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El instinto killer de una jugadora eterna

Alex Ander - 30 oct 2017 | 10:00

Analizamos el milagroso caso de Venus Williams, una jugadora que honra al tenis con su juego y actitud en cada partido que disputa.

Venus Williams es eterna. Lo demuestra a diario. Lo ha hecho durante años y lo hizo también durante toda esta semana, aunque en el partido decisivo por el título de la WTA Finals no pudiera ponerle la guinda a un pastel que llevaba oliendo todo el año, pero del que no pudo llegar a comerse un pedazo. Es cierto que a cualquier otra jugadora le habría bastado con pisar, como ella, dos finales de Grand Slam (Abierto de Australia y Wimbledon) este año. Pero a ella, que es muy poco conformista, no le valía del todo eso. En su genética felina solo hay cabida para la victoria.

Ahora que su hermana Serena está fuera de combate, ella ejerce de "reina regente". Así, con mayúsculas. Manteniendo bien alto el honor del apellido Williams. Son 37 años, sí. Pero aún conserva un físico privilegiado que le hace derrotar casi a cualquiera, en casi cualquier situación. Venus es una jugadora con instinto killer. Su estilo en la pista, su potencia y variedad de golpes, su cabeza siempre fría en momentos decisivos. Cuando está fina al saque, a veces sirviendo por encima de los 200 kilómetros por hora, pocas pueden replicar sus cañonazos. Cuando logra moverse bien, subir a la red a volear, pegarle cómoda de derecha o empalar el revés a dos manos como a ella le gusta, tres cuartos de lo mismo.

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La californiana demuestra que aún queda bastante de aquella joven tenista que, justo hace ahora catorce años (lo logró el 25 de febrero de 2002), alcanzaba el primer puesto del ránking mundial en detrimento de la también americana Jennifer Capriati, tras encadenar una fantástica racha de 56 victorias en 61 partidos disputados, en los que logró hacerse con un total de nueve títulos –Miami, Hamburgo, Wimbledon, San Diego, New Haven y el Abierto de Estados Unidos en 2001, y Gold Coast, París y Amberes en 2002-. Con esa marca, Venus protagonizaba también otra gesta: la de convertirse en la primera mujer afroamericana en alcanzar el número uno del mundo. Y en esa posición se mantuvo durante once semanas. Ahora, veintitrés años después de su debut profesional, vuelve a acercarse peligrosamente al número uno del mundo.

Lo cierto es que cualquiera que haya seguido mínimamente su trayectoria sabe que la lucha y la perseverancia han sido una constante en la dilatada carrera de Venus. La americana sabe bien lo que es caer y volver a levantarse. Sobrevivió al complicado divorcio de sus padres, Oracene y Richard Williams, en 2002, justo cuando estaba en la cima de su carrera. Se repuso a la pérdida de su hermana mayor Yetunde Price, asesinada en extrañas circunstancias en 2003.

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Esto, unido a alguna que otra lesión, le hizo caer en el ranking y pasar varios meses sin disputar torneo alguno. De hecho, fue en esa época cuando más decidió volcarse en el mundo del diseño de moda, lo que a los ojos del público podía significar la antesala de una retirada. Y, por si esto fuera poco, pasó todo un calvario del que los expertos pensaron que no se recuperaría al serle diagnosticada una enfermedad autoinmune conocida como Síndrome de Sjögren a finales de 2011, y que le mantuvo alejada de las canchas hasta marzo del año siguiente.

Pero, una vez más, Venus Williams sigue demostrando que el que la sigue, la consigue. En su diccionario no hay hueco para los verbos “abandonar” o “rendirse”. Es algo que va en su ADN. Por eso, y ya sea empecinamiento, confianza en uno mismo o puro orgullo de campeona, limitémonos a disfrutar, mientras podamos, del juego de una atleta que se resiste a abandonar el Olimpo de los dioses tenísticos.