Grigor Dimitrov, derecho de sucesión

Grigor Dimitrov, enfrentado filosóficamente a sus propios demonios, viaja hacia la herencia del Tenis o hacia ninguna parte.

Iván Alarcón Tortajada | 29 Dec 2015 | 00.25
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La juventud no es sólo para proclamarla.

Grigor Dimitrov parece que, a pesar de todo, cree lo mismo.

Un nombre —un hombre— deja de ser indistinto cuando se encarna en alguien a quien conocen más de cuatro, aparte de su madre, de su padre y de su entrenador. A Grigor Dimitrov le pasó algo así, sobre todo, a partir de cuando allá por 2009, sacó a Thomas Berdych de Rotterdam, y en la ronda siguiente se anotó un set nada menos que contra Rafa Nadal.

En aquel entonces Grigor, quien ya había entrenado antes con Rafa, decía cosas muy evocadoras precisamente de la filosofía caracterizadora del número 1 español, como por ejemplo “Si juego contra Rafa aprenderé que tengo que trabajar más”. Aquella aparente predisposición al empeño y al trabajo duro hacían imaginar a alguien que asombrosamente (por ser tan joven, tan guapo y tan extraordinariamente dotado para el tenis) ya sabía que el talento por sí solo gana batallas pero no la guerra.

El ambicioso movimiento que significó la contratación de Peter Lundgren, y su ya comenzada clonación modal en Roger Federer —paulatina a lo largo del tiempo pero que muchos adivinaron desde el principio—, fueron los avales que multitud de personas aportaron para erigirlo en heredero del Tenis.

Cabe destacar que ello se produjo —como suele suceder con las venidas de los mesías, o sea medio con su conformidad pero también medio sin su permiso— en un momento donde muchos temían que la amenaza del pasabolismo cubriese de tierra yerma el prado impresionista traído por otros y protegido aún, principalmente, por su gran portaestandarte, Roger Federer.

Dimitrov, tras acumular credenciales contra Berdych y Nadal en Rotterdam, prosiguió su camino con un resto de 2009 sin embargo misterioso y oscurista, caracterizado casi siempre por pésimos resultados en torneos menores, cuando no en Challengers. Aunque no tan misterioso: el hombre indistinto (y apenas adulto) pagaba el precio de haberse convertido de golpe y porrazo en Príncipe, tras haber sido apadrinado, de un día para el otro, por una gran masa de aficionados temerosos de quedar a medio plazo huérfanos de pertenencias. Para colmo, y cuanto más mayor se hacía, más se parecían su swing, su juego de pies, sus empuñaduras, su servicio… prácticamente todos los elementos formales de su juego, a los de Roger Federer. Ese facsímil estético, sin ninguna duda pretendido y seguro que autocomplaciente en su origen, aparte de bastante imborrable, como todos los estilos —como todos los pasados— parecía finalmente revelarse como una huída inevitable hacia adelante, cuyo destino final aún hoy no sabemos si será la gloria o la autodestrucción. Lo único en lo que no se parecía 'Baby Fed' a Fed era en resultados, en eficacia. Para entonces la explicación era multifactorial, empezando por que alguien de su edad no podía darle a la bola el peso que Federer ponía en sus golpes. Pero básicamente Dimitrov ganaba mucho menos porque fallaba mucho más, y aún hoy es así. Su tenis está listo para conquistar el prado, pero su cabeza todavía no.

Apenas comenzado el 2010 muchos ya le dieron por acabado. Aquellas primeras manifestaciones de irracionalidad, y de absurdo en torno a él —porque no se puede dar por acabado a un adolescente—, aparte muy propias del comportamiento caprichoso e infantiloide del aficionado promedio, parece que no le hicieron aprender una lección que le sería muy útil ahora. Grigor ha declarado varias veces en 2015 que quienes le critican no se ponen en su piel. Claro que no. El deporte profesional, acaso una metáfora de la vida, o incluso de algo mucho peor que ésta, es un territorio de lo más hostil en donde a nadie se le da cuartel.

Grigor Dimitrov, por lo demás, parece haber deseado que la juventud no fuera sólo para proclamarla, ya que durante la primera parte de la suya aguantó con el suficiente estoicismo el enorme peso de muchas esperanzas (y de muchas envidias) provenientes del monstruo de la opinión general, para alzarse poco a poco hasta casi los hombros de los mejores, con cumbre provisional en 2014. Cuarta ronda en el Abierto de Estados Unidos, Cuartos de Final en el Abierto de Australia, Semifinales en Wimbledon. Tiene lo que hay que tener, a pesar de los ataques de quienes dicen que a su edad Pepito ya había aterrizado en las estrellas.

