Se cierra la mano de Córdoba
David Nalbandian se retiró del tenis. Repasamos una de las figuras más carismáticas de los últimos años
Roger Federer dijo que “puede poner la pelota donde él quiera”. Toni y Rafa Nadal siempre adularon su estilo, dándole a su ritmo de pelota el rango de excelencia. El tenis argentino, tanto el contemporáneo como el clásico, le ha catalogado en multitud de ocasiones como un talento base a la altura o superior del de Guillermo Vilas, el tótem tenístico de toda Sudamérica. Un talento inagotable de orden y prioridades desigual que ayer decidió marcharse. David Nalbandián, la mano suprema de Córdoba, anunció en el día de ayer, en Buenos Aires, su adiós definitivo de las canchas.
Cuando se anunció que David iba a dar una conferencia de prensa tras la eliminación del equipo argentino en las semifinales de Copa Davis frente a República Checa, parecía que el cordobés anunciaría su vuelta a las pistas tras no poder darle el sí a su capitán en Davis, Martín Jaite, para tal eliminatoria, pero tras tanto parón y tanto quirófano, uno podía no descartar nada. Fue un anuncio tremendamente triste para el mundo del tenis. Seguramente ya no pudiera competir, afirmando él mismo que “si su hombro le dejara, jugaría la Davis sin ranking individual”, sin embargo quedaba el deseo de poder verlo retirarse en plena actividad, en un torneo importante, para ovacionar a un jugador realmente sensacional.
Seguramente Nalbandián sea pura literatura. Tan genial, brillante y creativo como errante, desinteresado y abismal. Precoz, como todos los genuinos, alcanza la final de Wimbledon en 2002, a la edad de 20 años. Enfrentando a su compañero generacional, Lleyton Hewitt, fue parte no sólo del relevo de guardia de los Sampras, Rafter o Kuerten sino también del nuevo tenis que incluso en la hierba de Londres, y tras decisiones propias del torneo y la superficie, transformó el patrón de juego, para darle mayor protagonismo a la horizontal sobre la vertical y ordenar sus tiros desde la línea de fondo, con un enorme talento para golpear a bote pronto –o sobrepique como pronuncian sus compatriotas-.
Hay una relación profunda entre su mano y la pelota. Un proceder natural en el toque. Nalbandián fue uno de los referentes inspirativos de toda una generación. Entremezclado entre el bombardeo de Roddick, la cultura táctica de Hewitt, o el ritmo mecánico de Davydenko, el manual del argentino era el más completo y visual de todos, Roger Federer a un lado. Su óptica sobre el punto dulce de la pelota siempre fue por delante del de sus coetáneos, de ahí su manera de implorar tiros de una limpieza incomparable. Todo golpe le obedecía, como si tal derroche viniese por meter una moneda en una tragaperras y comenzar a caer monedas y monedas como golpes imposibles.
De su talento sobresale, sin duda, un golpe, a la altura del mejor, que igual es el suyo. Andre Agassi, Novak Djokovic o Andy Murray podrían optar por un silencio si preguntamos por el mejor revés a dos manos desde que los materiales permiten fabricar golpes ganadores y ángulos desde el lado menos natural de los humanos. Tan delicado abriendo ángulos como si pegara con una y tan veloz, eficaz y consistente que permite acompañar con las dos, Nalbandián es el gran avatar de un golpe hoy en día diferencial para golpear más de 30 tiros y no ceder. Su revés cruzado, de otro tiempo.
¿Por qué su palmarés es tan exiguo para un talento tan preclaro? Hay que diferenciar al genio del campeón. Al que nace del que se hace o se deshace. Transformar un don en algo competitivo en el momento oportuno y en un tiempo prolongado necesita de ayudas. De un físico importante, que quizás se torna en relativo si la inspiración es máxima (aquellas giras indoor donde no tenía rival) y una escala de prioridades que van desde el sacrificio diario, trabajar un gen ganador que previamente igual no atesoró y desarrollar una cultura de trabajo para sufrir en pista ante adversidades de cualquier índole. David Nalbandián no fue un gran campeón. Sea o no buscado. Sea o no adquirido.
Semifinalista de los cuatros Grand Slams, su mayor logro fue salir campeón de la Copa de Maestros en 2005, en “recorrida memorable” que diría Víctor Hugo Morales, Nalbandián, junto a Federer, paró el reloj biológico del tenis para formar un partido histórico sobre el tartan chino de Shanghai. También fue el único en ganar a un joven Djokovic, Federer y Nadal en un mismo torneo.
Llegó a dominar ampliamente a Roger Federer en categoría junior y en los primeros compases de sus carreras. Tras aquella final en Shanghai, Federer declaró que “esperaba un nuevo enfrentamiento ante él en la final de Australia 2006”, en el que David deja escapar un 4-2 en el quinto ante Marcos Baghdatis. Momentos que le costó cerrar en las cuatro citas que separan al genio del crack.
Sin embargo, en los últimos tiempos su continuidad fue prácticamente nula. En medio de una serie de lesiones y operaciones que le obligaban a pasar por procesos de recuperación muy alargados en el tiempo, no pudo recuperar las sensaciones de antaño. Seguramente esa etapa de discontinuidad se plasmó en el famoso episodio en la final de Queens ante Marin Cilic, en 2012, en la que tras fallar un golpe, golpeó una pequeña valla a los pies de un juez de silla, al que ocasionó una herida y que dio al croata como ganador del torneo.
Fue una carrera desigual pero de esencia inamovible, de un maestro en mitad de pista, con una muñeca elegida, hermanada con las de McEnroe, Roger o el mismo Rod Laver. De un tenista que se va sin su añorada Copa Davis, que acarició en 2008 y que persiguió sin más distracción de cualquier otra cita en el circuito. No pudo ser y las lesiones le impidieron volver a intentarlo. Al menos cálcese y prometa partidos de exhibición o compita en el Champions Tour. Por favor, pibe.