Corren días afortunados para el exprimido de la idea del tenis como un estado de ánimo, sobre todo gracias al surgimiento, más o menos súbito, de un mal momento de juego y resultados en una súper estrella como Rafael Nadal.
Bien pensado, no parece que el físico sea lo más determinante en el menor rendimiento de un jugador al que no puede achacársele un acusado envejecimiento, habida cuenta de que sólo meses antes corría como para ganar la Maratón de Berlín, y levantaba el trofeo de Roland Garros. Las lesiones, por demás, afectan, pero la capacidad de recuperación de Nadal, no mucho tiempo atrás y después de siete meses KO, dio paso en 2013 a diez títulos entre los que se incluyen dos Grand Slam. Vamos por lo tanto y finalmente hacia la psicología como causa, al menos en apariencia principal, de la disminución de prestaciones y éxitos del campeón español.
Se dice que la confianza sube por las escaleras pero baja por el ascensor, y comúnmente es verdad, pero no sólo para muestreos de tiempo más o menos amplios, como en el caso de Nadal, sino también intrapartido.
La final del Premier de Tokio, el domingo, entre Belinda Bencic y Agnieszka Radwanska fue la enésima, e interesantísima, evidencia de cuánto importa en el jugador —o jugadora— la tolerancia psicológia de las circunstancias archi cambiantes de un partido, más allá de su calidad objetivable como tenista.
La sonrisa con la que Bencic había salido a la pista, viniendo desde el túnel de vestuarios, pareció la idea platónica de curva. Tal vez se las prometía muy felices sobre la base del recuerdo de la final de Eastbourne, en junio, donde se había impuesto a la polaca con un regusto final dulcísimo (6-0 en la tercera manga). Pero esta vez sería Radwanska quien la despiezara a ella:
Bencic empezó contrarrestando bien el tenis de videojuego de Radwanska, pero al primer break abajo comenzó a comportarse como la mocosa que berrinchea en el supermercado para que su mamá le compre el ‘Huesitos’. Generalmente, cuando el supermercado es la final de un Premier, la rival te lamina, y de hecho para cuando a Bencic se le pasó la rabieta había perdido set y medio.
La estabilidad en el tenis es igual que en la vida: un imposible en el que más nos valdría no creer, para estar mejor preparados cuando la tierra firme se convierta, de pronto, en arena movediza.
Bencic, acaso sonriendo antes del partido, como una adolescente enamorada, porque recordaba la final de Eastbourne (expectativas de comportamiento eficaz por creencia firme en las autocapacidades), no pareció estar preparada para una Radwanska que hiciera recordar con lástima a quienes afirman que la WTA es una mierda. La misma Belinda de los primeros juegos, tan llena de frescura y de una solidez pasmosa desde el fondo; la misma que firmaba rallies de coleccionable para sujetar el alud de una Radwanska en clave de catedrática, mutó a niñata insoportable y errática y no habían transcurrido años, ni meses. Tan sólo unos pocos minutos durante los que su cabeza gripó y la condujo a darse de bruces contra una realidad incontrovertible: que no se pueden no tener dieciocho años cuando se tienen dieciocho años y que los aprendizajes nunca vienen de serie, pero que una —uno— sí puede elegir si aprende o no y mejorar a partir de una situación nueva.