La sociedad de hoy es más pueril que la que nos precede. Es una en donde parece que todo lo que en la vida llega, llega, pero un poco más tarde; y eso aparte de que hay quienes reinventan su techo ya para cuando todo parecía tan irremediable, como por ejemplo Stanislas Wawrinka.

Grigor Dimitrov, ciertamente, ha retrocedido en 2015 hacia su campamento base en lugar de avanzar hacia cimas más altas, cuando la combinación de factores de crecimiento habituales, en un jugador de sus características, apuntaban a todo lo contrario. Nada tan extraño, por otra parte. Cualquiera tiene derecho a un mal día, y casi todos lo ejercen alguna vez. Sean cuales sean los motivos, nadie le dará cuartel, pero puede recordarse que está solo, como de alguna manera lo estamos todos, y aprovechar las bondades de ese sinremedio para darse a sí mismo la tregua que está pidiendo. Nadie apunta con un arma a su cabeza. Que acampe, yazca una noche al calor del fuego, vuelva a abrigarse por la mañana y reemprenda su viaje.

Adónde quiere ir está muy claro, pero qué tipo de viajero es, aún no.

Baudelaire habló en uno de sus poemas, «El viaje», sobre dos tipos de viajeros. Algunos huidizos,

“[…] la cabeza incendiada,

repleto el corazón de rabia y amargura,

para continuar, tal las olas,

meciendo nuestro infinito sobre lo finito del mar”.

Dimitrov ha hablado, sobre todo durante 2015, igual que quien sabe usar tan bien las palabras como para disfrazar, por lo menos durante un rato, sus carencias de facto, que es lo mismo que decir sus miedos. Unos miedos que incendian la cabeza, que anegan el corazón de rabia y de amargura. Unos miedos que en el fondo son siempre a la muerte, aun cuando ésta sea simbólica. Tampoco al final las palabras nos protegen, porque en la vida terminamos siendo, irremediablemente, mucho más lo que hacemos y mucho menos lo que decimos.

Si Grigor Dimitrov no supera a ese viajero, a ese que en realidad no viaja sino que huye, y que pide indulto a los demás como si ese indulto —y no el suyo— lo fuera a salvar, se encontrará a sí mismo al final del viaje, en otra parte, pero siendo prácticamente el mismo. A lo peor fingiendo orgullo. Orgullo por no haber sido (por no haberse atrevido a ser) el otro viajero de Baudelaire:

“[…] los verdaderos viajeros sólo parten

por partir; corazones a globos semejantes,

a su fatalidad jamás ellos esquivan

y gritan “¡Adelante!” sin saber por qué”.

Es muy probable que guiados por la intuición, siempre más valiente y a menudo más lúcida que la racionalidad.

Nadie parte por partir.

Dimitrov tiene buen aspecto. No disimula con sobre-rebeldía una probable creencia en su incapacidad para ser auténticamente grande, como hacen otros; sino que aplica reglajes, sustituye entrenadores, reamuebla su vida privada. Nada de todo eso será suficiente, pero todo eso junto es un buen comienzo. Ninguno de tales ajustes, ni ninguna de sus declaraciones, parecen ser una excusa, sino la consecuencia de profundas reflexiones acerca de sí mismo, de la búsqueda febril de quien prevé que la nostalgia del ayer será demasiado dolorosa si no hace algo por remediarlo, antes de que llegue. Grigor parece asomarse al camino del verdadero viajero, del que no esquiva su fatalidad, y se hace cargo sin peticiones de amnistía de lo bueno, pero también de lo malo, que hay incluido en ser precisamente quien es, teniendo el maravilloso don que tiene. Es ese don el que debería ser también su su guía, su gran intuidor, su agarre, su espada. Grigor parece asomarse a ese camino que no es un camino sino que es un alambre, una cuerda floja, pero en cuyo extremo sí habrá el final de un aunténtico viaje iniciático, y un Grigor Dimitrov distinto del que partió. Reforestador del solar monocorde y distópico en el que está convertido el tenis masculino.

Y que cumplan muchos más.