Emilio Álvarez: "No echo de menos el estrés por mantener el ranking"

Emilio Álvarez charla con Punto de Break sobre su fántastico papel en Kitzbuhel, el momento de su retirada y cuenta por qué no sería entrenador.

Raquel Bermúdez Rodríguez | 30 Nov 2022 | 11.04
twitter tiktok instagram instagram Comentarios
Preferir Puntodebreak en Google
Emilio Álvarez en Roland Garros 1998. Foto: Getty
Emilio Álvarez en Roland Garros 1998. Foto: Getty

Streaming Wimbledon en directo
🎾 Emilio Nava vs Ignacio Buse
  1. Entra aquí y regístrate en Bet365
  2. Haz tu primer depósito de mínimo 5 €
  3. Entra en la sección «Directo» y ve todos los partidos
Ver partido en Bet365

Con motivo de la celebración de la Copa Davis 2022 en Málaga, Emilio Benfele Álvarez (Figueras, 1972) volvía a casa para seguir viviendo el tenis. Aunque nacido en Cataluña, Emilio se desplazaba a una edad muy temprana a Rincón de la Victoria (Málaga), ciudad en la que se crio. Mejor tenista andaluz y malagueño durante varios años, Emilio llegaba a ser el número 81 del ranking ATP en la temporada de 1997. Tres años más tarde alcanzaba el mayor logro de su carrera, la final de Kitzbuhel en la que acababa cediendo ante Àlex Corretja (3-6, 1-6, 0-3) con una retirada que deja un sabor amargo en el recuerdo de Emilio.

Residiendo en Múnich en la actualidad, Emilio se ocupa de dar clases de tenis y pádel principalmente a adultos. El extenista se sienta a charlar con Punto de Break sobre sus mejores recuerdos en el circuito, el momento en el que colgaba la raqueta y sobre la Next Gen y el Big 3.

Mejor tenista malagueño hasta que llegó Alejandro Davidovich.

Antes de que él me superara oficialmente sabía que iba ocurrir seguro. Ya era hora de que un andaluz lo hiciera. A mí me parecía que no había sido lo suficientemente bueno para haber sido el mejor andaluz. Me alegra y me gustaría en algún momento de mi vida ver que Málaga se convirtiera en un sitio donde la gente viniera a jugar, ya no solo de competición. El tenis no lo mueve una academia, la academia saca un par de jugadores cada cierto tiempo, el tenis está en las pistas, donde juegan los padres, los niños. Ese es el tenis para mí a nivel mundial.

¿Cómo fue ese momento de decirle adiós al tenis?

No lo tenía planeado. Me levanté un día por la mañana en Sudamérica a principios de año, estando en el Top 100 y con la temporada ya planeada, y dije que me iba. Se lo dije en el desayuno y no se lo creyó nadie. Se creían que estaría de vuelta al mes. Tenía un niño ya y estaba asentado en Múnich. Fue muy de sopetón. Luego jugué algunos torneos en modo de despedida.

Lo que echo de menos son los colegas, mis amigos, la gente, el ambiente, más que el jugar, que, como profesional, estresa. Estás ahí luchando por tu salario y enfrente tienes a alguien que quiere que no lo tengas, lo quiere él. De una manera muy limpia, con el deporte, pero es así. Esa lucha es difícil. Uno pierde muchas veces y lo tiene que manejar solo. No echo de menos el estrés de buscar de qué manera mantener el ranking.

¿Cómo viviste esa semana en la que alcanzaste la final en Kitzbuhel?

Esa semana fue bastante increíble porque gané muy buenos partidos. Hubo otra ocasión en Kitzbuhel en la que no llegué a la final, pero gané todavía mejores partidos, como la victoria ante Thomas Muster (número dos del mundo en aquel entonces) en el 96. El año de la final me quedó la espina de no poder terminarla.

Había jugado el día anterior, el sábado, los cuartos de final contra Nicolas Lapentti, 7-6 en el tercero, un encuentro durísimo al sol, y en la misma tarde tuve que jugar la semifinal. Corretja venía fresco de jugar un solo partido el día anterior, lo normal, y yo, como acabé tan tarde con Pato Clavet, los masajistas se habían ido. Tenía un problemilla en el hombro que se me había producido por el día tan largo, no me lo pude tratar, y al día siguiente jugué dos sets, pero no podía. Hubiera querido estar bien y jugar con Corretja esa final, eso es lo único que me queda. Fue una semana espectacular. Antes iban a Kitzbuhel todos los grandes tenistas. Alguna vez lo he mirado y he dicho: “Vaya cuadro que hay aquí y he llegado yo a la final”. Me queda un buen recuerdo.

