uno, volver a triunfar en Wimbledon, ganarlo prácticamente todo en un año haciendo final en cada torneo que disputaba y sobre todo, Roland Garros. Cerrar el círculo y entrar en el club de los ganadores del Grand Slam. Becker mejoró algunos aspectos técnicos de Djokovic y reconstruyó a las mil maravillas su ego para elevarlo hasta el infinito.
Stefan Edberg. Más breve fue la puesta de Roger Federer por el crack sueco del saque y volea. Federer fue de los primeros en recurrir a la figura del supercoach, empezando por el australiano Tony Roche. Con Edberg, se comentaba qué podía aportarle tenísticamente a un jugador que había llegado a estar sin entrenador durante largo tiempo tras dejarlo con Lundgren. Edberg no le iba a aportar nada relevante en cuanto a juego en tierra, el suelo menos favorable para el de Basilea. De nuevo, el aspecto mental iba a ser la clave. La experiencia del sueco en grandes citas, una visión desde fuera de alguien que había vivido situaciones similares. Eso era lo que Edberg venía a aportar. El propio Federer admitía que era más mentor que entrenador. Aun así, fue capaz de modificar ligeramente el despliegue del suizo sobre la pista, instándole más a acortar los puntos e irse cerca de la cinta. En Wimbledon volvió a pisar finales y su tenis vivió un nuevo impulso a pesar del dominio aplastante de Djokovic.

Otro que puede ser tenido en cuenta es Michael Chang, el entrenador de Kei Nishikori. Chang también ha logrado en cierta medida desbloquear al japonés, haciendo que compita mejor ante los grandes jugadores. Carlos Moyà con Raonic es otra buena colaboración. Esta quizá más centrada en la tierra batida, donde el canadiense sufre algo más. La aportación de Moyà quizá sea más técnica y táctica. Y cómo no acordarnos ni mencionar la relación entre croatas que hubo con Marin Cilic y Goran Ivanisevic. El de Medjugorje ganó su primer y hasta la fecha único Grand Slam de la mano de Goran, el otro campeón croata de major. El descaro y la confianza fueron las recetas que aplicó sobre Marin para obrar el milagro en Flushing Meadows. La aportación de John McEnroe a Raonic es digna de mención también. Ha sido algo breve de momento, pero intenso como es el americano. Finales tanto en Queen’s como en Wimbledon son resultados más que sobresalientes para esa colaboración.
Por supuesto, también ha habido enormes fracasos de estos supercoaches. Amélie Mauresmo con Murray, Krajicek con Wawrinka, Bruguera con Gasquet, etc.

