Rafa Nadal, motivos para creer

Rafa Nadal revierte en Indian Wells muchas de las crisis de fe en él, justo para cuando todo parecía ya tan irremediable

Iván Alarcón Tortajada | 21 Mar 2016 | 12.36
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Si se puede dejar de creer en Dios se puede dejar de creer en Nadal. Y más cuando la fe en el segundo se sustenta con pruebas.

2015 fue para Rafa su annus horribilis, pero hubo una parte buena: como annus, le “dio derecho” no sólo a un mal día sino a un mal año. Muchos de los grandes lo han sufrido. Está institucionalizado, y por ello los aficionados le consienten al afectado brujulear por las pistas durante una temporada entera. La otra parte del acuerdo es que Año Nuevo, vida nueva. «Si yo me apunto al gimnasio, tú espabilas, Rafa».

La salida, a la primera oportunidad, de Rafa Nadal del Open de Australia, a cañonazo limpio, contra un Verdasco en clave de Napoleón pero que era el claro no favorito, significó quizás la peor cuchillada a la fe en Nadal desde el principio de su decaimiento. Resultaba que, una pretemporada y un ‘Informe Robinson’ después, Rafa continuaba en el cenagal.

Más tarde, partir como expedicionario hacia las tierras del continente americano fue una decisión ciertamente comprensible. Rafa se agarraba a “su” clay como a una tabla de salvación, y por otra parte en Buenos Aires, un año antes, había encontrado El Dorado. Pero el arma era obviamente de doble filo y el efecto esta vez fue contrario al pretendido: Nadal mordió el polvo de ladrillo en Buenos Aires, frente a Thiem, bajo la mirada del fantasma del relevo generacional; y en Rio frente a Cuevas, que era el enésimo tenista contra quien perdía de entre quienes jamás lo habían derrotado.

Así, el aterrizaje de Nadal en Indian Wells sonaba más que nunca —o quién sabe si por primera vez desde siempre—, a carga de la prueba en relación con su supuesto poderío para volver a ser el de antes. Las victorias frente a Verdasco y frente a Zverev fueron un buen comienzo, pero claramente a esas alturas no sumaban lo suficiente como para revertir crisis de fe. Sin embargo, Nishikori sí. El japonés, top 10, y quien le había pasado la escoba a Rafa hacía menos de un año, era perfecto para la resurrección de la carne. Ni demasiado bueno como para un Nadal todavía en apuros, ni demasiado flojo como para que incluso a él, en su forma actual, le resultara asequible.

Nadal agradeció que a Nishikori lo sobrevolasen más fantasmas aún que a él. El japonés alternó la mirada triste de quien observa una niebla de cenizas con la del asesino deleitado durante el estrangulamiento de una víctima. Kei ofreció ristras de sopapos con la misma raqueta que terminaría estampando contra la pista, dos o tres puntos después de abrir los brazos como un cristo, mirando al cielo igual que si estuviera allí la explicación de su caos, y no la estuviera eligiendo él. Pero sea como sea, Nadal se sacó a sí mismo del baúl de los recuerdos, y aunque aún polvoriento, claroscurista, se superpuso en el tenista desnaturalizado, y poco concluyente, de los primeros compases, para terminar siendo otro tenista. Aquel que encontraba su swing en el despliegue físico, en el rol de espectador desde el que se veía a sí mismo sobreponiéndose a la adversidad, y cuyo prototipo actual, más moderno, trae instalada una cañonera derecha, y un mejorado revés, a los que aún les falta engrase.

La digna derrota posterior frente a Djokovic, aún a estas alturas predecible, y en ese sentido disculpable, no emborrona el resurgir de Nadal de unas cenizas desde las que, en la vida real, se suele salir con más lentitud y con menos majestuosidad que el Fénix en su mito. Pero ha dado motivos para creer.