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Djokovic sigue en su mundo
El serbio aparta en cuatro sets a Roger Federer de su camino y disputará su sexta final en el Open de Australia. No hubo color en el partido.
No llevaba ni una hora en marcha la semifinal y ya había gente en las taquillas reclamando que le devolvieran el dinero. Aquella entrada enunciaba el partido del siglo entre los dos mejores jugadores del torneo, un espejismo respecto a lo que pudimos ver en pista. Novak Djokovic hizo añicos todas las ilusiones de Roger Federer sobre la Rod Laver Arena (6-1, 6-2, 3-6, 6-3) y accedió a su sexta final del Open de Australia. Todas las dudas del serbio se evaporaron con el viento y toda la genialidad del suizo se quedó atrapada en su raqueta.
La Rod Laver Arena pudo presenciar en directo este jueves los penúltimos versos del tenis vintage. Novak Djokovic, número uno del mundo, sentenció cualquier vestigio y recóndita señal de vida que Roger Federer intentó presentar sobre la pista. Era la muerte de lo clásico, el cambio definitivo hacia los tiempos modernos. La supremacía del resto ante un buen saque, la relevancia de un revés sólido antes que uno más plástico, la balanza desmedida entre un juego alegre pero con fisuras por uno no tan vistoso pero completo. El serbio volvió a sacar el mando de la videoconsola y, hablando claro, jugó son su rival. No había partido.
Por eso el de Belgrado dominaba ya la situación por 6-1 cuando apenas marcaba 20 minutos de tiempo transcurrido. Impotente desde el banco, Ivan Ljubicic observaba una jugada indescifrable, una ecuación sin solución, ni él ni su pupilo eran capaces de apartar a aquella bestia de su camino, aunque en aquella vitrina brillaran 17 títulos de Grand Slam, hoy no servían absolutamente para nada. Sin fallar una sola bola, insistiendo por el flanco de revés, con mejores porcentajes incluso desde el servicio y con una mirada… ¡qué mirada! Esa mirada de quien no se conforma con ganar; necesita aplastar.

Del encuentro excedía incluso detenerse en el resultado, ya que fue un monólogo del balcánico desde el primer punto. Por momentos, nos recordaba mucho a la final de Doha protagonizada hace unas semanas entre Djokovic y Nadal, aquella que algunos auguraban como la gran oportunidad del español para ponerse a la altura del serbio. Allí Novak se encargó muy rápido de desengañarnos a todos. Hoy eran mucho los que también vaticinaban una posible sorpresa, un acercamiento del suizo hasta el altar del de Belgrado. Qué inocentes somos a veces cuando la ilusión nos ciega ante la realidad. Supongo que la mayoría se hubiera conformado con un partido competido en el que dos estilos opuestos se complementaran. De momento, pura utopía.
El encuentro seguía por el mismo camino, del 6-1 pasamos al 6-2 pero las sensaciones no cambiaban allí abajo. El suizo debía ganar aquello en cinco mangas, una circunstancia en la que jamás había logrado derrotar a su rival (3-0). De poco había servido llegar fino y descansado hasta la penúltima etapa, la voracidad del número uno del mundo no entendía de factores ajenos. ¿Dónde estaban todas las dudas que pasó ante Seppi o ante Nishikori? Claramente me atrevo a decir que fue él mismo quien las extrajo, para generar una falsa ilusión en su rival y destruirla dos días después a base de un tenis excelso.

De todos los aspectos que se podían medir sobre el cemento, Novak estaba sacando matrícula de honor en todo. Sacando mejor, restando de maravilla, pasando a su oponente cada vez que subía la cinta, generando y convirtiendo puntos de quiebre, abriendo pista con su derecha, ahogando con su revés y sentenciando con sus remates. En definitiva, lo más parecido a la perfección que se ha visto nunca en este deporte, entiéndase esa perfección como una máquina ausente de puntos débiles y altamente cualificada en cada uno de sus componentes. Pero claro, tanta brillantez no se podía mantener eternamente.
En la tercera manga y tras escapar de varias situaciones de peligro, el helvético se mete una carrera de doce metros hasta la red para devolver una dejada imposible. Entonces ocurre. Las puertas del estadio se abren de par en par y el orgullo del mejor tenista de la historia inunda el lugar. Grita, salta, corre, se mueve mejor y controla la situación. Federer le rompe el servicio y, lo más importante, rompe la dinámica del serbio. El honor del gran campeón respiraba, aunque todavía herido, tras apuntarse minutos después el tercer set. El ridículo del marcador ya no le perseguía, aunque el camino hasta la meta seguía siendo altamente complicado.
La lluvia hizo acto de presencia y frenó todas las revoluciones de Roger (¡en qué momento!), hecho que ayudó a desestresar la situación durante diez minutos de parón. Y entonces llega otro de los momento clave. Empieza sacando Novak, 15-30 y tres puntos con segundo servicio. Federer las deja las tres en la red. Ahí se escapaba un tren que ya no volvería a pasar. Más adelante, con 4-3 para el de Belgrado y 30-40, el número uno no perdonaría. Como tampoco perdonaría en el juego siguiente para sentenciar aquella velada.

Djokovic disputará su sexta final en Australia -ganó las cinco anteriores- ante Milos Raonic o Andy Murray y encadena 17 torneos consecutivos alcanzando el último partido, una marca que estaba en poder de aquel Federer entre 2005 y 2006. El serbio, además, le da la vuelta al H2H frente al suizo (23-22) de la misma manera que lo hizo ante Nadal a comienzos de temporada (24-23). Su dominio en Melbourne hace tiempo que se extendió a todo el circuito y hacia todos sus rivales de generación. Parece que solo un milagro puede detener el sexto título de este hombre en las Antípodas.