Pucheritos

OPINIÓN | Roger Federer gana en Halle días después de manchar con una de sus primeras papillas de fruta la hierba del 'Gerry Weber Open'.

Iván Alarcón Tortajada | 22 Jun 2015 | 09.52
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En el pasillo de mi piso hay un cuadro con una cita de Confucio que dice así: «Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo. Cuando veas a un hombre malo, examínate a ti mismo».

Roger Federer se proclamó ayer campeón del ‘Gerry Weber Open’. El suizo —como el queso— comenzó descalibrado el partido, pero a la mínima oportunidad con su servicio le lanzó un mensaje extralingüístico a Seppi que decía algo más o menos así: «Ni lo sueñes». 1-1 a juegos. Expeditivo el suizo empatando, pero iba a continuar sufriendo. Tanto, que arriesgaba con segundos-primeros servicios cada demasiado poco. El antiguo jefe de todo esto no se fiaba ni de su saque de videotutorial. Pronto, además, se vio que Seppi era superior desde el fondo. «La perfección suiza» —elijo el apodo más hortera que recuerdo— comenzó a polifonizar su juego, a cortar reveses, a frecuentar más la red. Aclimatarse o aclimorir. Imperceptiblemente, esa metamorfosis reajustó también su servicio, gracias al que salvaría un par de bolas de set en contra no mucho después. Seppi, quien se había llevado prácticamente todos los rallies, introdujo un componente de casi (todos) crucial a la postre: 6-5 para el italiano; sirve Federer; 30-30. Seppi recupera la iniciativa del punto y agresiviza su juego. El rallie se convierte en interminable, en sobrecogedor; es el modelo de punto tras el que descubres —cuando termina— que te habías quedado boquiabierto. La bola paralela de Seppi en Melbourne —y sumándola a ella se estaría jugando el punto con dos— acaso aterriza de alguna forma sobre la pista en tanto que aterriza sobre el pensamiento de Roger. Y sus palabras aquella tarde de 2015 en la que se quedó fuera del Grand Slam australiano. (“Del modo en que Seppi tiró ese golpe final, uno piensa: ‘Es imposible que eso vaya dentro’. Vas, más o menos lo dejas ir y en ese momento, mientras te vas diciendo esto, miras hacia atrás y te das cuenta de que todo ha terminado”). Pero esta vez «El Gran Roger» —elijo el segundo apodo más hortera que recuerdo— pendula de lado a lado de la pista como un joven desconocido y hambriento que de pronto se inventa un globo, y deja de ser un joven desconocido y resulta que es Roger Federer. Siéndolo, se va a al tie break, y en ese momento Seppi debe sentirse como una oveja camino del matadero. Y bueno pues que sí, que Roger gana y aplausito y vamos a comernos las pollas los federistas y cómo mola la peña de Halle. Me aburro.

La semana había amanecido con Rogelio haciendo pucheritos sobre la hierba alemana. Durante casi todo el encuentro contra Kohlschreiber el suizo anduvo con cara de haberse divorciado ese día. Hay quienes piensan que tendría que hacerlo porque su mujer no está lo suficientemente buena. Luego salen a la calle a mentirles a las tías con que para ellos lo que importa es lo de dentro, intentando echar un miserable polvo aunque sólo sea con alguien que les gusta mucho menos que Mirka para Roger, pero ni aun así se comen un rosco. Se cabrean, se frustran, entran en un foro como el de más abajo, y atacan a Rafa con argumentos —parafraseo a «Zetapé» en un prólogo a Borges— demostrativos de una gran mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo, como por ejemplo como cuando lo llaman «mono».

Rogelio recordó a quienes guardan un revólver en el cajón de la mesita para pegarse un tiro cada lunes por la mañana. Un lunes por la mañana a la semana es mucha vida desperdiciada. ¿Olvida la gente a menudo que la vida no tiene repuesto? Sí. ¿Tiene Rogelio derecho a un mal día? Sí, pero también lo tenemos algunos a que nos parezca grotesco que precisamente él, apodado por algunos «Su majestad», se comporte como un niño de sangre azul que lloriquea y obliga a los miembros de la corte a rehacerle el potito. Miembros de la corte como Cedric Mourier, el chair umpire —también arbitró la final—, que acabó de él visiblemente hasta los cojones.

Lo peor fue que el suizo ganó.

Hace falta más gente que envíe a casa a una vaca sagrada de estas, la tarde en la que no deja de fruncir el ceño y lo mancha todo de papilla. Verlo ganar el partido chirrió tanto en mi filtro estético como la idea de no corregir al bebé —y eso que no se quiere a nadie tanto como a un hijo— que esa tarde está tonto, patalea, y se hace popó encima a propósito.

Dijo Ramoneda precisamente el lunes pasado: «La democracia española ha demostrado que todavía funciona. Pese al poder del establecimiento económico, político y mediático, se ha demostrado que gentes ajenas a él, sin apenas estructuras de partido, pueden llegar a gobernar, y llevar al poder otras voces […] una señal de salud democrática que debería ser orgullo para todos, por mucho que moleste a los que les gusta tenerlo todo controlado».

La victoria de Stanislas Wawrinka en Roland Garros fue importante en varios frentes. Para él, por descontado y en sí misma, porque significó envitrinar otro Grand Slam, la clase de título más deseada por cualquier tenista. También para él, porque con el alzamiento de la copa mató dos pájaros de un tiro: no sólo testimoniaba su victoria en Paris, sino que modificaba —desde casual a causal— la recelosa manera con la que muchos habían mirado siempre su Open de Australia. Para el circuito, fue bueno porque lo redemocratizó a la manera de como Ramoneda explicaba el acceso al poder gubernamental de las mayorías populares. Sus laureles también deberían ser orgullo para todos, incluso para los supremacistas —pero eso es utópico— de cada miembro de la pequeña pandilleta de oligarcas —el poder fáctico del tenis son los jugadores— mimados y llorones que aprietan las tuercas de un chair umpire durante medio puto set; o que se enfadan y no respiran porque la hierba no era la idea platónica de hierba y resbalaron. O que amenazan a un árbitro con que pedirán no coincidir con él nunca más —y lo piden—, y encima se van al vestuario de rositas, sin que nadie les haya “tocado la cara”.

Roger Federer es el tenista, pero a ver si los días en los que berrinchea —por lo demás impúnemente—debido a que le están saliendo los primeros dientes, algún ‘Baby Fed’, no sólo con el tenis sino con los huevos para apodarse así, por lo menos lo saca de la pista a sartenazo limpio.