La diferencia entre escribir una buena línea y escribir una buena novela debe de ser aproximadamente la misma que hay entre ganarle un partido a Roger Federer y ganar un título de Grand Slam.
La verdad es que con mucho talento y una inversión moderada de esfuerzo a largo plazo da para muchas buenas líneas en literatura; y en tenis, parece que también da para algún que otro primer capítulo brillante. Pero un capítulo no deja de ser nada más que eso: un capítulo, o sea, una obra incompleta.
Si nos permitiésemos algunas licencias con el pensamiento de Waldo Emerson escribiríamos «Sólo el talento no hace al tenista. Tras la raqueta debe haber un hombre».
Está muy bien, y lo digo en serio, tener veinte o veintipocos años, y un drive acojonante y eliminar una tarde a Rafa Nadal de Wimbledon, u otro día suelto por ahí calzarte a Federer en Madrid; o debutar en una qualy del Australian Open con sólo 15 años, y hacer el gilipollas y follar a lo bestia cuando no vuelas en un Ferrari. Lo que me pregunto, en el día después de la enésima final Federer vs Djokovic —lo cual en parte no deja de parecerme un coñazo—, es si todo ese desenfreno de los supuestos sucesores es consecuencia de un verdadero deseo de vivir así, o consecuencia del miedo por no estar seguros de poder ser tan buenos como muchos dicen. O como escribiría Juan Mal-herido, “que el articulismo, y hoy los blogs, son el sumidero de algunos talentos es siempre una excusa para no reconocer que, más allá de dos folios, no nos da el resuello, y que no estamos llamados para el maratón”.

