Vintage: Cuando Borg se convirtió en maestro

El Masters de 1980. Nos sumergimos en la historia para recuperar uno de los grandes capítulos en la trayectoria del talento sueco.

Björn Borg, maestro. Con este capítulo iniciamos un repaso por algunos momentos del deporte de la raqueta que nos llevaran a revivir historias que en el pasado terminaron marcando el futuro.

Nueva York, 13 de enero de 1980. Un imberbe joven sentado en los asientos laterales del majestuoso Madison Square Garden muestra a su madre un preciado tesoro. La grada está casi en penumbra, pero la arrugada foto mostrada por el niño llama la atención del público cercano, olvidando por unos instantes que una guerra a corazón abierto tiene lugar metros más abajo. Los tonos grises del retrato, adornados con una fina caligrafía que triplica el valor del regalo, no impiden distinguir la característica imagen de Björn Borg besando la copa dorada de Wimbledon. Un señor de arrugado rostro y cabello plateado, sentado en la butaca contigua, tiende la mano para que el adolescente le permita contemplar la imagen. Luego, tras observar en silencio durante unos minutos, comienza a susurrarle al oído un valioso y certero análisis: “Este hombre, este mismo hombre que ahora nos sonríe desde el papel, tiene la sangre de hielo. Es tan frío que nunca tiene miedo, jamás duda. Parece que no tiene sentimientos dentro de una pista. Hace tres días, ante Connors, jugó los 11 puntos del desempate sin cometer un solo error. Es diferente”. El niño, de apenas cinco años de edad, le sonrió embelesado sin terminar de entender lo que aquel señor mayor le estaba diciendo.

En la calle 33 de Nueva York, entre la Séptima y la Octava Avenida, el azulado tartán del Madison Square Garden, por donde pasaron más de 122.000 espectadores entre el miércoles 9 de enero y el domingo 13 del mismo mes, asiste a una pelea encarnizada entre Jimmy Connors y y Björn Borg. Es la Copa de Maestros, el torneo que reúne a los ocho mejores tenistas de la temporada, y no hay tiempo para bromas. El estadounidense, con 27 años de edad corriendo por sus piernas, insiste una y otra vez en pegar bolas altas sobre el revés del sueco. Le obliga a flexionar para sobrevivir. Jimmy, además, es un cohete. Asalta la red una y otra vez. Intenta sorprender, como tantas otras veces ha hecho durante su carrera, y consigue hacerlo en la primera manga, que cae de su lado y dispersa temporalmente los fantasmas de las seis derrotas anteriores ante su enemigo. Borg, sin embargo, mantiene el gesto inamovible. Su mente se traslada a un campo de batalla donde en cuestión de segundos analiza la situación para actuar en consecuencia. Entonces, el partido pasa a disputarse a la velocidad de la luz. Se oyen disparos desde el fondo de la pista, ángulos endiablados logrados con raquetas de madera. Hay también duelos en la red, voleas imposible que vienen de vuelta. Connors dibuja dos de ellas, dos voleas definitivas, que Borg caza y transforma en un punto ganador ante la ovación del graderío, honestamente entregada al sueco. Un desempate marca el inevitable final del partido. Son 11 puntos en los que Borg ataca sin fallar. Muerde sin dar opción a una respuesta. Juega en el alambre y, sin embargo, parece hacerlo sin inmutarse. Gana porque tiene nervios de acero. Porque donde los demás tiemblan, él crece sin parpadear. Porque su mente es privilegiada y su capacidad de análisis descomunal. Y porque es un auténtico campeón, un jugador hecho de una pasta especial.

“No tengo nada que reprocharme”, diría luego Connors. “Hice lo que suelo hacer siempre porque me ha dado buen resultado: irme a la red de forma constante para presionar al contrario. Pero Borg es el único jugador capaz de mantener los nervios en orden en los puntos decisivos”. Y Borg, con un intrascendente duelo por disputar ante Higueras, reconocería los problemas que tuvo, pese a la victoria final: “Ha podido ganar cualquiera de los dos, sinceramente. Él ha ha hecho un gran partido, pero se la ha escapado al final. Me creó muchas dificultades porque yo no podía pegar el revés con tanta confianza como otras veces”.