¿Con qué momento te quedas de tu etapa tenística?

Podría escribir un libro con eso. Si es uno puntual, me quedo cuando en Kitzbuhel le gané a Muster, que era algo impensable, y por la noche fui a un bar famoso al que íbamos normalmente los jugadores en el que había unas cuatrocientas personas apelotonadas. Cuando entré todos se giraron y empezaron a cantar: “¡Musterkiller! ¡Musterkiller!

Jugaba al día siguiente y no quería estar allí de fiesta. En ese momento casi se me salen las lágrimas. Era alegría por mí, una energía muy chula. Fue bastante especial, lo tengo grabado en la mente. Ahí me di cuenta de que le había ganado a Muster, de que lo que había hecho no era normal.

Una semana en Málaga para seguir el tenis, ¿cómo has vivido la Copa Davis 2022?

Ha sido sobre todo emocionante. El tenista que me ha dejado más sorprendido, no solo por jugar bien, sino distinto, más agresivo, es Lorenzo Sonego. Normalmente juega los puntos más largos, pero en la Davis tira las bolas al lado de la línea, algo que le ha dado resultados.

¿Cuál es tu opinión sobre el formato? ¿Echas de menos el anterior?

El formato tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Lo que ha demostrado es que la emoción y la involucración del público son brutales. El partido te cambia en dos minutos. En partidos a cinco sets y en diferentes días se diluye un poco. Como intensidad de juego y la adrenalina para el público, este formato le gana al otro.

Luego están los defensores de la historia de la Copa Davis. Yo ya he visto que, durante los años que he jugado, la gente que defiende tanto las tradiciones son muy poco amigos de que les cambien las cosas. Ha sido la propia ITF la que ha tomado la decisión, podrían haber seguido haciéndola como antes. Había jugadores que estaban en contra por cómo meterlo en su calendario. Este formato funciona, pero es otra historia. Provoca que esté muy abierta, no hay realmente favoritos.

¿Qué debería hacer para acercarse al interés que tienen los Grand Slams?

Para que la Copa Davis tenga realmente lo que tienen unas semifinales de Grand Slam hace falta que jueguen los buenos. Habría que conseguir que jugaran. Si se consigue que, al menos en cartel, estén los mejores tenistas del mundo, entonces sí que podría ser una cosa muy global.

¿Cómo ves a esa Next Gen?

Juegan muy bien, pero hemos tenido al Big 3, que para mí siguen siendo alienígenas, y no creo que se vaya a llegar a ese nivel de tenis. Está subiendo la velocidad de juego, que llegará a un límite, pero conseguir tres jugadores que han llevado el nivel a otro tipo de tenis que no se había visto no creo que pueda pasar. Se han ido empujando hacia arriba los tres y ganando a todo el mundo, menos entre ellos.

Felix Auger-Aliassime me gusta, pero no creo que tenga la chispa por querer ser el número uno. Eso es algo que sí que tiene Carlos Alcaraz. Tiene fuego dentro, como un león. Aliassime es un bailarín, juega bonito, muy efectivo, pero le falta creérselo. Luego están Alexander Zverev, Stefanos Tsitsipas… Entre los más jóvenes Denis Shapovalov tiene que madurar aún, Lorenzo Musetti juega muy bien al tenis. Hay muchos, como 15 o 20 que se van a repartir los trofeos entre ellos en unos tres años, cuando Djokovic cuelgue la raqueta.

¿Entrenarías a alguno?

No. Ya probé y no vuelvo. Es un trabajo durísimo mental, estresante, te lo llevas a casa todos los días. La relación de jugador-entrenador es súper intensa. Es un trabajo muy desagradecido. Es, que yo conozca, uno de los trabajos más inestables que existen. Si un día, por la razón que sea, al jugador, a su manager, o al padre del jugador, deciden que tú no eres la persona, al día siguiente estás fuera. Pierdes tu trabajo y eso puede ocurrir en cualquier momento. Normalmente te llevas tú las culpas de cualquier cosa que pasa, como en el fútbol. No me apetece nada, venga quien venga.