Skip to main content

Goran Ivanisevic: “La de 2001 se recordará como la final con más ambiente de la historia de Wimbledon”

El croata repasa algunas de sus mejores anécdotas en esta imperdible entrevista. “Gané Moscú en 1996 saliendo de fiesta todos los días”.

De todas las grandes personalidades que ha generado el mundo del tenis, Goran Ivanisevic siempre ha sido una de las que más cercanía y transparencia nos ha regalado. El tenista croata suele regalarnos siempre una visión distinta y más divertida de los hechos, sobre todo si el tema a tratar es su propia carrera. Desde sus finales en Wimbledon, su título inesperado, sus rivalidades, sus inicios, su peor recuerdo o sus anécdotas extradeportivas, de todo esto habla con Vice Sports en una entrevista que sin duda es de lo mejor que hemos leído este año. Simplemente Goran.

El peor día en mi vida con el tenis fue en 1988, lo recuerdo como si fuera ayer”, se arranca Goran para hablar de lo que le sucedió cuando tenía tan solo 17 años. “Iba a Australia a jugar la fase previa del Abierto de Australia. Antes de irme, mi padre me dijo: ‘Tengo malas noticias, tu hermana está enferma, tenemos que cuidarla, así que ahora estás solo’. Es como si aquello despertara algo dentro de mí. El tratamiento para el tipo de enfermedad que tenía era muy caro, no se sabía mucho de aquella y mucha gente se moría por tenerla. No dormí esa noche. Salí para Australia al día siguiente y perdí en la última ronda de la previa, pero tuve la suerte de entrar como LL. Eso me llevo hasta el top 300 del mundo y me metió directamente en el cuadro final. Pasé y me convertí en la primera persona en ir desde la Qualy hasta los cuartos de final”, recuerda el oriundo de Split acerca de la parte menos amable de su trayectoria.

“Así que de repente me clasifiqué en el puesto 121 de la ATP y tomé todo el premio que gané en Australia en efectivo. Sólo había visto ese tipo de dinero en la televisión. Volé desde Melbourne a Belgrado para jugar en la Copa Davis contra Dinamarca, y recuerdo llevar todo el dinero conmigo, por mi cuenta, en el avión. ¡No dormí nada desde Melbourne a Belgrado! Lo llevaba todo en mi chaqueta. La azafata me preguntó unas 16 veces si quería dejar la chaqueta, pero yo siempre le decía: "No, estoy bien, estoy bien". Y no es que no hubiera calor en el avión. Cuando llegué a casa, lo único que le dije a mi padre fue: ‘Aquí está el dinero’. Me quité la chaqueta y me fui a dormir”, añade el técnico sobre sus inicios en el tenis profesional.

“Después de ese Open de Australia recibí una WC en Scottsdale y allí, en los cuartos de final, tuve que jugar contra Ivan Lendl. Hasta hace tres semanas yo había tenido un póster de Lendl en mi habitación. Pasé de animarle por televisión a tenerlo al otro lado de la red, caminando en la cancha con él. No podía ni sentir las piernas; si me hubiera dicho algo me habría desmayado. Apenas habíamos llegado a la cancha y ya me había ganado el primer set. El final del partido ya lo jugué más relajado e incluso casi gano un set. Allí estaba pensando: ‘Esto no es tan malo, él es el número uno y yo soy 120, pero ahí lo tienes, estamos jugando y estoy cerca de ganar un set’. En ese momento me di cuenta de que era lo suficientemente bueno para competir con Lendl y otros. Sólo necesitaba un poco de tiempo”, repasa el de Split.

Otro jugador que marcó su carrera fue Boris Becker, el hombre que le frenó en su primera semifinal en Wimbledon. “Es uno de mis jugadores favoritos. Antes de Wimbledon 1990 le gané en el Abierto de Francia y, cuando lo miro ahora, pienso que también debería haberle ganado allí. Tenía mis posibilidades pero yo estaba demasiado relajado, estaba disfrutando de esa semifinal y tampoco era un desastre perder contra Becker, pero realmente podría haber terminado de una manera diferente. En ese Wimbledon en particular vi que la hierba podía ser mi superficie, mi estilo de juego. Yo no sabía realmente cómo jugar en cada momento, porque la hierba era tan rápida que era muy fácil equivocarse. Entonces empecé a pensar: ‘Mi servicio es bueno, mi juego en red es bueno, tengo un buen resto, tal vez éste sea mi torneo’. Durante los próximos 10 años podría haber ganado cinco o seis veces, pero Dios no quiso. Hoy, por suerte, tengo uno aquí en mi casa”, confiesa el campeón de 2001.

Pero todavía estamos en 1990, donde llega a semifinales. La temporada siguiente caería en segunda ronda ante un desconocido Nick Brown. “Sólo yo podía hacer algo así. Aquella fue una situación muy específica en mi cerebro, por eso que la gente me quería, porque era impredecible. Ese hombre apenas podía jugar al tenis, era una especie de entrenador de tenis. De hecho, en su coche llevaba una pegatina que decía ‘entrenador de tenis’. Yo llegué a ese partido como si fuera a ir a la playa, totalmente relajado, pensando: ‘Este tipo es un entrenador, no hay manera de que pueda perder contra él, aunque jugamos durante siete días seguidos’. Pero poco a poco vino el tercer set, luego el cuarto y las cosas se complicaron. Mi brazo se hizo más corto, él empezó a meter las bolas y terminé haciendo historia, perdiendo contra el número 591 del mundo y haciendo que ese tipo fuera famoso. Hombre, en mi carrera hice que algunos personajes extraños fueran famosos. Tuve suerte de que no hubiera casas de apuestas por aquel entonces, porque si no, creo que alguno habría sospechado que estaba perdiendo a propósito. Y realmente, uno se pregunta: ¡¿cómo diablos pude perder esos partidos?!”

