Es el hombre del momento. Stan Wawrinka ha demostrado su fortaleza en pista, capaz de convertirse en otro tenista completamente diferente cuando juega en un gran estadio, luchando por un trofeo y ante los mejores tenistas del mundo. Esa transformación, tan poco habitual, choca completamente con la otra versión de él fuera de pista, un chico habituado a vivir en la más absoluta tranquilidad, en el silencio que produce la naturaleza y es que Stan fue criado en una granja, por lo que su desenvoltura en este tipo de situaciones tan grandes es de admirar.
"Los primeros años cuando vine a Nueva York, todo era demasiado grande", comentó Wawrinka, tal y como cuentan en el NYT. "Para mí, era muy difícil estar aquí, pero poco a poco se fue convirtiendo en uno de mis lugares favoritos".
Cuando le ves hablar en público, con esa sonrisa tímida y esas mejillas sonrosadas, pocos podrían adivinar, si no le conocieran, el espíritu animal que muestra dentro de la cancha. Fuera de ella, es vulnerable. Sigue siendo ese chico que pasaba horas jugando con los animales en la granja. Criándose solo, a los ojos de la naturaleza. Ese niño al que le asusta las luces. El ruido. Las cosas que se escapan de su control. Por eso es normal que minutos antes de saltar a pista y enfrentarse nuevamente a uno de los momentos de más tensión de su carrera, se viene abajo.

Wawrinka rompe a llorar en el vestuario. Se da cuenta de la presión, de la cantidad de gente que estará viendo el partido, de lo mucho que esperarán de él cientos de miles de aficionados en todo el mundo, y no puede evitar soltar lágrimas que no son otra cosa que miedo. Llámenlo miedo a fracasar o miedo a no cumplir las expectativas. Pero miedo. Él mismo reconocía que temblaba de los nervios. Que nunca antes se había sentido así. No es de extrañar la versión de él que vimos en los primeros 6 juegos del encuentro, con infinidad de errores y golpes muy por debajo de su altura. Pero una vez liberado ese miedo, una vez empujado hacia fuera, Stan se convirtió en Stanimal. Se había transformado.
"Sentí escalofríos antes de sacar para el partido", confesaba. "Demasiado ruido. Demasiada gente. Recuerdo hace tres años cuando jugué contra Novak aquí mismo y que perdí en cinco sets y me dieron una gran ovación, también me dieron escalofríos", agrega. Son palabras dichas por un hombre de 31 años, pero que bien podrían ser las de un niño pequeño que siente miedo de verse solo ante el peligro, pero al que no le queda otra que apretar los dientes y tirar hacia delante. Es una lucha Man Vs Wild. Dentro de su versión animal, a veces siente el raciocinio de quién es y de donde está. Y siente nervios, pero este don, al poder sólo de unos elegidos, le hace luchar y combatir como un animal que se ve en peligro.

La batalla contra Djokovic casi podría extrapolarse a lo que mencionamos de una lucha entre el hombre y la naturaleza o al de dos animales, siendo uno de ellos muy superior al otro. Novak es el Rey de la selva. El imbatible. Al que todos temen. El que sabe batallar como nadie sobre ese terreno y al que pocos han conseguido hacer daño en los últimos tiempos. Ver a Djokovic renqueante, con sangre en los pies y con la respiración agitada, casi como si de verdad se hubieran peleado físicamente, tiene un valor tremendo.
"Creo que soy uno de los pocos que he podido romperle físicamente en un Grand Slam. Eso para mí, es algo enorme", asegura Stan. "Me sentí mejor que él, y esto es la primera vez que lo siento en un torneo y en un partido", añade.
Y es que, como decimos, Stan lleva el animal por dentro. Tiene en su interior ese instinto de luchador. "Tienes que llegar al filo de tus propios límites. Y es entonces cuando pasas de estar exhausto a ser feliz por estar sufriendo, en un abrir y cerrar de ojos. Te sientes bien a pesar de que te quieres morir", sentencia. Ahí sí habla el animal. El que parece tan vulnerable cuando camina por los alrededores de su casa, en plena naturaleza, pero al que cuando sacan de ella y entra en la arena de la batalla preferirías no cruzarte nunca con él.

