En pocas palabras

Del gesto contenido a la liberación absoluta: así celebró Alejandro Davidovich su primer título profesional

Fernando Murciego | 27 Jun 2026 | 17.05
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Del gesto contenido a la liberación absoluta: así celebró Alejandro Davidovich su primer título profesional. Fuente: TennisTV
Del gesto contenido a la liberación absoluta: así celebró Alejandro Davidovich su primer título profesional. Fuente: TennisTV

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Hay tenistas que, cuando ganan el primer título de su carrera, caen de rodillas, rompen a llorar o corren hacia su equipo. Alejandro Davidovich Fokina hizo algo muy distinto en Mallorca. O mejor dicho, durante unos segundos no hizo absolutamente nada.

Cuando Ethan Quinn encajó ese último saque directo, el malagueño permaneció inmóvil. Sin una sonrisa, sin un puño cerrado, sin un grito. Su rostro apenas cambió de expresión. Miró hacia su banquillo con gesto serio, casi desafiante, y caminó con absoluta tranquilidad hacia la red para estrechar la mano de su rival. Fue una reacción sorprendente para un jugador que llevaba cinco finales ATP perdidas y que perseguía desde hacía años el primer gran título de su carrera. Precisamente por todo lo vivido, muchos esperaban una explosión inmediata de emoción. En lugar de eso, llegó el silencio.

Aquellos segundos dejaron espacio para múltiples interpretaciones. Quizá era una manera de protegerse después de tantas decepciones. Quizá todavía no había asimilado lo que acababa de conseguir. O quizá, simplemente, transmitía una idea muy clara: este no era el destino final, sino solo el primer paso. Un ATP 250 importante, sí, pero lejos del techo que él cree que puede alcanzar. La liberación llegaría después.

Davidovich y la celebración de toda España

Una vez cumplido el ritual del saludo en la red y felicitado Quinn, Davidovich caminó hacia el centro de la pista. Entonces sí desapareció la coraza. Levantó los brazos, miró al cielo y soltó un grito que pareció contener todas las frustraciones acumuladas durante años. No era solo la celebración de una victoria, era el desahogo de quien había convivido demasiado tiempo con la etiqueta de eterno finalista. Porque el verdadero peso de este título no estaba únicamente en el trofeo. Estaba en todo lo que había detrás: las cinco finales perdidas, las dudas, las ocasiones escapadas y la sensación de que el primer título siempre se resistía.