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Roland Garros se blinda

Cosme M. Del Olmo - 22 may 2016 | 11:09

Tras los atentados de París el pasado noviembre, Roland Garros extremará sus medidas de seguridad en esta edición con medidas nunca antes vistas.

El año pasado a estas alturas, Roger Federer se disponía a abandonar la pista Philippe Chatrier tras un choque cómodo con Alejandro Falla en primera ronda de Roland Garros. En ese momento, un chaval con camiseta blanca y pantalones remangados irrumpe en su campo de visión y se sitúa a pocos centímetros de su rostro. El tenista suizo se sobresalta, aunque no es más que un fan que ha burlado el cordón de seguridad en pista a la caza de un selfie. Eso no impide que Roger, ya recuperado del mal trago, cargue contra la organización del torneo por no garantizar la seguridad de los tenistas.

El entonces director del torneo responde a los pocos minutos: “No es el fin del mundo”. Gilbert Ysern quita hierro al asunto pero asegura que tomará medidas para que un episodio semejante no vuelva a suceder. Desde este año, no podrá hacerlo. Tras varias polémicas, incluida la acusación de vender las entradas que por su puesto le correspondían, ha sido relevado al frente de la organización por el ex jugador Guy Forget. Como nuevo responsable, Forget ha señalado la seguridad como una de sus prioridades.

Resulta comprensible la preocupación del ex top-ten: toda Francia se encuentra desde hace meses en un estado de alerta máxima ante posibles ataques terroristas. A raíz de los atentados de noviembre en París, el presidente Hollande declaró el estado de emergencia, que se mantiene hasta nuevo aviso. Esta medida implica la intensificación de los controles y una mayor presencia policial a todos los niveles, especialmente en la ciudad del Sena. La vigilancia será aún más extrema durante este verano, habida cuenta de que el Hexágono alojará dos meses seguidos de importantes eventos deportivos enlazados. El segundo Grand Slam es el primer gran acontecimiento internacional en el país desde noviembre, y abre una trilogía que continuará con la Eurocopa de fútbol y se cerrará con el Tour de Francia. Se espera que unas 30.000 personas al día visiten las instalaciones del Bois de Boulogne durante la primera semana de competición.

En este punto, parece necesario hacer una distinción de orden práctico. Se plantean dos escenarios diversos en cuanto a los niveles de seguridad, por un lado el que atañe a los eventuales incidentes aislados con los jugadores —el mencionado caso de Federer o la agresión por la espalda a Monica Seles—, y que es menos dependiente del nivel de alerta general, y por otro, la seguridad global de un gran torneo, incluyendo espectadores, staff y demás personas que se dan cita en las instalaciones, que sí se ve sensiblemente acentuada por los condicionantes políticos y sociales. Es en este segundo contexto en el que se ha percibido un cambio más drástico respecto a otras ediciones.

Entre lo que se percibe a simple vista, los cambios este año incluyen la presencia varios grupos de gendarmes armados patrullando el complejo, que ahora solo tiene tres puntos de acceso. Además, se obliga a todos los espectadores y periodistas a abrir sus bolsas y pasar por los detectores de metales. Por primera vez en la historia de Roland Garros, incluso, se cachea a algunos asistentes. Perros policía rastrean cada rincón en busca de explosivos, y quedan ya pocos recodos al abrigo de las cámaras de vigilancia. Según la organización, se ha incrementado el personal de seguridad en un 25%, y se ha añadido un segundo perímetro de seguridad alrededor del recinto.

Acudiendo a las impresiones de los protagonistas, es difícil encontrar alguna declaración que se salga del tópico. Aunque Serena Williams se mostraba a favor de aumentar el nivel de protección, Novak Djokovic y Rafael Nadal se han encargado de afirmar que se sienten totalmente a salvo en París. Tras el incidente con Federer el año pasado, Andy Murray ya aseguró que el acceso de los fans a los jugadores durante las prácticas o en el camino a vestuarios es una de las cosas que hacen especial al tenis, y que no se debía renunciar a ella. Por lo demás, los jugadores se mantienen cautos.

Y es que la armonía está en hallar el punto de equilibrio entre un nivel de riesgo lo más cercano a cero posible, por un lado, y la serenidad para no abdicar de las señas de identidad de la sociedad civil, por otro. El reto en tiempos de incertidumbre es ser más juiciosos que nunca, y disfrutar de las actividades cotidianas sin caer en la sobreexcitación policial: la normalidad es la mayor demostración de fortaleza ante una amenaza. Si una fiesta del deporte se ha de ver obsesivamente escoltada por fuerzas y cuerpos de seguridad armados hasta los dientes, si los controles son tan exhaustivos que el espectador no puede olvidarse de que existen, si una botella de agua o una mochila con comida pasan a ser objetos sospechosos, entonces quienes quieren imponer sus visiones por la fuerza —tanto en Occidente como, incluso con mayor crudeza, en lugares que nos resultan más lejanos— habrán ganado un palmo de terreno en su batalla.