El día que Guillermo Coria jugó una final de Miami con piedras en el riñón

El argentino revive para Puntodebreak una de las experiencias más increíbles de su carrera. ¿Qué pasó en aquella final contra Roddick?

Carlos Navarro | 5 Apr 2020 | 21.17
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Andy Roddick, campeón, y Guillermo Coria, finalista. Fuente: Getty
Andy Roddick, campeón, y Guillermo Coria, finalista. Fuente: Getty

Guillermo Coria. Andy Roddick. 2004, Miami. El horizonte soleado de Crandon Park aguardaba una final que prometía emociones fuertes. Se daban cita los números 3 y 4 del mundo, en circunstancias bastante similares, con un único título previo en suelo local (Guillermo en Buenos Aires, Andy en San José). Coria había coqueteado con el abismo en semifinales, salvando varias bolas de partido ante un Fernando González que había dejado escapar una de las mayores oportunidades de su carrera. Roddick había despachado con facilidad a Spadea y tenía la vitola de favorito. Sin embargo, la evolución del partido acabó sorprendiendo a propios y extraños... especialmente a posteriori.

Tras recuperar el break inicial, Guillermo empezó poco a poco a poner en duda los pronósticos. El argentino había puesto sobre la mesa su característica agilidad y velocidad, defendiéndose de forma excelsa desde su lado del revés. La táctica que aplicar parecía clara: aguantar las embestidas de Andy, tomar el control desde el fondo y proponer constantes cambios de altura que apretasen las tuercas del revés de A-Rod. El duelo, en sí, era un total contraste de estilos: la potencia de Roddick contra la astucia, inteligencia y variedad del tenis de Coria.

Llegamos así al 4-3 a favor de Roddick, con Coria sacando. 30-15. Precedido de un rally de 26 intercambios (el más largo del partido hasta aquel entonces), aquel iba a suponer un punto de inflexión sin que nadie lo supiese.

“Todo empezó cuando sacaba con 3-4, 30-15. Cuando caigo, después de impactar la bola, se me puso duro atrás y a los pocos segundos empecé a notar un dolor horrible, hasta el punto de querer vomitar por el dolor”, relata Coria a Puntodebreak. En aquel momento, sin embargo, parecía que el partido seguía la tónica con la que había empezado. Guillermo, de hecho, empezó a echar mano de las dejadas para cortar de forma abrupta el ritmo de Andy, colocándose con un peligroso 4-4 y 15-30 que el americano cortó gracias a 3 primeros servicios incontestables. Coria también esquivó un 30-30 en el siguiente juego haciendo gala de su capacidad defensiva, colocando así el 5 iguales.

Es aquí cuando Coria muestra por primera vez gestos de dolor. Se pone en cuclillas y gesticula; aquellos dolores empezaban a intensificarse. En el siguiente descanso, el médico trata a Coria. La sensación, en aquel momento, era realmente mala, pero nadie sabía qué era lo que estaba ocurriendo.

Tras tomar lo que parece un relajante muscular, Coria se agarró con uñas y dientes al partido. Trataba de moverse, de estar activo, adoptando algunas posiciones heterodoxas con tal de mitigar el dolor. Usó su varita mágica para comenzar el tie-break con dos dejadas ganadoras, acortando los puntos. Roddick estaba totalmente confundido y, descentrado ante la recuperación de Guillermo, cedió el juego decisivo tras varios errores no forzados. Sus 19 errores no forzados en el parcial mostraron cómo Coria había ganado la batalla mental; por su parte, Guillermo firmó un balance de 10 winners y 7 unforceds. Primer set en la manga, pero aún quedaba mucho partido.

“En aquel momento, pensé que el dolor había sido culpa de los trabajos de pesas que había hecho el día anterior, que lo tuve libre. A medida que iban pasando los games, sin embargo, no había posición que me calmase el dolor”.

