Katerina Siniakova, dos parejas y un mismo destino
La checa abandonó el US Open 2026 habiendo tirado abajo una puerta que nunca en la historia se había tocado. Hoy hablamos de la única jugadora capaz de completar el 'Grand Slam' con dos parejas diferentes.
Han pasado ya algunos días, pero podía cerrar el capítulo de este US Open 2026 sin hablar largo y tendido de unas de las jugadoras que más glorias cosecharon allí. Katerina Siniakova, amigos. La mejor doblista femenina de este siglo. Capaz de completar el 'Career Grand Slam' con dos compañeras diferentes. ¿Quién más ha hecho esto en la historia? Absolutamente nadie.
Empecemos por lo último, lo más reciente, lo verdaderamente glorioso. La checa acaba de completar el Grand Slam de dobles con una segunda pareja diferente, algo que, repito, nadie había conseguido antes en la historia. Primero lo hizo junto a Barbora Krejcikova. Ahora, de la mano de Taylor Townsend. Cambió de compañera, cambió de dinámica, cambió de generación, pero no cambió el destino. Siniakova ya había ganado los cuatro Grand Slams con Krejcikova: Roland Garros, Wimbledon, US Open y Open de Australia. Aquella pareja fue una de las grandes sociedades del dobles femenino, pero la historia no terminó cuando sus caminos se separaron.
La jugadora que cumplió 30 años el pasado mes de mayo, hace tiempo que vio en Townsend otra compañera de máxima categoría con la que volver a escribir exactamente ese mismo capítulo. Y eso es probablemente lo más extraordinario de todo, que nunca necesitó repetir una fórmula para repetir esa hazaña.
Dos parejas, una misma historia
Con el triunfo en Nueva York, Siniakova alcanza los 12 títulos de Grand Slam en dobles, una barbaridad que todavía crece cuando se añade su corona de dobles mixtos, elevando su cuenta particular a 13 grandes. Pero la cifra que mejor explica su temporada no está en los Grand Slams, sino en una secuencia que parece escrita para desafiar cualquier estadística: Adelaide, Indian Wells, Miami, Madrid, Roland Garros, Toronto y ahora US Open. Siete finales disputadas, siete finales ganadas. Algo tiene esta mujer, que lo que toca lo convierte en oro.
“Es realmente difícil encontrar palabras. Estoy muy orgullosa de nuestro equipo. Esta final fue muy igualada, muy dura para nosotras, pero encontramos la manera de ganarla. Encontramos una solución cuando más la necesitábamos”, explicó Siniakova después de levantar el trofeo ante Montgomery y Krueger. Ahí está resumida su virtud como doblista, el hecho de que cuando el partido deja de ser bonito y empieza a ser incómodo, ella encuentra una respuesta.
La sociedad con Townsend, además, nació de una manera casi accidental: un mensaje privado en redes sociales. Siniakova necesitaba compañera y ya había visto suficientes veces a Townsend al otro lado de la pista como para saber que podía funcionar. “Sabía que entendía el dobles, que sabía estar en la red y que no tenía miedo”, contó la checa. Wimbledon fue la primera gran confirmación de aquella intuición. Desde entonces, la intuición se ha convertido en una temporada que parece de ciencia ficción: siete finales, siete títulos. Ni una sola final perdida.
No han construido una temporada perfecta porque no hayan encontrado obstáculos, sino porque cada vez que llegaron al último partido encontraron la forma de salir de él con el trofeo. Creo que es suficiente muestra como para dar un paso hacia atrás y observar la dimensión histórica que tiene la figura de Katerina Siniakova. El dobles suele exigir de una química especial, de una pareja casi inseparable, de dos jugadoras que se conozcan hasta en los silencios. Ella vino para demostrar que su grandeza no depende de una compañera concreta.
Lo hizo con Krejcikova y lo está haciendo con Townsend. Dos parejas diferentes, dos épocas distintas, cuatro 'Grand Slams' completados. Algún día, alguien mirará esta estadística y pensará que era inevitable, pero no lo era. Siniakova simplemente ha conseguido que lo extraordinario empiece a parecer costumbre. La mejor en lo suyo.