Instalados ya en el último día de competición, no nos podemos quejar de final femenina. Si queríamos grandes jugadoras, las tendremos. Por un lado, la que posiblemente sea la mejor tenista de la historia. Por el otro, una ex número 1 del mundo que sueña con volver a coger esa oportunidad que ya se le escapó hace dos años. Para ello tendrá que el mismo desafío enfrente que ya tuvo en 2016. Si queríamos dos mujeres en forma, las tendremos. Tanto una como otra solo han perdido un set en estos catorce días de acción. Si queríamos historia, por supuesto que la tendremos. Angelique Kerber quiere coger el testigo de Graf, poniendo una alemana en el trono 22 años después. En cuanto a Serena Williams, directamente lucha por igualar un escalón inalcanzable, el de los 24 Grand Slams de Margaret Court. Con todos estos ingredientes, nada puede salir mal. Wimbledon 2018 celebra este sábado un fin de fiesta incomparable.
Dos grandísimas campeonas y, sin embargo, una resalta por encima de la otra por motivos evidentes. La menor de las Williams se convertía en madre hace año y medio, obligada a apartar la raqueta desde febrero 2017. Ahora, 16 meses después, la de Saginaw está a un triunfo de levantar un Grand Slam. Cuando apenas cuenta con cuatro torneos desde su regreso, la estadounidense está filmando una historia de película. Seis partidos, seis victorias claras de una candidatura que solo se vio amenazada en los cuartos de final ante Camila Giorgi. Mucho antes tuvo Kerber su pequeño susto, en una segunda ronda donde Claire Liu le arrancaba el único parcial que no acabó en su poder en este viaje. Dos caminos construidos con mano de hierro y a base de solidez y carisma.
Será el noveno enfrentamiento entre ambas en una rivalidad que empezó con partidos resueltos de manera fácil en primeras rondas de torneos menores a duelos estelares de máxima audiencia en finales de Grand Slam. Las dos últimas batallas, por ejemplo, el partido por el título en el Open de Australia 2016 (ganó Kerber) y Wimbledon 2016 (ganó Serena). Pero el cómputo general, como ante la mayoría de jugadoras del vestuario, se lo lleva Serena (6-2). Que esto no sea una base donde apoyarnos, al menos no demasiado fuerte. Es lo normal que la norteamericana tenga el H2H a su favor ante el 95% de oponentes, en parte gracias a su dictadura en la última década. Pero esos tiempos ya pasaron, ahora podemos arriesgarnos e incluso decir que ya no es invencible.
Mirando la estadística, serán 30 finales de Grand Slam para Serena, diez de ellas en Wimbledon. Siete títulos en La Catedral y dos finales perdidas: 2004 (Sharapova) y 2008 (Venus). El historial que tiene la de 36 años en Londres no necesita de presentación. Está en el lugar donde más gloria recogió en su carrera, donde se hizo leyenda una y otra vez. Una pista que se le resistió en 2016 a Angelique Kerber, pese a que la superficie es una de las que mejor se amoldan a su estilo. Y es justo ahí donde puede estar la clave de la final, en la paciencia que pueda ofrecer la norteamericana si se encuentra con una versión de hormigón de la europea. ¿Será una lucha de poderes como en Melbourne 2016 o será un trabajo rápido y preciso como en Londres 2016?

Son respuestas que no se desvelarán hasta que arranque el pulso mañana a las 14:00 hora local. Está claro que la pelota está en el tejado de Serena, con su fuerza y su manera de dibujar aces y golpes ganadores. Pero que tampoco os engañe Kerber, aunque tenga que elaborar un poco más los puntos. Si le mete intensidad, mueve bien a su rival y encuentra algo de suerte, puede convertirse en la rival que más daño le puede hacer a la de Michigan. Los libros de historia se preparan ya para recibir en lo alto de la pirámide a una pantera irreductible. Veremos si el oficio alemán no nos cambia de color la última secuencia.