A pesar de su dolor, los inicios del segundo set transcurrieron de la forma que un Coria entre algodones quería. Andy era incapaz de tomar la iniciativa desde el fondo ante el festival de alturas y cambios de trayectoria de la pelota que salía de la raqueta del de Venado Tuerto, exprimiendo hasta el último instante sus reservas físicas y su inteligencia sobre la cancha. Sin embargo, Roddick empezó a ser consciente de que la situación física de Guillermo le obligaría a estar en constante desventaja. Se puso el mono de trabajo y empezó a entrar en los largos intercambios que le planteaba el argentino. El saque empezó a ser inexistente, lastrado por un dolor incontenible.

A pesar de salvar tres bolas de break 1-3 abajo, el partido empezaba a ser misión imposible. No solo cortó Andy el flujo de errores no forzados, también empezó a ganar temperatura por el lado del revés, conectando buenos paralelos. Todo esto, claro, acompañado de un saque que aumentó en porcentaje y velocidad. No se puede decir que Guillermo dejase de pelear, pero Andy jugaba con la confianza de ver a su rival herido y de saber que aquella final pasaba por lo que dictase con su raqueta.

El inicio del tercer set fue un auténtico mazazo para las aspiraciones de Guillermo. Su primer turno al saque fue tremendamente disputado, alcanzando el deuce tras largos rallies. Sin embargo, Roddick empezaba a mostrar su definitiva mejor versión, y la potencia y punch de su drive le dieron un break que hundió a Coria. No existía partido, y tras encajar un 6-1, el argentino decidió retirarse (a pesar de pasar por las manos del doctor e intentar hacer una vuelta a la cancha. Solo duró tres puntos).

Los comentaristas habían dicho de aquella final que parecía “un partido de fútbol”. Miles de argentinos se encontraban en las gradas de la Pista Central. Su orgullo se multiplicó por mil cuando Coria, tras estar abatido y en pleno dolor, salió a la ceremonia de trofeos con la casaca albiceleste puesta. El equilibrio entre mostrar orgullo y pasión y disimular las dolencias que lo habían apartado del título. Con una eliminatoria de Copa Davis en el horizonte, tocaba la fase más difícil: ver qué era, exactamente, lo que había pasado.

“Era algo que no podía creer, sentí un dolor que no había experimentado en mi vida. Decidí retirarme y fui directo a hacerme masajes, pero no pasaba. Cuando estaba en el comedor llegué a tirarme al piso del dolor y ahí fue cuando decidieron llevarme urgente al hospital”.

La odisea en el hospital estadounidense, sin embargo, no había hecho más que comenzar. Coria fue víctima de una identificación fallida: “Estuve varias horas allí hasta que me atendieron. Al principio me dijeron que tenía una hernia de disco. Después, pasadas las seis horas de estar allí en camilla, todo esto en la parte de emergencias, me dijeron que tenía piedras en los riñones”.

El número cuatro del mundo acababa de disputar una final de Masters Series con cólicos renales. Había completado tres sets a pesar de que, claramente, existía un impedimento enorme. Tras aquel esfuerzo heroico, Coria no se lo pensó dos veces y dejó Florida en cuanto pudo: “Del hospital fui directo al aeropuerto para volver a Buenos Aires. Al día siguiente fui directo al hospital Alemán y me hicieron todos los estudios correspondientes. Tenía 3 piedritas en los riñones. Fue algo realmente horrible, aunque pude despedirlas orinando a los 3 días”.

Al fin había terminado. Días después de aquel acontecimiento, su entrenador por aquel entonces, Fabián Blenchino, quiso arrojar algo de positividad. “Menos mal que se descartó la hernia de disco. Eso nos preocupaba mucho más. La final la iba a vencer con seguridad, porque Guillermo estaba jugando el mejor partido del torneo, con el mismo corazón, garra y cabeza con el que había levantado los anteriores”.

La reaparición de Coria fue espectacular, conquistando el título en Monte-Carlo. Luego vendrían Hamburgo y aquella final de Roland Garros. Pero esa es otra historia diferente que contar.