La progresión de Rafael Nadal en esta gira asiática se vio frenada en las semifinales del Masters 1000 de Shanghai tras caer derrotado ante Jo-Wilfried Tsonga (6-4, 0-6, 7-5) en un partido desequilibrado en los dos primeros sets y muy ajustado en el definitivo, donde una ruptura en el undécimo juego sentenció el juicio a favor del francés. El español tendrá que esperar a para finiquitar su clasificación a la Copa de Maestros y el de Le Mans buscará su tercer título en torneos de Masters 1000 ante Novak Djokovic o Andy Murray.
Después de tumbar a Karlovic, Raonic y Wawrinka, el partido se antojaba igual de complicado pero se afrontaba con la máxima seguridad. Nadal venía con tres grandes victorias en su zurrón e incluso con ciertos tintes de favoritismo ante Tsonga, un jugador tapado que nos tiene acostumbrados a alguna que otra sorpresa en los últimos tramos de temporada. El primer set así lo reflejó, con el español algo perdido sobre la pista -con caída incluida en el primer juego- y el francés dominante desde la línea de saque e inteligente con su golpe de revés. La derecha del español no funcionaba y eso se lo veían hasta los espectadores de la última fila del Qizhong Stadium. Por allí que fue hurgando el de Le Mans hasta que un break en el sexto juego le abría las puertas para atar el primer set.

Era el segundo parcial que cedía Nadal en toda la semana, y había sido merecidamente. Las diferencias con el servicio estaban siendo claras (seis aces de Tsonga por ninguno del español), pero el gran agujero estaba sin duda en su drive, atacado una y otra vez por Jo-Wilfried que en ningún momento intentó el paralelo de revés, siempre cruzado. No pintaban bien las cosas para el de Manacor, aunque sí es cierto que la defensa estaba siendo buena, faltaba subir una marcha en el ataque y no ceder tanto terreno desde el fondo. Dicho y hecho, Rafa pidió zapatillas nuevas y se puso manos a la obra en la reanudación.
Todo lo bueno ofrecido por el galo hasta el momento se esfumó en un instante, y esto lo agradeció el público presente y, por supuesto, Nadal. El partido se igualaba y el mallorquín recuperaba en sensaciones con un tenis mucho más sólido y cambiante que en la primera manga. Uno había dado un paso atrás y el otro un gran salto hacia adelante. Tanto habían cambiado las tornas que el marcador instaló un 6-0 en un abrir y cerrar de ojos en un partido donde la aguja estaba más cerca de la igualdad que del despegue de uno de los dos. Se pueden perder muchas cosas por la falta de ritmo pero ese instinto de supervivencia y esa ambición para salir a ganar en cualquier situación es algo que difícilmente podrá quitarse de encima el balear. Y cómo nos gusta.
Los últimos juegos habían sido un pequeño paréntesis para Tsonga, que ya pensaba en el set definitivo y ahorraba energías con argumentos. Sin embargo, el primer grito del encuentro lo exclamó el propio francés tras desperdiciar tres bolas de break a favor con 1-1 en el último asalto. No es plato de buen gusto desaprovechar tantas oportunidades de ruptura y hoy el de Le Mans estaba dando una master-class en la materia. Aquella igualdad se iba a mantener hasta el cinco iguales, el momento donde la tensión subió enteros y le hizo al español mezclar subidas acertadas con otras inoportunas para, junto a la buena derecha de Tsonga, provocar el superbreak a favor del francés.

Parecía visto para sentencia, pero con Rafa nunca hay que dar nada por sentenciado. No pudo ser esta vez, con un Tsonga mucho más afinado y enfocado hacia la victoria, venciendo a su rival después de cuatro años y accediendo a su segundo final de la temporada, la cuarta en su carrera en torneos de Masters 1000. El galo volvió a demostrar por qué es tan peligroso en el último tramo del calendario y ya espera rival para su cita del domingo. O bien el número uno del mundo, o bien el dos.

