Prepara un nuevo sushi, Carlitos
Alcaraz regresa a una final ATP tras varios meses de sequía tras remontar un durísimo duelo ante un Munar extremadamente competitivo. ¿Dará rienda suelta mañana a su idilio con Tokio?
Carlos Alcaraz forma parte de un idilio irremplazable con el ATP Tokio 2026. Nada tiene que ver su camino este año con el pasado, en el que, alentado por una pequeña torcedura de tobillo, despedazó a sus rivales convirtiéndose en un voraz huracán tenístico hasta hacerse con el título. Este año, el Carlitos que se manifiesta en tierras niponas es mucho más terrenal, pero también más tenaz e inteligente: acepta la irregularidad, abraza pequeños momentos de bajón y sonríe cuando toca apretar los dientes y ganar desde el sufrimiento. Hoy, ante Jaume Munar, otra lección de saber estar para remontar un partido cuyo inicio fue realmente complicado... y nueva final ATP, la primera desde el pasado Masters 1000 de Montecarlo (5-7, 6-3, 6-1).
El partido arrancó con una igualdad absoluta y una intensidad propia de una semifinal. Munar no había venido a Tokio a ser un espectador de lujo y lo demostró desde el primer peloteo, compitiendo de tú a tú con Alcaraz. Es cierto que el balear arrastraba una racha especialmente negativa cuando se enfrenta a otros españoles, pero también es uno de los pocos jugadores nacionales que sabe lo que significa ganarle al murciano. Y durante buena parte de este primer set volvió a parecer aquel jugador capaz de incomodar a Alcaraz.
Así ganó Alcaraz a Munar: remontada perfecta de Carlitos
Hasta el 3-3 no hubo diferencias. Más bien al contrario: Munar parecía achuchar más al resto que Alcaraz, obligándole a jugar cada punto con una intensidad máxima. Sin embargo, el primer golpe lo dio Carlos. Un juego tremendamente agresivo le permitió romper el servicio del balear para colocarse 4-3 y, apenas un minuto y medio después, confirmar el break y ponerse 5-3. Parecía el punto de inflexión definitivo. Parecía que el favorito acababa de entrar en escena. Pero nada era lo que parecía.
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Munar defendió su servicio y, cuando Alcaraz sacaba para cerrar el set, llegó el giro más inesperado de la tarde. El balear rompió en blanco, sin pestañear, 5-5. Y lo que podía haber sido simplemente una reacción se convirtió en una auténtica estampida. Jaume ganó también el siguiente juego y volvió a romper el saque de Carlos para completar cuatro juegos consecutivos y llevarse el primer set por 7-5. La cara de Alcaraz en el banquillo era un poema. No era enfado. Tampoco cabreo por haberse despistado. Era otra cosa, una expresión descompuesta, preocupada, mirando fijamente a su equipo como si necesitara encontrar una explicación.
Alcaraz saldría al segundo set dispuesto a golpear primero. Quizá incluso sin pensar demasiado, necesitaba desquitarse y lo hizo rompiendo el saque de Munar en el primer juego. No hubo celebración, tampoco cambio de expresión. Intercambió incluso algunas palabras con su equipo pidiendo tranquilidad porque la situación seguía siendo extraña. ¿Y cuál fue la respuesta de Munar? Contrabreak. ¿Y la de Alcaraz? Otro break. Tres roturas en los tres primeros juegos y un partido convertido definitivamente en una batalla.
El cuarto juego estuvo a punto de prolongar la locura, pero Carlos consiguió capear el temporal y colocarse 3-1. Era una diferencia mínima, nada definitiva, aunque suficiente para devolverle cierta estabilidad a un encuentro que había vivido ya varios cambios de dirección. Lo importante, a esas alturas, era que no había fantasmas. Ni señales de lesión, ni una explicación escondida detrás de aquella primera manga. Simplemente había un duelo a tumba abierta, con Munar compitiendo a un nivel extraordinario ante el mejor español del mundo. Quizá eso, después de todo, debería dejar de ser una sorpresa.
Lo que sí dejó de sorprender fue la derecha de Alcaraz. Carlos empezó a destrozar la pelota con una violencia cada vez mayor y terminó encontrando la recompensa: 6-3 para igualar el partido. Munar sonreía al regresar a su silla, consciente de que había ganado una batalla enorme, pero sabiendo que lo más difícil todavía estaba por llegar.
Las claves del apabullante final de partido de Alcaraz ante Munar
En el tercer set no hubo historia, aunque sí un pequeño punto de inflexión cuya importancia se tornaría gigante. La oportunidad para Jaume de volver a inclinar la dinámica a su favor estuvo en el primer juego el saque de Carlos, con un 30-40 que parecía un claro mensaje en clave: o lo tomas, o lo dejas. Eso sí, poco pudo hacer el mallorquín: Alcaraz sacó su versión más resolutiva, picoteando con la derecha y cerrando la puerta con un magnífico remate.
¿A partir de ahí? El abismo más claro para un Jaume que bajó aún más la velocidad de su saque, permitió a Carlos ganar pista con restos profundos y a los pies y dejó de hacer gala de esa intensidad en ocasiones tan abrumadora que forma parte de su ADN. El bajón de explosividad de Munar fue interpretado por su rival como una clara señal: tocaba pegar el mordisco y asomarse al balcón de la victoria. Y no dudó Carlitos, que soltó la mano y dio rienda suelta a las buenas sensaciones con su derecha: la virulencia de ese golpe le empujaba al triunfo mientras Munar se diluía con errores impropios de su estilo.
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El inicio de la remontada llegó en modo oficinista, aguantando las acometidas de Jaume, ordenando su tenis y reduciendo el número de errores, encontrándose cada vez más cómodo en los intercambios largos; el final, con el Alcaraz de siempre, el que te acaba aplastando con un físico que parece al 100%, el que llega más preparado al momento final que tú. A partir de la primera rotura no hubo historia, y aunque Jaume salvó el honor con un juego final, el partido ya tenía ganador. Así pues, Alcaraz sigue destrozando marcas: no pierde frente a un compatriota desde que lo hiciera contra Nadal en Indian Wells 2022, llega a su final número 36 a nivel ATP, suma nueve triunfos seguidos en Tokio y manda a un aviso al circuito: aún no es imbatible, pero su capacidad de agarrarse al partido y ganar desde la inteligencia se mantiene intacta. Que se preparen Vacherot o Lehecka en la final... y, por si acaso, que también lo haga el sushi del campeón.