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Érase una vez un revés a una mano
"El que fuera que creara el tenis, si ideó un revés a una mano, seguro que lo hizo pensando en que alguien lo ejecutara un día como lo hace Roger Federer".
Érase una vez un revés a una mano.
El suyo. El del maestro Roger Federer.
Uno de esos reveses clásicos, de los de toda la vida. Pero eso sí, diferente. El típico que cuando repiten a cámara lenta observas detenidamente sin dejar de pestañear mientras levantas suavemente la comisura de los labios, dibujando una minúscula sonrisa, a la vez que se termina de ejecutar.
Un revés que hasta el propio comentarista tiene que dejar de hablar para poder deleitar en todo su esplendor.
Un revés que nace apoyando el talón derecho en el suelo, dejando caer luego el resto del pie mientras empieza a cargar la raqueta hacia atrás. Hombros perfectamente alineados. Cadera inmovilizada. Muñeca firme agarrando la raqueta. Golpeo en el punto dulce de la misma. Mano no hábil desplazándose hacia atrás.
Un revés que acaba muy probablemente besando una línea. Casi como si hubiera ido teledirigido. Despertando los 'Ohhh' del público en las gradas. Provocando asombros, manos en la cara, bocas abiertas tras su estela. Un 'increíble' o un 'qué cosa más bonita' perdidos tras la pantalla de plasma de un televisor cuando ven que el golpe se termina de ejecutar con una estética nunca antes vista hasta la fecha.
Durante años, muchos, quizá demasiados, ese revés a una mano buscó dueño y no encontró más que manos vacías. Incompletas. Gente que lo tiraba como podía. Algunos mejor. Otros peor. Pero no como él quería. Hubo quien parecía que lo hiciera perfecto y por algún tiempo parecía que fuera él, pero no. Siempre faltaba esa pequeña chispa que enciende cualquier relación.
Pero un día, ese revés a una mano se encontró con un suizo nacido en Basilea, justo cuando estaba a punto de perderse. Estaba en ese punto en el que muchos opinaban que iba a morir de pena. Decían que estaba anticuado. Que ya nadie lo quería. Que el de dos era más efectivo y moderno. Más para los tiempos de ahora. El revés a una mano pensaba que ya no iba a encontrar su pareja perfecta hasta que el destino les puso a los dos en el mismo camino.
Roger le dijo 'Encantado' y poco a poco empezaron a conocerse. El revés a una mano le contó todo lo que era capaz de recordar. Las noches en vela que pasó imaginando dónde estaría y cómo sería quien lo hiciera tan perfecto como para pasar a la historia. Los días tediosos que pasó de mano en mano, perdido y sin sentido. Vagando en dedos fríos por torneos de mala muerte, en pistas horribles de club. Quizá el destino quiso que muchos pasaran por su vida antes para así poder valorarle realmente. A ÉL.
Sea quien sea el que creara esta vida, este mundo, este deporte, el que fuera, si ideó un revés a una mano, seguro que lo hizo pensando en que alguien lo ejecutara un día como lo hace Federer. Lo hace parecer tan fácil. Pero si fuese sencillo lo haría cualquiera. Si fuera fácil, muchos lo estarían haciendo ya como él. Y si no pareciera imposible, todo el mundo lo habría hecho ya.
Porque por separado no son nada. Juntos, como cuerpo y alma, como mar y espuma, como agua y escarcha, como noche y luna. Eternos.
Porque cuando Federer tira ese revés a una mano el tiempo se para, se curan heridas, se responden preguntas, nada se explica y todo se entiende.
Porque para explicar lo que es de verdad ese revés a una mano tan sólo hacen falta dos palabras: gracias Roger.
Érase una vez un revés a una mano.
El suyo. El del maestro Roger Federer.