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Garbiñe Muguruza, la culminación de un sueño ineludible
La española se ha coronado en Wimbledon 2017 con la contundencia y brillantez que solo una tenista de potencial ilimitado puede alcanzar.
Hay personas que han venido al mundo con una misión, una ineludible responsabilidad por hacer algo grande. Son pocas las elegidas y se las puede localizar ya desde pequeñas, basta con una sola mirada, capaz de transmitir sensaciones indescriptibles con la palabra. Quizás esa mirada es la que vio el padre de Garbiñe Muguruza cuando fue a recogerla al colegio en su primer día y su hija apareció con la mochila repleta de canicas ganadas a sus compañeros de clase; de lo que no hay duda es de que esa mirada es la que presenta la hispanovenezolana cuando pisa un Grand Slam.
Criada bajo el yugo de dos insaciables hermanos mayores que aprovechaban cualquier oportunidad para retarla y vencerla, Muguruza desarrolló una capacidad competitiva a prueba de bombas. Odia perder sobre todas las cosas, ni siquiera contempla la posibilidad de caer derrotada y así es como juega. Con la contundencia de una mujer insaciable y que solo encuentra el sentido a la vida cuando levanta los brazos en señal de victoria.

Padre vasco, madre venezolana y residente en Barcelona. Esta habitante del mundo que porta orgullosa una identidad hispana sin renunciar a su querida Venezuela, parece retroalimentarse del contacto violento de la raqueta contra la pelota. Atacadora nata, Garbiñe tiene en sí misma su mayor amenaza; cualquier aficionado al deporte de la raqueta puede darse cuenta de que si está inspirada es casi imposible frenarla, y es por ello por lo que cada derrota supone una puñalada en su espíritu indomable.

Sus mejoras en la capacidad defensiva y una tendencia ascendente en su juego en la red, pueden elevar su tenis a un estatus superior. Algunos pueden tildarla de falta de regularidad, pero si hay un terreno donde se forjan las leyendas es en los Grand Slams. Ahí aparece la Garbiñe que desplumaba a sus compañeros de colegio, la Garbiñe que arrolló a Serena Williams en Roland Garros 2014 cuando no era conocida por el gran público, y la que ha levantado con timidez y naturalidad ya dos grandes títulos.
Los genios necesitan a veces un duro golpe para levantarse; lo fue el recibido en París, sintiéndose traicionada en el lugar donde reinó un año atrás, por una osada Kristina Mladenovic, que arrojó su estampa a los leones en una Suzanne Lenglen que más parecía el escenario de una batalla de gladiadores. Clamaba muerte el público galo y la encontró, pero lo que quizá no saben es que las leyendas son capaces de resucitar en los momentos más inesperados.

Fui consciente de lo que ocurría; a esa chica solo podrían frenarla sus miedos, sus dudas y sus altibajos. Porque jugar así durante todo el año es imposible; sin embargo, Garbiñe demuestra que puede hacerlo durante dos semanas, ante las mejores del mundo y en los escenarios más importantes del circuito WTA. Más de tres años después de verla por primera vez, esbozo una sonrisa pensando en lo que vendrá.

Agitación mediática, portadas en periódicos, entrevistas sentimentales y es muy probable que derrotas; sí, derrotas cuyo dolor solo Garbiñe podrá sentir y que el juicio ignorante y precipitado de la opinión pública tildará de vergonzosas e inexplicables. Expectativas imposibles de cumplir y críticas voraces. Así hasta que de nuevo, la maestra encuentre la cuadratura del círculo y decida que llegó el momento de que su tenis fluya de nuevo libre cual agua de manantial.
Tiene 23 años, dos Grand Slams en su palmarés y un hambre voraz de gloria. El tiempo pone a cada uno en su lugar y los genios merecen el paraíso porque es donde les corresponde estar. Garbiñe Muguruza gana porque tiene que hacerlo, y no lo hace siempre porque es imposible. Disfrutemos del relato que está escribiendo y que perdurará en la historia del deporte rey de la raqueta. Lleva dos episodios y promete ser largo.