Juanma Muñoz rescataba y destacaba hoy con gran acierto parte de una entrevista, concedida por Maria Sharapova a «The Straits Times», y donde la rusa manifestaba su profunda sorpresa ante el hecho de que muchas rivales directas de Serena Williams le hubieran deseado ganar el Grand Slam.
Sí que sorprende. Sorprende ese peloteo y ese cobismo de lo más miserable que obliga al aficionado —esto es lo peor— a encuadrar a Serena no dentro del marco del debate tenístico, o de las dificultades deportivas de sus rivales para ganarla, sino como la matona del recreo. Como la niña negra grande a la que hubiera que dar la mitad del Bollycao en el cole, “mamá, porque si no nos ha dicho que nos va a matar”.
Hace tiempo que hay más ejemplos de lo mismo. Agnieszka Radwanska —obligándome por lo demás a descreerme del amor tal y como la literatura cuenta que es— manifestó, tras perder contra Muguruza en Wimbledon, que Serena no permitiría a la española ganar el título. Hace falta ser perdedora para declarar algo como eso, subcomunicando por supuesto, en tanto que la final dependía de la voluntad de Serena, que de haber sido ella misma la finalista habría perdido con toda seguridad.
Sharapova tiene razón: si la cosa va de lo que Serena quiera, ¿por qué jugar? Serena siempre va a querer lo mismo.
Muchos aficionados manifiestan, reconozco que para mi disgusto, la imposibilidad de comparar la ATP con la WTA en términos de calidad y competitividad, pero en parte tienen toda la razón. Por lo menos, en la ATP la ausencia de competitividad rara vez suele ser porque los rivales directos hacen la pelota a los dominadores del circuito, para que no les roben el bocata, o para que no los citen al final del día fuera de las pistas, en la puerta del polideportivo (del “poli”), con tal de darles una buena paliza por haber creído que podían ganar.
Más Muguruzas hacen falta.


