El caso de Francia es uno de los más interesantes pero a la vez más extraños en el mundo del tenis. La nación francesa ha demostrado poseer medios económicos y humanos, infraestructuras y métodos constrastadísimos a la hora de producir y gestionar talento deportivo. En deportes de equipo (baloncesto, balonmano, fútbol...) su cultura y su capacidad para hacer brotar y facilitar la llegada a la élite de toda su cantera va mucho más allá de una generación concreta. Incluso sin grandes victorias que hagan inspirar a los más pequeños, Francia ha producido multitud de tenistas ubicados en la élite del tenis, un top-100 repleto de franceses en este siglo que no se ha traducido en el triunfo en un Grand Slam.
Seguramente esta pregunta, acompañada de su análisis y de proyectos consecuentes realizados una vez se han trazado las líneas estratégicas para lograr formar campeones y no solamente profesionales ya se la hayan hecho los franceses, tanto a nivel popular y periodístico como, principalmente, a nivel federativo y técnico. Francia, el país de Roland Garros, que cuenta con presupuestos, escuelas y posibilidades mayúsculas, no consigue ganar un Grand Slam en el tenis masculino desde 1983. A punto de cumplirse diez años del último finalista -Tsonga en Australia 2008-, Francia partirá la nueva temporada con una victoria colectiva, de identidad nacional, que no parece, a priori, suficiente para pensar que un galo pueda, por fin, ganar un major.
Precisamente una estructura deportiva tan sólida, arraigada y decidida tenga la capacidad de garantizar justamente lo que se ve de Francia como potencia tenística: cantidad e insistencia. Muchos jugadores, muchas presencias en el Grupo Mundial de Copa Davis y una gran capacidad para relevar generaciones. A los Clement, Santoro, Grosjean o Escude, les siguió una más preparada, con mejor físico y mejor adaptada a los tiempos: Tsonga, Gasquet, Monfils, Llodra, Simon, Benneteau, más Chardy, Herbert, Paire o Pouille. Muchos perfiles, diversos, ortodoxos y heterodoxos. Un abanico numeroso pero seguramente... disperso.
El jugador francés juega bien, es innegable. Su técnica de base es distinguida y elegante, muy creativa, versátil, con un gran talento para adaptar el juego a las necesidades de hoy. Tiene herramientas técnicas para golpear una pelota, entre todos sus jugadores presenta perfiles muy determinantes en el juego de finalización -grandes doblistas y sacadores-, también tenistas de línea de fondo muy diferentes entre sí -Gasquet, Simon, Pouille, Monfils-. Recursos de sobra. Seguramente de entre todos ellos podría formarse un tenista completísimo a nivel técnico. La duda con el jugador francés, entonces, va más con su temperamento.
Porque la cuestión va de ganar, y no sólo hay que mirar en el terreno de los Grand Slam, sino un poco más allá. No es una barrera a la que le queda por superar un último paso. El circuito, dominado por tenistas difícilmente repetibles en el futuro, no ha visto tampoco a los franceses levantando Masters 1000 o pudiendo hacer frente, con mayor o menor frecuencia, a los mejores del mundo. El tenista francés tiene una relación ciertamente particular con la competitividad y la presión.
Por eso, soy algo pesimista con la posibilidad de que pueda sucederse una victoria en los cuatro grandes del calendario que lleve apellido francés. De su actual generación no ha salido un tenista que se destaque por su capacidad para gestionar emociones y la actualidad dice que más presión que un francés para ganar llegado el caso de verse en un paso próximo a ello, pocos ejemplos hay. Con la Davis conquistada, es lo que falta, y es lo que se les puede llegar a pedir. Pero en Roland Garros la presión es muy grande y eso es lo que les falta demostrar a los franceses. Quizás lo de Lille pueda ayudar.

