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Novak Djokovic y su reinado del 'terror' en París
El último Masters 1000 ha pasado de ser el torneo de las oportunidades y las sorpresas a ser el feudo inexpugnable de Novak Djokovic. No hay lugar para cuentos de hadas.
Antaño París-Bercy era para muchos tenistas lo que para los emigrantes en su día, incluso hoy, es Estados Unidos: La tierra de las oportunidades. Bajas, lesiones, baja forma y la Copa de Maestros a la vuelta de la esquina formaban un caldo de cultivo donde sabían salir airosos otros que el resto del año vivían a la sombra de las grandes raquetas. El único torneo de esta categoría que se disputa siempre bajo techo ha vivido denostado en muchas ediciones. Ves el palmarés y evidentemente encuentras grandes figuras de la raqueta en él. Pero nadie ha conseguido dominarlo. Nadie ha hecho del Palais Omnisport su feudo, ni siquiera durante alguna breve época. Este torneo estaba ‘condenado’ casi al azar, a una semana de lucidez de algún ilustre valiente que se atreviera a hincarle el diente a un evento que a muchos les ha pillado mentalmente de vacaciones.
Pero realmente eso era lo bonito del torneo. Esa imprevisibilidad. Incluso cuando acudían los grandes del circuito, como en esta última época Federer, Nadal, Djokovic o Murray, no estaba ni mucho menos claro que uno de ellos saliera triunfante del afamado pabellón parisino. Especialmente, envalentonados jugadores franceses se agigantaban para tornarse matagigantes ante su público y firmar notables gestas. Tsonga, Llodra, Benneteau o Clément son algunos de los artífices de que París-Bercy permaneciera como un torneo agreste para las grandes estrellas del circuito. Que permaneciera ese romanticismo de las sorpresas, de lo inesperado. Quién no recuerda el único Masters 1000 que posee Tomas Berdych, un Berdych de cara angelical con apenas 19 añitos. Quién no recuerda al gran David Nalbandian desplegar un tenis de escándalo o a Robin Soderling o David Ferrer estrenando sus cuentas de Masters 1000. Por no hablar de los que no ganaron pero se colaron hasta la cocina como Gaël Monfils, Ivan Ljubicic, Michael Llodra, Tommy Robredo o ese polaco que ya nadie sabe que existe, Jerzy Janowicz. París-Bercy ya no es un cuento de hadas para nadie. París-Bercy es otra tierra más de Novak Djokovic.
Desde 2013 no se conoce otro campeón que no sea él. Su racha se extiende hasta 2015, encadenando tres títulos consecutivos en la capital francesa. En total suma 4 entorchados en París-Bercy, siendo el tenista más laureado de la historia allí. El alicantino David Ferrer es el último distinto del serbio que pudo proclamarse vencedor del último torneo del calendario regular ATP. Una inolvidable edición aquella, no solo con su título, que significaba su primer Masters 1000, sino con el cuento de hadas que vivió el polaco Jerzy Janowicz. El gigante de Lodz fue cargándose rivales, entre ellos Andy Murray, para plantarse en la final.

En esa edición también pudimos ver un esperpéntico partido del que ahora es rey de París. Novak Djokovic sufría en 2012 su última derrota en París-Bercy a manos del gran sacador estadounidense Sam Querrey, el mismo que le echó este año de Wimbledon. No fue tanto el quién, sino el cómo, lo que sorprendió de aquella velada. Djokovic dominaba en aquella primera ronda al americano por un no menos increíble 6-0 y break arriba en el segundo parcial. El californiano acabó entrando en el partido y volteando el resultado para ganar por 7-6 y 6-4 los dos siguientes parciales. Noche auténtica de Halloween aquella. No ha vuelto a repetirse algo así. En 2013 ganaba su segundo Masters 1000 de París-Bercy tras superar a David Ferrer en la final. En 2014 arrollaba para ganar con tremenda solvencia en el partido por el título al canadiense Milos Raonic. Y en 2015, con algún ‘apuro’ más, materializaba el póquer de títulos en Bercy. Acumuló una racha de 21 sets ganados de forma seguida. Y continúa con ese hilo de victorias. Ni más ni menos que 15 partidos los que ha logrado ya consecutivamente.
La relación de Djokovic con París-Bercy no podía decirse que era mala cuando ya había probado las mieles del éxito allí. Un desempate de infarto en el tercer set le había dado el título en 2009 ante Gaël Monfils. Por lo demás, bastantes decepciones y derrotas inesperadas. Cuán distinto es ahora. A Djokovic le encanta París, más aún cuando allí por fin ha sellado su ‘Grand Slam’ esta temporada. No parece que el serbio vaya a permitir en 2016 un nuevo cuento de hadas como antaño. París es suyo, le pertenece.