El hombre que plantó cara al Big 3

Se nos marcha Andy Murray, el único hombre capaz de ganar al Big 3 en los Grand Slams y ser número 1 en la época más dorada del tenis.

Jose Morón | 2 Aug 2024 | 11.51
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Andy Murray, el hombre que plantó cara al Big 3. Foto: Getty
Andy Murray, el hombre que plantó cara al Big 3. Foto: Getty

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No recuerdo la primera vez que vi a Andy Murray. Supongo que a muchos de vosotros os pasará lo mismo. La sensación que tengo es que siempre estuvo ahí. No ha tenido que ser nada fácil su papel, sabiéndose inferior al famoso Big 3 y teniendo que encontrar su camino al éxito. Andy sabía que había tenido la suerte (o desgracia) de coincidir con los tres mejores de la historia. Otros, en su lugar, habrían usado eso como motivo para bajar los brazos. Él, por el contrario, lo utilizó como motivación.

Imaginen ser Andy e imaginen lo que tiene que ser ir a un gran torneo y encontrarte en cuartos de final a Federer. Imaginen lo duro que tiene que ser ganarle. Luego, en semifinales, imaginen encontrarse con Djokovic. Imaginen lo duro que tiene que ser ganarle después de ganar a Roger. E imaginen que en la final , después de subir esas dos montañas tan empinadas, se encuentra Rafa Nadal. Pues ese es el camino que ha debido recorrer una y otra vez el bueno de Andy en la mayoría de torneos importantes.

Murray perdió las cuatro primeras finales de Grand Slam que disputó. Las dos primeras con Roger, con Djokovic la tercera y, de nuevo, con Federer la cuarta. Esa última, además, fue en Wimbledon. Esa tarde, Andy rompió a llorar. Primero, por verse muy cerca de ganar en su casa, el sueño de su vida, y también por creer que nunca iba a poder lograrlo. Que el Big 3 estaba muy por delante de él y que no podría ganar ningún grande. Se encontraba frustrado e impotente. Todo iba a cambiar para él en ese verano.

El oro olímpico frente a los suyos le transformó. Un mes más tarde, logró su primer Grand Slam en el US Open ganando por el camino a Federer y Djokovic. Palabras mayores. En aquella final, ante Nole, el británico se puso dos sets a cero arriba, cuando el serbio le igualó a dos. Estaba temblando. Veía que le iba a pasar una vez más lo mismo. Se fue al vestuario y se produjo la conversación que cambió su vida tenística. Una conversación consigo mismo en el espejo del baño.

“No vas a perder este partido. No vas a perder este partido. No vas a perder este partido”, comenzó a decirse a sí mismo, mirándose al espejo. Esas palabras empezaron a calar en su cabeza. Hasta entonces, había sido cinco años de derrotas. De ser el cuarto en discordia. El que nunca lo hace. El que nunca lo logra. “NO VAS A PERDER ESTE PARTIDO. NO SE TE VA A ESCAPAR. ES TU MOMENTO”, se gritó en ese pequeño baño de la Arthur Ashe. Y así fue. Salió a pista con otro aire y se llevó el quinto set por 6-2. Ahí se produjo ese cambio en la carrera de Andy.

Después de aquello, jugó seis finales más de Grand Slam, ganando el título en dos de ellas. Las dos en Wimbledon. En casa. Al fin. Un británico volvía a ganar en Londres y Andy pasó a la historia del tenis para su país. Toda su vida había peleado por ello, y al fin lo tenía. Solo le quedaba una cosa para poder quedarse tranquilo: ser número 1 y mirar al Big 3 por el retrovisor.

Digamos que Murray, para aquel entonces (año 2016), físicamente ya había empezado a sentir los estragos de esa cadera que finalmente iba a lastrar el final de su carrera. Sabía que no iba a tener mucho margen y que el esfuerzo podría suponer su final, pero dio absolutamente todo lo que le quedaba a finales de ese año para ascender a la primera plaza del Ranking. Y vaya si lo hizo. Ganó ¡51! partidos de los últimos 53 que disputó ese año. Solo Nishikori y Cilic pudieron ganarle. Levantó ocho títulos en solo seis meses y venció a Nole en las ATP Finals para convertirse en número 1. 

Esa victoria, ese esfuerzo, sin embargo, iba a traerle un regalo envenenado: su cuerpo acusó el esfuerzo. El jugar tantos partidos en tan poco tiempo le dejó secuelas. Ya no volvió a ser el mismo y su cadera dijo basta. Solo un año después, apareció en Australia para decir que se retiraba ese mismo año, en 2018, al no soportar el dolor que le producía la cadera. Pasó por el quirófano para portar una prótesis de metal que le iba a permitir alargar un poco más su sueño de ser tenista, aunque ya no de la misma manera.

Andy se resistió a dejar el tenis. Tenía motivos para hacerlo. Nadie iba a reprocharle nada. Lo había conseguido casi todo, tenía una familia a la que atender y los médicos ya le habían dicho que forzar la prótesis de cadera podía hacer que se resintiera y que acabara dentro de unos años con serias secuelas. Su amor por el tenis era tan grande que nada de eso le importó. Solo quería volver a saborear las mieles de la victoria y seguir haciendo lo que mejor sabía: jugar al tenis.

Por eso, pese a que los últimos años de carrera de Murray han sido un poco un “quiero y no puedo”, eso no empaña el legado que nos deja. Sí, nunca llegó al mismo nivel que Roger, Nole y Rafa, pero fue el único que pudo ganarles en un Grand Slam y que llegó a ser número 1. Nadie excepto él puede decir eso. Y eso es de mucho mérito.

Además, se va con el cariño de la gente por esa forma de ser que siempre ha tenido. Un tipo al que querían todos. Imposible no admirar a Andy, un tipo que ha tenido un papel de vital importancia en estos últimos años y que nos ha acompañado a todos en la época más dorada del tenis. 

Como decía, no recuerdo la primera vez que le vi. Es como ese colega que siempre está ahí, en la fiesta, con todos, y que de repente dice que se quiere ir a casa. Nunca le prestaste demasiada atención, pero en el momento en el que dice que se va para no volver, es cuando notas lo que aportaba al grupo. Lo que duele saber que se marcha. Tan solo nos sale decir, gracias, Andy, porque sin ti, nada de esto habría sido igual. Se te echará de menos.