Así se forjó la leyenda de Roger Federer

Viajamos al pasado para contar cómo fueron los inicios de Federer en el tenis cuando niño y cómo llegó a convertirse en el mejor tenista de la historia.

Un 8 de agosto del año 1981 nació en Basilea un bebé que años después pasaría a protagonizar los libros de la historia del deporte. Su nombre: Roger Federer. El suizo sintió desde muy pequeño el amor por el deporte, practicando varios a la vez y decidiéndose felizmente para todos nosotros por el tenis, en el que ha batido prácticamente todos los récords habidos y por haber. Pero sus comienzos no fueron sencillos ya que hubo que trabajar mucho para moldear un carácter demasiado impulsivo y descontrolado. Viajamos al pasado para contar la historia de Roger.

Sus padres, Robert y Lynette, solían jugar en un Club de Tenis propiedad de la empresa química para la que trabajaban. De vez en cuando, competían en algunos partidos entre amigos y Roger les observaba siendo un pipiolo hasta que con sólo 4 años agarró por primera vez una raqueta. Se enamoró de este deporte al instante. Cuentan sus padres que se pasaba horas y horas golpeando una pelota contra la puerta del garaje de su casa, algo que él sigue recordando hoy día. "Me encantaba jugar golpeando contra la pared, bien en el garaje o dentro de casa. Mi madre estaba harta de mí porque escuchaba 'bang, bang' todo el día", admitía Roger en una entrevista.

Sus padres le llevaron entonces a las pistas de tenis y allí pudieron observar que esu hijo poseía mucha técnica y hubo una mujer que se fijó en él. Ella se llama Madeleine Barlocher y dirigía el programa junior en el Club. "Le recuerdo como uno de los mejores niños que tuve de su edad pero nunca hubiera adivinado que conseguiría todo lo que ha conseguido", reconoce Barlocher, que junto a Seppli Kacovsky entrenaron por primera vez a Roger cuando era pequeño. "Él siempre soñó con ser tenista profesional aunque le costaba mucho concentrarse en las clases", recuerda Kacovsky. "A veces se ponía a golpear y decía que con esos golpes ganaría Wimbledon. Él me decía que un día sería número 1. Muchos niños lo dicen, pero en su caso era diferente porque tenía muchísimo talento. En mis 40 años de experiencia nunca vi alguien tan talentoso como él. Le decía cómo golpear una pelota y lo hacía al instante mientras a otros niños les tomaba horas. Era excepcional", agrega Seppli.

Tanto ellos dos como en su colegio de Primaria, en Neue Welt, aseguran que de pequeño, Federer era todo un trasto. "Le gustaba subirse a los árboles mientras le buscábamos por todos sitios. Era de sus bromas favoritas", recuerda Barlocher. "En clase, se pasaba todo el rato mirando fuera por la ventana", cuenta una de sus profesoras del colegio. Fue un duro trabajo por parte de todos para ir encauzando el carácter de Federer que cuando niño, era bastante descontrolado. "Cuando perdía un partido, se escondía detrás de la silla del juez árbitro y no dejaba de llorar durante 10 minutos. Gritaba y golpeaba con el pie su raqueta por toda la pista", cuenta su madre, que junto a su esposo intentaba que Roger se calmara durante los partidos. "Nos mandaba a callar y nos decía que nos fuéramos a tomar algo y que le dejáramos tranquilo. Luego, si perdía, en el camino a casa en coche no hablaba con nadie", agrega.

Eso hablaba del gen ganador que Federer tenía. Sólo necesitaban ayudarle a canalizar mejor sus emociones. "Para esa edad, también jugaba al fútbol y se ponía a llorar si perdía. Recuerdo preguntarle: '¿Es tan malo perder un partido?', le intentábamos decir que se tenía que calmar y tranquilizar. Esas lágrimas significaban lo ambicioso que era y lo determinado para llegar al éxito", asegura Lynette. Roger siguió su aprendizaje de niño en las pistas del Club, así como fue recogepelotas en el torneo de Basilea, alimentando su amor por el tenis.

Cuando cumplió 14 años, Federer fue elegido para mudarse a la escuela nacional suiza en Ecublens (Lausana), y proseguir con su aprendizaje. Robert y Lynette tuvieron miedo de que su hijo no estuviera preparado a esa edad tan joven de abandonar el hogar. "Nunca le forzamos a nada", admite su madre. "Le dejamos a él decidirlo por él mismo. Estaba convencido desde muy pequeño que quería ser profesional y creo que eso ha sido lo que le ha llevado al éxito porque desde muy pronto aprendió a hacerlo todo por él mismo y a ser muy independiente", continúa.

Los comienzos de Roger en Ecublens no fueron sencillos. Su francés no era muy bueno y no se integraba con los otros niños, que hacían mofa de él. Eso se traducía en problemas de comportamiento y malas actitudes en pista. Federer no aceptaba las derrotas o su mal juego y rompía muchas raquetas. En una entrevista para la ATP hace unos años, el suizo recordaba que le ponían castigos por su mal comportamiento como llegar el primero a las instalaciones a las 7 de la mañana y limpiar todas las pistas y que eso le fue ayudando a controlar su ira. Su madre cree que aquellos episodios formaron su personalidad actual. "Ahí aprendió que en la vida no se llega a nada con sólo el talento. Debes trabajar. Aquellos problemas fueron buenos para él y le ayudaron a desarrollarse como persona", dice ella.

Con 16 años se encuentra con Peter Carter, un entrenador que también le ayudó en el Club de sus inicios cuando apenas contaba con 9 años. Carter decide trabajar con él de nuevo y de forma más activa. Fue él quien le instauró una ética de trabajo y le ayudó a canalizar sus emociones de forma distinta. Fue ahí donde empezó a cambiar y donde su carrera despega. Con sólo 17 años ya era número 1 del mundo junior, ganando el torneo de Wimbledon junior en el año 98. Cinco años después, Federer levantaría allí mismo su primer grande y empezaría a escribir con letras de oro en los libros de historia del tenis que vio cómo ese niño pasó de golpear una pelota contra el garaje de su casa a alcanzar la eternidad.

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