Potencia desmedida, gigantes que se mueven con agilidad circense y todoterrenos capaces de ganar en cualquier superficie. Es la dinámica que parece apreciarse en el circuito ATP desde hace años, aunque siempre hay un lugar para esos jugadores que siguen amoldando su juego a la superficie en la que se encuentren. A pesar de la creciente versatilidad y tenis monocorde imperante, continúa habiendo especialistas sobre tierra batida, amantes de mover la mano con sutileza en sus golpes para imprimir efectos endemoniados y de trabajar los puntos con paciencia y visión táctica.
En apenas dos semanas de gira sobre tierra batida europea (excluyéndose los torneos de Houston y Casablanca que fueron un preludio), se observa cómo hay tenistas que si bien es cierto son capaces de ser competitivos en todas las pistas, cuando la pelota se impregna de polvo de ladrillo suben sus prestaciones. Jugadores cómodos en peloteos interminables, abonados a la épica de largos encuentros con constantes alternativas y que no hacen un drama de la pérdida del servicio.
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Uno de los más destacados es Albert Ramos. Sus resultados hablan por sí solos. El único título de su carrera fue cosechado sobre tierra batida (Bastad 2016), tan solo ha superado en una ocasión los octavos de final de un Grand Slam (Roland Garros 2016 plantándose en cuartos) y sus sensaciones en el Masters 1000 de Montecarlo y el Conde de Godó han sido inmejorables. Finalista en el Principado tras remontar un 4-0 en contra en la tercera manga al número 1 del mundo, el catalán pudo haberse erigido en bestia negra de Andy Murray también en Barcelona.
Se le escapó el partido pero lo que no se le escapa a nadie es la dificultad que tiene ganarle en este territorio. Su capacidad para generar efectos con su drive de zurdo y la paciencia de la que hace gala para ganar los puntos, le confieren el papel de tenista muy a tener en cuenta en los próximos eventos. También Lucas Pouille ha brillado en estas semanas. El galo fue capaz en 2016 de llegar a cuartos de final en Wimbledon y US Open pero este año sus mejores actuaciones han llegado sobre tierra batida. Título en Budapest y semifinales en Montecarlo para la gran esperanza de los franceses en Roland Garros.
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Aunque si hay alguien capaz de tomar el relevo de Rafael Nadal como dominador en tierra batida, ése es Dominic Thiem. A sus 23 años, el austriaco parece nacido para jugar en esta superficie, con una habilidad innata para imprimir efectos con sus golpes repletos de potencia. Acumula seis títulos sobre esta superficie y unas prometedoras semifinales en Roland Garros 2016. Su nivel de tenis en Barcelona le presentan como candidato a grandes cotas de éxito aunque el correctivo que sufrió por parte de Nadal puede haber sido un varapalo moral para él.
Es preciso destacar otros nombres quizá menos mediáticos pero cuya resonancia adquiere un nivel superior cuando llegan los torneos sobre arcilla. Es el caso de Horacio Zeballos, flamante semifinalista en el Conde de Godó y que se ha situado como 62 del mundo tras ganar nueve partidos en apenas cuatro torneos y romper con la sequía de los primeros meses, cuando apenas había podido vencer en tres partidos sobre superficie dura. Paolo Lorenzi, que ha alcanzado su mejor puesto en el ranking (33 del mundo), también es un consumado especialista sobre el albero.
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Quedan aún muchas batallas antes de llegar a Roland Garros y se espera que estos jugadores aprovechen sus oportunidades para ganar puntos y confianza. El tenis nunca estará dominado exclusivamente por los sacadores y pegadores natos, habiendo siempre un nicho para el coraje, la garra, la estrategia y el talento puro, condiciones indispensables para triunfar en esta superficie. Todos ellos aún están lejos del rey de la tierra batida: Rafael Nadal.

