El inicio de 2026 no fue nada fácil para Joao Fonseca. Las expectativas, siempre desmesuradas al proceder de un país que busca a su nuevo Mesías tenístico con una intensidad fuera de cualquier escala, parecían hacer mella a la par que su físico comenzaba a pedirle un respiro. La espalda, la presión de jugar en casa; comenzar un nuevo año en el circuito, dejar de ser el rookie, ver cómo otros jóvenes logran lo que tú parecías destinado a alcanzar primero. Derrotas tempranas en Australia y Sudamérica, un halo de duda sobre su cabeza y una sensación que nublaba el ambiente: ¿y si Joao no es tan bueno como pensábamos?
Entonces llegó Indian Wells 2026. En un momento, casi, de encrucijada. Un torneo para el que tuvo mucho tiempo de adaptación, para el que fue capaz de engrasar la máquina sin preocuparse por el estado de varios de sus componentes. Despojado de cualquier problema físico, en el desierto californiano hemos vuelto a ver al Joao que, incluso, esperábamos hace meses: un tenista valiente, con todavía muchos defectos, pero capaz de crecerse en situaciones complicadas, de jugar con bravura y arrojo en instancias donde antes su confianza le hubiese traicionado.
No solo se evidenció esto con dos triunfos importantísimos ante Karen Khachanov (quizás esas bolas de partido salvadas acaben siendo, incluso, un punto de inflexión en su futuro a corto y medio plazo) y Tommy Paul. También en la derrota ante Jannik Sinner, en una madrugada, la de ayer, que sirvió como termómetro perfecto para medir el fenómeno Fonseca. Había varias cuestiones que amenazaban con romper las expectativas de este duelo: ¿aguantaría Joao la presión de enfrentar al número dos del mundo? ¿Tiraría la toalla mentalmente en caso de verse lejos del italiano? ¿Podría encontrar la forma de romper sus esquemas tirando de variedad, cambios de altura y de ritmo?

Fonseca cumplió todas las expectativas y, a la vez, se dio cuenta de que aún debe mejorar en muchas áreas de su tenis
Bendita juventud. A los 19 años, la curva de crecimiento de tipos como Joao no siempre es lineal: está llena de baches, de momentos de dudas, de tiempos en los que toca trabajar en las debilidades y dejar aparcadas las fortalezas. Por suerte, el partido ante Jannik evidencia que el margen del que dispone el carioca, incluso, asusta. Asusta tanto como su derecha, de absoluta clase mundial, y como podría llegar a asustar su servicio, extremadamente competitivo en el día de ayer (fue el elemento de su tenis en el que mayor variedad vimos, con una buena batería de saques con kick, cortados abiertos hacia la derecha del italiano y planos a la T: si recupera este nivel al saque, su techo en el corto plazo se multiplica).
El partido de ayer, sin embargo, también dejó al desnudo todo aquello en lo que debe trabajar Fonseca para acercarse a la estela de los mejores. Este deporte ha entrado en una era donde has de ser completo para dominar. Ya no sirve con apoyarte en un par de grandes facetas: cualquier punto débil es explotado sin piedad por tus rivales. Lo vimos en los momentos de tensión, donde Sinner martilleó una y otra vez el revés de Joao, buscando ganar ritmo por dicho flanco hasta robarle el centro de la pista y ejecutarle. Lo vimos en la seguridad de sus restos, misiles que hacían daño cuando Fonseca no encontraba el primero, mientras que el carioca apenas le sacó partido a su devolución.
El "todocampismo" de Sinner y Alcaraz aún no ha llegado al tenis de Fonseca. La capacidad de los mejores de dar la vuelta a un punto desde cualquier flanco y situación no nace de manera innata: se adquiere a base de años de trabajo, voluntad y capacidad de encontrar el límite de tu cuerpo. Que se lo digan a Carlos Alcaraz, que ha convertido en apenas dos años un pequeño punto débil desde el fondo (su revés) en un comodín con el que dar la vuelta a cualquier situación. Que se lo digan a Jannik Sinner, que ha convertido un golpe lejano a la élite (la derecha) en un arma con el que puede dictar desde el fondo a su merced (véase la última final de Wimbledon).
Italiano y español necesitaron de varios años para actualizar su catálogo, para acercarse a esas versiones monstruosas que le han permitido duopolizar el circuito. A sus 19 años, Joao necesitaba una experiencia como ésta, un termómetro perfecto para darse cuenta de que su potencial y techo es tan prometedor como el margen de mejora del que aún dispone en aquello que le limita. Con el arrojo y valentía de alguien capaz de tener tres bolas de set y levantar un 2-5 en el siguiente parcial, es una cuestión de tenis lo que separa al brasileño de la absoluta élite: que todos los problemas, pensarán alguno, sean como éste. Se marchará de Indian Wells con la cabeza bien alta, aunque castigándose por las oportunidades perdidas, pero no hay mejor profesor que la derrota... y más si llega frente a uno de los mejores maestros del circuito. Te esperamos, Joao.

