Hay pocas cosas en la vida que se aproximen más al apocalipsis y el delirio colectivo que un partido perdido en tierra batida por Rafael Nadal. La gente se frota los ojos, los pronósticos catastrofistas llegan y todo se desmadra. Este suceso tan carente de lógica se explica por algo igual de rocambolesco e imposible: la trayectoria deportiva del español. Su insultante supremacía en esta superficie desde hace más de un decenio provoca que los resultados históricos se consideren casi algo normal, mientras que los tropiezos sean una especie de catarsis. Sin embargo, parece que el propio jugador sufre una serie de sensaciones curiosas cuando algo no sale bien. ¿Cómo es posible que el mejor jugador de la historia en esta superficie pueda perder tanta confianza por una derrota? Así es el tenis, y así son los grandes, capaces de ganar en días tan malos como el que tuvo el español hoy en el ATP 500 Conde de Godó 2019.
Y es que el rendimiento ofrecido por Nadal en su debut en esta edición del torneo ha sido realmente inesperado. Leonardo Mayer cuajó un buen encuentro, pero ni siquiera él parecía creerse lo que veía al otro lado de la red. Todo parecía asumiblemente negativo en el primer set. Rafael no terminaba de carburar, estaba incómodo en la pista, conectaba muchas cañas debido al incesante viento que azotaba la pista barcelonesa y sus golpes no tenían la agresividad habitual. Sin embargo, en el marcador campeaba un 4-3 que el balear se apresuró a ampliar con un break a favor en el octavo juego. Todos pensábamos que hasta ahí llegaban las concesiones de Nadal, pero algo inesperado ocurrió.
Se le vieron las costuras al balear cuando nunca ocurre; incapaz de aprovechar su ventaja, encadenó errores constantes, se precipitó, aceleró el juego con el ansia que da el poder ganar un set cuando se sabe que las sensaciones son negativas. Lo pagó caro gracias al buen hacer de Mayer, muy inteligente en la pista y sabiendo encontrar el equilibrio entre agresividad y solidez de fondo de pista. Los golpes del español se quedaban a media pista como si la ley de la gravedad les impidiera ir más allá, mientras que el argentino era capaz de ganar pista. Se llegó al tiebreak y, de nuevo, se vio a la leyenda de la arcilla desperdiciar dos bolas de set. Incapaz de asumir riesgos ante su falta de sensibilidad con la raqueta, Nadal terminó claudicando ante las embestidas de un Leonardo que empezó a creerse capaz de lo imposible.
Las cosas cambiaron en el segundo set en el marcador, pero no tanto en las sensaciones. Rafa aprovechó la resaca del éxito parcial del argentino para romperle el saque en el primer juego y adquirir una ventaja que fue un bien muy preciado. Se deshizo de ese miedo escénico a la derrota al tener un pequeño margen, y sacó adelante sus servicios con más pena que gloria y afrontando situaciones adversas, como una bola de break a favor del argentino con 4-3 con un resto que se le fue un dedo. Tiró de experiencia, de madurez, de clase y de aura ganadora para frenar la rebelión de Mayer y llevar el partido a la tercera y definitiva manga. Lo importante ya no era jugar bien, sino salir vivo de un día aciago y esperar que las cosas mejoraran.
Eso que es tan fácil de escribir resulta dificilísimo de ejecutar en la pista. Nadal lo consiguió, demostrando por enésima vez por qué es uno de los mejores de la historia de este deporte. Se desmelenó un poco, comenzó a tirar más duro y a comerle la moral a un Leonardo que veía como el gigante se despertaba poco a poco y él no tenía escapatoria. El resultado final del partido fue de 6-7 (7) 6-4 6-2 en favor de un Rafael Nadal que tendrá que trabajar muchísimo si quiere llegar lejos. La derrota de Montecarlo parece haber afectado mucho más de lo previsto al español, cuya actitud ha vuelto a ser encomiable y es lo que le ha permitido avanzar a tercera ronda. Espera David Ferrer.

