Roger Federer sirve en algún momento de su primer partido en el Open de Australia 2016. La bola bota fuera, más allá de la T, pero Basilashvili, conducido por la inercia, la devuelve. Quince mil miradas, educadas en la idea millones de veces repetida de que la bola seguirá su dirección, y será recogida por uno de los recogepelotas de fondo, esperan precisamente eso, o que el tenista la repela desdeñosamente. Pero ocurre algo distinto. Federer volea de revés, con sutileza, y señala una ruta cuya existencia nadie conocía. Es la ruta por donde vuela la bola, desbravada, hasta las manos del recogepelotas junto a la red, quien la empoma casi de milagro, y curiosamente gracias a un movimiento que en su fotografía final es bello, federiano.
El muchacho mira a Federer y en su mueca hay asombro, hay maravilla, pero sobre todo hay descubrimiento.
Nuestros cerebros están autoprogramados para predecir el futuro en base a los hechos comúnmente ocurridos en el pasado. La mayoría de las veces la composición de lo que hay frente a nuestros ojos repite su dirección, su color, su forma, y el resto de características que nos hacen delimitarlo, precisarlo, y creer que es así, y que será así siempre.
Los genios son quienes nos enseñan que el mundo no era (o no era sólo) como la costumbre nos había enseñado que era. En la categorización de quienes influyen sobre las cosas que pasan, y que nos afectan, ellos están en la instancia más alta. Para el caso del tenis, están incluso por encima de los grandes campeones, porque ellos no sólo son grandes campeones sino que además construyen caminos y encienden luces en la nada, en sitios donde antes no había mundo.
Cuando Roger Federer se vaya muchas de esas luces se apagarán, y la bola regresará a las manos del recogepelotas de fondo. Pero entonces sabremos que ese no es el único camino.
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— Khoa Nguyen (@kuhwahh) enero 18, 2016

