Pocas cosas hay más antiguas y que mejor representan la tradición del tenis que los cuatro torneos que configuran el Grand Slam: el Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos. Son el DNI del tenis y coexisten desde 1905, año en el que nació el último de ellos, el Australian Open. Ahora la sombra de un advenedizo quinto ‘grande’ se cierne sobre el panorama del deporte de la raqueta. El espectacular y faraónico torneo de Indian Wells pretende ocupar esa nueva plaza dentro del calendario a partir de 2019. El riesgo de desvirtuar la tradición está ahí presente, o ¿quizá no? ¿Actuaría como sabia nueva? ¿Podría ser una innovación acertada? Hagan sus apuestas.
Durante mucho tiempo se barruntó la idea de que el ahora conocido como Miami Open, el antiguo torneo de Cayo Vizcaíno, disputado sobre esta península en miniatura frente a la ciudad de Miami, fuera sede de un quinto Grand Slam. No sin razón, alegaban que las instalaciones y que el cuadro y duración del torneo eran más propios de un US Open que de un Súper 9, Masters Series o Masters 1000 cualquiera. El apelativo se quedó en algo más relacionado con publicidad para el torneo que en una seria intención de convertir al evento de Florida en uno de los elegidos.
Pero Miami lleva tiempo cediendo terreno. Y ese terreno lo está ganando el evento con el que comparte mes en el calendario tenístico: Indian Wells. Desde luego tiene las condiciones idóneas en muchos aspectos para ser lo que en realidad es, un torneazo, el mejor del mundo, como escribía recientemente Nacho Mühlenberg. Anclado en una urbanización de lujo en medio del oasis que es el valle de Coachella y a dos horas en coche de Los Ángeles, este enclave es precisamente eso, ‘el oasis’ para los tenistas. E incluso para los aficionados, que llegan en masa gracias a numerosos turoperadores que organizan viajes a Palm Springs e Indian Wells.
Doce días de torneo, infinidad de pistas, la segunda central más grande del planeta tenis, toda una red de servicios para darle al tenis ese halo de parque temático que también desarrollan en Estados Unidos. Sin duda, Indian Wells (o pozos indios en castellano por la enorme existencia de canales acuíferos subterráneos que posee y que llevan explotados desde tiempos muy lejanos) sería el Grand Slam del exceso, una especie de Las Vegas del tenis, la cual no queda muy lejos de allí.

El director del torneo californiano, Raymond Moore, decía hace poco al respecto de la posibilidad que tiene su evento, como recoge Ubitennis: “Podríamos convertirlo en un Grand Slam. Poseemos las instalaciones y el espacio. Además la superficie es dos veces mayor que la de Wimbledon, Roland Garros y el Abierto de Australia”, comentaba. Y objetiva una fecha para convertir en realidad el sueño de un quinto grande en el desierto. “Esta nueva condición podríamos adquirirla no antes de 2019, ya que el sistema de calendario está bloqueado hasta finales de 2018. En un año o dos la ATP y la WTA empezarán a discutir un nuevo formato y posiblemente nuevas categorías”, admite el director del torneo.
Parece que todo está listo para que el quinto Grand Slam tome forma y se materialice en California. Si esto llega finalmente a producirse, ni que decir tiene que por mucho que Indian Wells sea ‘major’ no lo va a colocar a la altura en cuanto a prestigio de los otros cuatro, entre los que también hay cierta escala, pero mucho menor. Sería el tercer Grand Slam sobre cemento, dando un espaldarazo más a una superficie que está engullendo todo lo demás. Sería también el segundo Grand Slam en suelo estadounidense, por tanto, representando no sabe muy bien qué, aparte del dinero y la opulencia, lo cual sobra decir.
El Australian Open es el Grand Slam de Asia/Pacífico, Roland Garros el gran reducto y bastión de la tradición en tierra batida, Wimbledon la cuna del tenis y de la superficie que lo vio nacer, la hierba, y el US Open obviamente, bandera del tenis americano. Un Grand Slam en suelo asiático quizá tuviera algo más de sentido, cosa que tampoco es descartable. Pero la idea de Indian Wells o incluso la anterior de Miami suenan a verdaderos excesos que distorsionarían el tenis desequilibrando la complicada estabilidad que ya de por sí tiene. Cierto que entre Australia y París hay mucho hueco temporal, amén de distancia en kilómetros, pero rellenarlo con otro Grand Slam puede ser excesivo.
¿Qué pensáis? ¿Nuevos tiempos para el tenis? ¿O respeto a los clásicos?

