Dicen que solo es un torneo de exhibición, que el objetivo es simplemente entrenar, calentar, preparar la temporada que está a la vuelta de la esquina. Pero claro, luego vemos la manera en la que juega Rafael Nadal y la intensidad y ganas que le pone en cada punto que te das cuenta que estamos ante algo más que una pachanga de verano. Con su tercer entorchado en Abu Dhabi acabó el español tras despachar a Milos Raonic en una final donde la paciencia fue el factor determinante.
Su partido ante David Ferrer ya había sido memorable, no le íbamos a pedir que ante Raonic diera de nueva otra exhibición. Este no fue tan bonito, pero sí más práctico. En semifinales disfrutamos de grandes intercambios, desgaste en las piernas, diversión ante los puntos imposibles y un público entregado ante tal función. Hoy era momento de apretar los dientes, tensar las piernas, aprovechar las oportunidades y tirar de oficio ante un rival que no si le das margen no te perdona.

Rafa fue ligeramente superior dentro de un encuentro regido por la igualdad y donde Raonic dio buena fe de sus declaraciones tras el encuentro de ayer ante Stan Wawrinka: “Me falta paciencia”. Esto, si te falta ante Nadal, puedes acabar bastante perdido. Pese a ello, el primer set llegó hasta un tiebreak que deshizo toda la competitividad de los doce juegos anteriores. Allí el balear barrió a su oponente y dejó la tierra cosechada para lo que quedaba de duelo.
La segunda manga se quedó algo coja tras el 7-6 del español en el parcial previo. Raonic bajó algo la intensidad, afectado sobre todo por ese set perdido, y Nadal aprovechó el momento de duda para apretar más todavía al futuro pupilo de Carlos Moyá (7-6, 6-3). Finalmente no hubo sorpresa y el balear se coronó cinco años después campeón en Abu Dhabi tras dos brillantes victorias ante dos jugadores de renombre y rivales directos en el top-10 de la ATP. Rafa se lleva un trofeo, dos triunfos y la sensación de que competir ante los mejores ya ha vuelto a formar parte de su rutina diaria como profesional.