Ya en 1992 llegó a la final contra Andre Agassi, la primera de las tres que perdería. “Por primera vez en ese torneo estaba jugando contra un jugador de fondo y eso me confundió un poco al principio. En un momento sentí que estaba perdiendo el partido. No me sentía bien, aunque mi servicio era bueno. Estaba aguantando, pero notaba que se me iba. Recientemente lo vi en YouTube, gracias a Dios existe YouTube ahora para poder ver lo que quieras, y pensé: ¡¿Cómo pude perder esto?!" Pero bueno, perdí porque él fue mejor ese día, ya está”, analiza el balcánico, quien más tarde perdería también las finales de Wimbledon 1994 y 1998. Ambas con Pete Sampras. Especialmente dolorosa la segunda.

“Esa fue la primera vez en mi vida que veía a Sampras creyendo que no podía vencerme. Así es como me sentía y así es como empecé. Tuve dos bolas para tomar una ventaja de 2-0 en sets. De alguna manera rompía su servicio cuando tenía ganas de romperlo, creí que estaba mejor, pero al final miré el resultado y le vi a él levantando el trofeo de nuevo y yo otra vez con la bandeja. Ese partido es la mayor decepción de mi carrera. Después de ese partido las cosas comenzaron a ir cuesta abajo. No pude superarlo”.

Tres años después, en el peor momento de su carrera, la organización decidió invitarlo al cuadro final. No sabían lo que iban a provocar. “Empecé a soñar a partir de la segunda ronda. En la primera ronda jugué ante un sueco de la previa, Johnson o algo así, y en la segunda estaba jugando ante Carlos Moya, una cabeza de serie. Ahí es donde sentí que mi servicio estaba de vuelta y que algo grande iba a suceder. El pobre Moya fue martillado en la rueda de prensa: ‘¿Cómo diablos has podido perder ante ese tipo?’. Los medios esperaban contar mi derrota en cada partido, el único que seguía creyendo en mí era Pat Cash, que seguía advirtiendo a la gente: ‘Ivanisević sabe jugar en la hierba, está jugando bien, y nunca se sabe con él’. Yo tampoco podía decir antes de cada partido: ‘Hey gente, voy a ganar Wimbledon’, porque entonces me habrían llevado al manicomio de inmediato, o encerrado en la Torre de Londres. Pero jugué mejor y mejor cada partido, gané contra Roddick, Rusedski y Safin, y luego esa semifinal con Tim Henman”, relata Goran quien acabaría siendo el campeón de Wimbledon con el ranking más bajo de la historia: 125º.

Se recordará como la final con mejor ambiente den la historia de Wimbledon. Aquello era como un partido de fútbol, ​​exactamente lo contrario de lo habitual en Wimbledon. Pensé que estaba en un partido de la Premier League, de verdad. El hecho de que jugué la final apenas un día después de la semifinal y eso me ayudó mucho. Rafter había terminado su trabajo el viernes y esperó durante el viernes noche, luego el sábado y el domingo. Yo me desperté ese día a las 05:00 de la mañana, no podía dormir, estaba deseando que el partido comenzara. Cierto es que no fue una final muy agradable, el tenis no era espectacular, pero fue sin duda una de las más emocionantes. Era mi cuarta final, la segunda para él, pero yo con una wildcard. Somos grandes amigos, pero desafortunadamente alguien tuvo que ganar. Patrick ya había ganado dos US Open, pero ésta… ésta era mía”.

A partir de aquello, Ivanisevic vio que ya poco quedaba por demostrar y su físico pegó un bajón importante, tanto que en 2004 decidió bajar el telón después de muchas lesiones y operaciones. “Después de una cirugía en el pie ya no hubo manera de regresar. En algún lugar de 2004 me tomé seis meses de descanso, al menos para intentar volver con algo de forma, para jugar mi último Wimbledon. Después de todo, ahí es donde empezó todo. Y ahí terminó: dije adiós en la tercera ronda contra Hewitt, en la pista más hermosa que existe. El adiós no podría haber sido mejor. El tipo me mató allí, no tuve ninguna oportunidad, pero todavía estoy orgulloso de aquella tercera ronda”, subraya el campeón de 22 títulos ATP.

Como siempre, buenos recuerdos y anécdota las que nos deja el amigo Ivanisevic, aunque seguramente las dos últimas sean las más simpáticas, aunque no las más inesperadas.

“Cuando gané Moscú en 1996, recuerdo que volvía al hotel a las 7 de la mañana de cada mañana. Después del partido salía de fiesta y me dirigía al hotel alrededor de las 05:00 pero no llegaba hasta las 07:00, luego dormía hasta las 15:00 de la tarde, comía y después, sin calentamiento ni preparación, me iba a pista a jugar sobre 18:00. Así gané el torneo. Como se suele decir ‘Moscú nunca duerme’, y por Dios, yo tampoco. Esto simplemente te muestra lo que la confianza puede traer. Es que ni calenté, ni dormí, pero gané el torneo. Permítanme decir de inmediato a los jugadores más jóvenes que esto no es saludable y que no deben tratar de hacer lo mismo. Luego, en el año 2000, practiqué durante siete horas todos los días, me fui a la cama a las 21:00 de la noche y perdí once partidos consecutivos en primera ronda, ¡once seguidos! Si alguien hubiera intentado dejarme ganar, no lo hubiera conseguido”.