Cuando llegó el día de la final del torneo ya habían pasado demasiadas cosas en Nueva York. El público local había aplaudido a McEnroe los errores y las dobles faltas, quitándole los privilegios que tiempo atrás tuvo porque consideraban algunas de sus actitudes demasiado desafiantes, incluso con la propia grada. Higueras se había marchado de Estados Unidos sin una sola victoria, pese a disputar incluso en una exhibición con el propio McEnroe en lugar del partido por el tercer puesto. Y el Garden aplaudía cada vez que Hammond, juez árbitro de Nueva York, entraba en escena, además de vivir frenéticamente cada inicio de partido, presentados los jugadores como dos boxeadores a punto de jugarse la vida.

Vitas Gerulaitis llegó a la final del último torneo del curso tras tumbar en la fase de grupos a Solomon, McEnroe y en las semifinales a Connors. Nunca, sin embargo, pudo superar una estadística que martilleaba su cabeza: 14 veces había inclinado la rodilla frente a Björn Borg, el mismo rival que le separaba de ganar aquel día ante los ojos de su público. Se movió bien, acostumbrada la grada a sus gráciles desplazamientos, pero fue incapaz de acabar con el sueco, condicionado en parte por sus conocidos problemas nerviosos para mantener la calma en puntos de inflexión. “Aunque saque y volee a la perfección, él siempre esta colocado en el sitio adecuado, pero colocado de una forma que le permite ganar el punto”, explicaría luego Vitas. “Jugar contra Borg es diferente. Cuando yo cruzaba mi volea en los partidos anteriores, ni McEnroe ni Connors llegaban, pero Borg estaba allí colocado, en cualquiera de ambos lados, listo para pasarme. Le ataque sobre el revés, porque Connors le había creado muchos problemas días atrás, pero cuando él encontró el sitio en la pista, cuando empezó a sentirse cómodo, me di cuenta de que no tenía nada que hacer. Perder contra Borg es lo lógico”, explicó luego.

El sueco alcanzó lo que perseguía tras ganar varias veces en París y Londres. Ganó el Masters desafiando a un importante elenco de rivales, a la pista, a la luz artificial y a todos las piedras que aparecieron en su camino. Tras proclamarse maestro por primera vez, Borg acudió a sala de prensa sin pasar por la ducha, aún con la cinta de colores sujetando su pelo, y acompañado del elegante trofeo de cristal que tanto anheló besar. “No sé si voy a poder mantenerme en forma al suprimir algunos torneos de mi calendario, es algo que quiero probar el año próximo, aunque me exija preparar cada evento con más tiempo. Volveré a Wimbledon, a por el quinto consecutivo aunque necesite diez, quince o veinte días de entrenamientos sobre hierba. Y, por supuesto, intentaré ganar en Flushing Meadows”, amenazó el tenista sueco.

Björn llegó a Nueva York con la necesidad de ganar el Masters. En su mapa de conquistas el territorio estadounidense estaba vacío. Siempre argumentó que la luz artificial de Flushing Meadows le había impedido ganar el Abierto de los Estados Unidos y en el Masters la situación era idéntica. Sin embargo, la altura del Madison, la concentración de luz sobre la pista aislando al tenista de todo lo demás, convertían al escenario en el entorno idílico para que el sueco lograse. Nadie consiguió ganarle aquel año en el Masters. Acabó consecutivamente con Tanner, Connors, Higueras, McEnroe y Gerulaitis hasta levantar la corona. Se proclamó maestro, algo que lograría de nuevo un año después. Y luego, ante el asombro general, se retiraría de la élite a los 26 años dejando una sombra tan alargada como brillante.

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