Rafa Nadal, bache o principio del fin

Rafa Nadal, muy probablemente, se enfrenta en 2016 al esclarecimiento de la duda sobre si atraviesa un bache o el principio del fin de su exitosa carrera.

Iván Alarcón Tortajada | 10 Feb 2016 | 11.30
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—No, pero también te digo una cosa: todo lo que tiene un principio tiene un final —le responde Rafa Nadal a Michael Robinson después de que éste le pregunte si teme no ganar más Grand Slams—. No hay que tenerle miedo al final —añade Rafa, envuelto en la música de fondo que uno escucharía si lo siguiente fuera ganar o morir. Un travelling aéreo empequeñece después la costa de Manacor, en clave de telón que se cierra, mientras el eco de las palabras de John Carlin aún sobrecoge: “Si Rafa volverá a ganar uno de los grandes… Si me pones una pistola en la cabeza y me obligas a apostar todo lo que tengo en la tierra… apostaría a que sí”. Apenas en el plano anterior, Novak Djokovic y Roger Federer predicen a un Nadal resurgido en 2016. Otro testimonio del serbio, minutos antes, asegurando haber visto a un Rafa inseguro durante los cuartos de final de Roland Garros que los enfrentaron, en 2015, no deja de resultar extraño. Continúa habiendo algo profundamente asombroso en la idea de un Rafa Nadal inseguro. Uno imagina siempre a Rafa Nadal de todo menos inseguro. Las palabras de Djokovic obligan, definitivamente, a afrontar una realidad en la que muchos habían preferido no creer completamente, sobre todo por lo que implicaba para ellos mismos. En la extendida concepción narcisista del amor, la desvirtuación del ser amado, su natural transformación en algo humano, se siente con un disgusto infantiloide e implacable. Pero ya desde el principo es Rafa quien lo readmite: “Este año he sentido ansiedad por primera vez en mi vida”.

Rafa Nadal no ha sentido ansiedad por primera vez en su vida, pero sí que por primera vez en su vida la ha patologizado. La ansiedad como emoción adaptativa, positiva, solventadora de situaciones amenazantes, había acompañado a Nadal de manera connatural durante toda su heróica trayectoria deportiva; pero la superación, durante 2015, de determinados umbrales de activación, ha puesto ese mecanismo a trabajar contra él, y no a su favor.

El exceso de ansiedad, por definición, es inútil, pero no desaparece como por arte de magia, sino que el cuerpo lo vehicula a través de psicosomatizaciones nocivas, y para el rendimiento de un deportista, nefastas.

Después de que levantase la «Copa de los Mosqueteros», en 2014, Rafa Nadal parecía redirigirse hacia donde muchos dijeron que iba, o sea, hacia el batimiento del récord de Grand Slams de Federer; pero igual que lo expresara Mary Elizabeth Mastrantonio en «La tormenta perfecta», en realidad Rafa se dirigía, sin que por lo demás nadie lo imaginase tan pronto, hacia “el centro del monstruo”. Sus problemas de salud, en la parte final de ese 2014, aparte de alejarlo del U.S. Open, desembocaron en un Nadal amanecido a medio gas en 2015, y que fue fumigado por Thomas Berdych en el Abierto de Australia. Tal vez aquel fue el disparadero del miedo anticipatorio que, en fechas subsiguientes, se uniría a una condición física evolucionada, imperceptible pero evidentemente, hacia otra realidad distinta más: que Rafa Nadal, tras años de sobresfuerzos y por envejecimiento natural, ya no era físicamente el de antes, ni por lo tanto podía jugar como antes.

La tendinopatía degenerativa de Nadal afecta cada vez más a sus apoyos, que son de una importancia dramática a la hora de anclarse en el suelo, balancearse correctamente y por último golpear de la manera más eficaz. Por otra parte, ello se une a la pérdida natural de fuerza explosiva, entendida como el tiempo que transcurre entre la producción de la fuerza y el momento en el que se aplica. Dicho en román paladino, Nadal, entre otras cosas, golpea ahora, en general, menos bien y menos a tiempo que antes. Para colmo, la pérdida de confianza, sentir ansiedad patológica “por primera vez” en su carrera, provoca errores incluso en situaciones donde está perfectamente dispuesto, como por ejemplo frente a una bola a media pista, ideal para el sartenazo.

Toni Nadal siempre dice: “Como bajan los resultados baja la confianza y como baja la confianza bajan los resultados”. Sea esto, como diría aquel, un diagnóstico de barracón, o no, acaso Rafa, ahora que necesita jugar distinto, necesite también escuchar cosas distintas. En ese sentido, la puerta al archi manoseado debate sobre la conveniencia, como mínimo de ampliar, su equipo técnico, continúa abierta.

En su intento de auto transformación en un jugador ofensivo, o más ofensivo, Nadal por el momento ha permanecido lejos de donde pretendía, y parece deberse, sobre todo, a que sigue sintiéndose muy extranjero en lugares donde es él quien debe dominar. Esto, en realidad, no debería de extrañar mucho, porque Nadal jamás jugó tan acentuadamente así, pero la cuestión clave es otra: ¿Puede Nadal, más allá de ganar muchísimos partidos, ganar más Grand Slams, o como mínimo volver al top 3, tras convertirse, a sus casi 30 años, en un jugador que busca acortar puntos cuando generalmente siempre jugó alargándolos?

La derrota de Nadal, a la primera oportunidad, en el Abierto de Australia 2016 no desmiente, por el momento, ni a Djokovic ni a Federer vaticinando el resurgir del español. Dios disfrazado de jugador de tenis, en Fernando Verdasco, durante las fases clave del partido en Melbourne, dan al manacorí un microcrédito más.

Sea como sea, si 2015 fue un bache, o el principio del fin de Rafa Nadal, parece que definitivamente se sabrá durante 2016. Sabremos si Rafa Nadal se termina, o si tal vez alguien como Íngrid Betancourt, cautivo en mitad de la selva, casi rendido, volverá a escuchar sus gestas por la radio. Las gestas de un hombre sin rostro a quien podrá mirar un día, libre, a los ojos, para darle las gracias. Las gestas de un hombre que le hará creer si él puede superar la adversidad, entonces todos los hombres y mujeres pueden.