Skip to main content

En lo más recóndito de Angelique Kerber

Fabián Valeth - 31 ene 2016 | 07:00

Tras verla sonreír con el trofeo más importante de su carrera, Kerber nos lleva a hacer memoria sobre cómo ha sido la historia de la reina de Melbourne.

Una piscina pudo haber provocado que Angelique Kerber no fuera hoy la portada de muchos periódicos. Esa pileta hubiera sido la culpable de que hoy Alemania siguiera con una sequía de Grand Slam de 16 años, que Steffi Graf continuara siendo la única teutona con un Major en la Era Abierta; o tal vez que hoy Serena Williams hubiera igualado el récord de la mítica de Mannheim. Dudas que nunca vamos a resolver o que simplemente son sandeces porque el efecto mariposa nos enseña que cualquier variación en un sistema, por muy pequeña que sea, puede llegar a provocar consecuencias catastróficas.

A Kerber, siendo joven, le atraía más la natación que cualquier otro deporte y llegó a conseguir éxitos importantes para su corta edad. Sin embargo, de un golpazo terminó inclinándose por el tenis, la raqueta le interesó más y dejó de lanzarse al agua para verse frente a una red golpeando una pelota. Y es que para ella esta disciplina no le era indiferente, al contrario, desde los tres años se había iniciado por el impulso de su abuelo Januzs Rzeznik, quien construyó un complejo de tenis con pistas de cemento, gimnasio, centro de recuperación y le rubricó el nombre de su nieta, y porque sus padres, Slawomir y Beata, inmigrantes polacos que se instalaron en Alemania, también habían practicado el tenis en un momento de sus vidas.

Aunque Angelique nació en Bremen, Polonia le mueve mucho más las fibras. En Puszczykowo, una ciudad del condado de Poznan, la alemana mantiene su residencia simplemente porque no le fue sencillo desprenderse del lugar donde pasó gran parte de su niñez. Incluso, su abuelo contó que hubo conversaciones con la Asociación de Tenis de Polonia pero nunca hubo un acuerdo para ver a Kerber defendiendo los colores blanco y rojo; todo terminó entonces con su vinculación al equipo alemán al cual representa a día de hoy.

Su relación con Polonia es tan íntima que en muchas oportunidades ha reconocido que una de sus mejores amigas en el circuito es la polaca Agniezka Radwanska, amistad que en múltiples oportunidades ha conseguido que ambas pasen vacaciones en el país de Europa Central.

Su primera final la disputó en el WTA de Bogotá en febrero de 2010 y allí sería el comienzo de una de las carreras más regulares que cuenta el circuito femenino en la actualidad. Desde la precocidad en el profesionalismo, Kerber ya demostraba su interesante faceta que desglosaba un juego plano, veloz y variado; atesorando una derecha correcta y un revés capaz de tolerar la intensidad. No podía envidiarle el físico a ninguna: siempre ha demostrado ser capaz de aguantar extensas batallas.

El salto de calidad lo propinó en septiembre de 2011 cuando participó en el US Open, siendo una tenista del rimero y que tranquilamente podría ser presa fácil en las ruedas iniciales. En segunda instancia dio el bombazo eliminando a Aga Radwanska, 12 del mundo en ese entonces, y aprovechó la apertura del cuadro que la llevó a enfrentarse luego a Kudryavtseva, Niculescu y Pennetta. En un parpadeo estaba en semifinales de Nueva York, siendo una principiante de tales actuaciones. Fue un premio al esfuerzo, un par de semanas atrás en Dallas también había pisado la ronda de las cuatro mejores llegando desde la clasificación. Allí Kerber se dio cuenta que su trabajo duro empezaba a demostrar resultados.

Aunque cayó luego ante Stosur, quien finalizaría campeona, aquel US Open fue un trampolín que la eyectó a la parte más alta del ranking, una zona que jamás había experimentado. Angelique se despidió de Norteamérica dentro del top-40 para nunca más salir de allí. Aquella fantasía pudo haber sido solo momentánea, pero al contrario, fue el espaldarazo que tanto necesitaba para darse cuenta del potencial que poseía. Llegó su ingreso al top-10, que sucedió por primera vez luego de alcanzar las semifinales en Roma 2012, y desde ahí no ha conocido qué es salir de las mejores 20 del mundo. Toda un ejemplo de constancia, perseverancia y tesón.

El Abierto de los Estados Unidos ha sido también su punto de inflexión mental y psicológica. Luego de despedirse en cuartos de final el pasado año ante Victoria Azarenka no dudó en ir Tiffany y regalarse algunas joyas, destacando una entre las demás: un anillo que usa en todo momento y que le recuerda que siempre que quiera puede jugar de forma extraordinaria. El talismán le ayudó tanto que hace unos días atrás, en cuartos de final de su mágico Abierto de Australia, pudo vencer a la bielorrusa por primera vez en siete partidos.

Pudo haber sido la misma energía que ante Serena le permitió quedarse con su primer Grand Slam, pudo haber sido también lo que le dio una mano para no despedirse en primera ronda cuando tuvo bola de partido en contra ante la japonesa Misaki Doi.

Kerber, aquella que es fanática de los juegos de mesa y las cartas, que no le gusta ir al dentista, que odia las almejas, ostras y el sushi y que siempre que va a jugar a París tiene por obligación ir primero a pasear a la Torre Eiffel y comer crepes de puré de manzana o Nutella, en entrevista para este portal en 2013 expresó que para ganar un Grand Slam “todo tiene que ir perfecto durante 15 días”. Ya podemos decir que conocemos la perfección.