Sin llegar a volvernos locos, debemos celebrar que a estas alturas de la temporada todavía queda algún torneo femenino del circuito WTA por disputar. En serio, ¿cómo es posible que después de Roland Garros solo se hayan disputado dos eventos? ¿Esta es la manera que tienen de empujar a que las chicas tengan la misma visibilidad que los chicos? Mientras en ATP se inventaron entre dos y tres torneos por semana, en WTA parece que nadie puso interés por llevar el mejor tenis femenino a sus pistas. Hace dos semanas tuvimos Ostrava y ahora tenemos Linz, prácticamente fuera de hora y casi al borde la pretemporada. Pero lo tenemos, no podía faltar en el calendario una de las paradas más míticas del tour, ni siquiera en un 2020 donde llegamos a pensar que nos quedábamos sin tenis.
Si entramos en la historia del torneo hay que irse hasta 1987, cuando comenzó a celebrarse, aunque no fue hasta 1991 cuando se introdujo en el calendario oficial de la WTA. Allí inauguró el palmarés Manuela Maleeva, quien repetiría también en 1993. Los dos títulos de suiza acabarían siendo igualados por los dos de Sabine Appelmans (1994, 1996), los dos de Jana Novotna (1995, 1998), los dos de Lindsay Davenport (2000, 2001) y los dos de Ana Ivanovic (2008, 2010). Grandes nombres donde también aparecen otras como Chanda Rubin, Mary Pierce, Amelie Mauresmo o Maria Sharapova. El evento mantuvo un nivel y una categoría alta hasta 2008, donde pasó a ser un International y ahí bajo un escalón en cuando a popularidad. Poco a poco, el mercado asiático se apropiaba de los últimas semanas del calendario, restándole protagonismo a Europa.
Pese a este acontecimiento, todavía hubo tiempo para que una nueva generación brillara bajo el techo austríaco. Célebres tenistas como Petra Kvitova, Victoria Azarenka, Angelique Kerber o Karolina Pliskova dejaron su sello al comienzo de la última década, pero todo empezó a venirse completamente abajo en el último lustro, donde ni los cuadros, ni el cuadro de honor quedaba mostraba el glamour de tiempos pasados. Eso no significa que dejaran de llegar las historias, tal y como vivimos en 2017 con una veterana Barbora Strycova, el renacimiento de Camila Giorgi en 2019 o el bautizo como campeona de Cori Gauff el octubre pasado. Por la alfombra roja del domingo ya no desfilaban top10 del ranking mundial, pero el público y la organización siempre se mantuvo fiel para mantener la tradición de una de las semanas más especiales del calendario deportivo del país.
Aquí es donde precisamente se refleja el único punto negro del torneo de Linz, la incapacidad de lograr que una tenista local conquistara el título en alguno de sus 30 años de historia. Ni siquiera se logró que alguna de ellas llegara a la final, aunque tampoco nos vamos a engañar, nunca fue Austria una nación puntera con primeras balas en el tour. Tres mujeres tocaron el techo pisando las semifinales: Barbara Schett en 1994 (perdió con Appelmans), Beate Reinstadler en 1995 (perdió con Rittner) y Judith Weisner en 1997 (perdió con Habsudova). Ya en el nuevo siglo, el techo bajó a los cuartos de final, donde llegaron Schett (2000), Bammer (2005) y Mayr-Achleitner (2013). La edición de 2013, por cierto fue la última donde se pudieron ver victorias locales en el cuadro final. Desde entonces, seis años de sinsabores.
El panorama esta semana no pinta mucho mejor que las últimas veces, con Aryna Sabalenka como única top20 y con dos austriacas invitadas por la organización en el cuadro. Una de ellas, Julia Grabher, se retiró ayer lesionada en el debut. La otra, Barbara Haas, debuta esta tarde ante Kudermetova. Lo dicho, no parece que vaya a ser este la temporada del milagro, aunque sí se puede catalogar como tal que Linz aparezca un año más en nuestro programa habitual. En una fecha extraña y con un cuadro más flojo, pero con más ganas que nunca y un esfuerzo tremendo por parte de todo el equipo porque Austria vuelva a disfrutar como cada otoño de la pelota amarilla. En este caso, digamos que lo más importante no será la compañía, sino el plan.

