Me duele tener que escribir esto sobre Garbiñe Muguruza. Creedme que me duele. Hace dos años la descubrí por primera vez y me pareció una tenista súper interesante y con una calidad tremenda y desde entonces no dejo de seguirla. Pero tengo que reconocer que en los últimos meses me he sentido un poco decepcionado por sus actuaciones y por algún que otro gesto que no me ha gustado nada. Y ahora casi que hablo más como aficionado que como comunicador.
Me dolió en el alma perderme la final de Wimbledon el año pasado, pero no tuve más remedio. La seguí como pude desde Twitter y cuando vi las imágenes de la caraqueña llorando y recibiendo una tremenda ovación del público por el esfuerzo que realizó, me emocioné. Esa era la Garbiñe que yo había conocido. La que lloraba sólo de rabia por haber tocado el cielo con la punta de sus dedos. La que se lamentaba por haber estado tan cerca de su sueño, pero con una media sonrisa de convicción de haberse dejado todo lo que tenía sobre la pista. Las lágrimas que veo ahora, ocho meses después, son muy distintas.

Tengo que decir que fueron muchos los medios de todo el mundo que empezaron a hablar de ella tras Wimbledon y eso me dio un poco de miedo. Miedo de que a sus 22 años le llenaran la cabeza de cosas que no le iban a hacer ningún bien y que le podían desviar del camino por el que iba tan perfectamente encaminada. Hablaban de que a ella no le ocurriría lo mismo que a Bouchard, que su carácter y lo bien aconsejada que estaba por su familia y equipo le hacían mantener los pies en el suelo. La cantidad de marcas publicitarias que llamaban a su puerta y las decenas de revistas importantes del mundo que querían hacerle fotos y entrevistarla tampoco la distraerían. Eso me tranquilizó, pero lo que ocurrió poco tiempo después con su ruptura con Alejo Mancisidor me hizo temblar.
Veía venir algo parecido, y no me equivocaba. Alejo había llevado la carrera de su pupila de forma casi perfecta a mi parecer, y formaban una pareja más que buena. Las razones que dio él de la separación, haciendo ver el cambio de carácter de Muguruza tras su éxito en Wimbledon y la disparidad de puntos de vista ya me terminó de poner en alerta. No me gustó nada la forma en la que habló tras ganar la primera ronda del US Open ante Witthoeft, cuando el entrevistador le preguntó si sentía ahora más presión que antes. "Aha... (ríe), obviamente. ¿No creéis que es así?", preguntó hacia el público en un gesto que me dejó frío. La contratación, tiempo más tarde, de un técnico de renombre como Sam Sumyk (ex entrenador de Bouchard) me hizo negar con la cabeza y comprobar que lo que pensaba que podía ocurrir había ocurrido. "Se nos va, Fiti, se nos va", que dirían en la famosa serie de Los Serrano.

Acabó el año en una grandísima forma y eso me dio esperanzas, pero su 2016 está quedando lejos de lo que se espera de ella. Sí, las molestias en el tobillo puede que le estén perjudicando, pero eso no debe nunca justificar sus actuaciones en pista ante su entrenador, a los ojos de todo el mundo, que la dejan en muy mal lugar desde mi punto de vista. Externalizar tus emociones en la cancha creo que es bueno y necesario en muchos casos pero siempre con mucha cabeza ya que si se te va de las manos acabará por lastrarte.
Verla discutir con su entrenador diciendo cosas del tipo: "Dime algo que no sepa", "Sí, lo sé todo, por supuesto", "Yo no voy a morir por una bola. Yo no", "No quiero jugar más", "¿Crees que voy a pelear estando 0-3 abajo?", duele. Es imposible que nos podamos poner en su piel para entender por lo que pueda estar pasando, pero creo que todos estaremos de acuerdo en que esa forma de actuar no es para nada la correcta. Así no.
Tiene 22 años, por supuesto le queda mucho por madurar y trabajar. No debe ser fácil, pero nosotros no somos los que vamos a hacerla cambiar, eso sólo puede hacerlo ella. Nosotros únicamente podemos intentar hacerle ver que se está equivocando. Que cada uno de nosotros tenemos nuestros problemas y que ante ellos sólo sirve luchar para solventarlos. Que te eleven a los cielos con palabras bonitas está muy bien, pero esos que sólo destacan lo bueno y no te dicen lo malo no te quieren de verdad. Te quiere aquél que te dice eso que te duele. Eso que te hará reflexionar cuando estás en la cama con la cabeza en la almohada mientras agotas los últimos minutos del día. Por eso no vale bajar los brazos aunque tengas la derrota tan cerca que puedas sentir a qué huele. Hay que luchar. Dijo Michael Jordan un día una frase que siempre tengo en mente: "Puedo aceptar el fracaso, pero no puedo aceptar el no intentarlo".

Garbiñe tiene en Bouchard el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer. La canadiense va dos capítulos por delante en la vida de Muguruza y la caraqueña debería saber lo que está por venir si no cambia las cosas. Genie también tuvo a Sumyk y también creyó que ya todo le vendría rodado pero comprobó lo jodido que es esto y voló tan alto con las alabanzas de medio mundo que la ostia que se pegó contra el suelo en Nueva York fue casi como si se la hubiera dado la vida para que despertara de una vez y descubriera donde se estaba metiendo. Porque así es la vida, te da una guantá sin mano, que diríamos en el sur, para ponerte en tu lugar.
Dolería mucho ver a Muguruza dentro de un año como a Bouchard, sin rumbo fijo y situada más allá del puesto 50, pero sólo está en ella el reconducir esta situación. Ojalá lo consiga.

