Garbiñe Muguruza es la bomba.
Cuestión aparte es su recorrido de mejora, largo en muchos planos, como por otra parte es natural.
Quienes la critican con saña (o sea sin constructividad) son personajes que ya desde su nacimiento, desde siempre, fueron maduros, icebergs, y por eso, porque nunca fueron jóvenes como se suele ser, disparan contra ella diciendo que "es un flan", que es irregular. Claro que es irregular. Tiene 21 años.
A veces observamos el tenis de un modo tan laboratorial que olvidamos al ser humano, aunque por otra parte Garbiñe Muguruza, incluso siendo muy joven e irregular, ya es la 5ª mejor del mundo en su disciplina. No veo nada de particular, nada extravagante como no sea muy a su favor.
Escuché a su ex entrenador, Alejo Mancisidor, decir que ya está entre las cuatro o cinco mejores del mundo en cuanto a golpeo. Yo creo que no está entre las cuatro o cinco mejores. Creo que es la mejor, o por lo menos, la más impresión-ante.
Cualquiera que vea tenis con frecuencia sabe que la mayoría del tiempo el espectador no se siente muy estimulado. Durante casi todo el partido puede permitirse el lujo de depistarse casi a coste cero. Aparte están los puntos que lo emocionan. Si, distraído, se perdió uno o varios de esos puntos y además se tragó al menos la mayoría del resto, el balance de su mala gestión es un déficit emocional. De alguna manera —aunque por culpa suya— el partido está en deuda con él. Los puntos excitantes son los que generan superávit. Un rallie casi infinito que termina con los tenistas —o con las tenistas— liquidando el punto cerca de la red mediante trucos de brujería; uno de esos winners paralelos, que encienden la bola como si fuera la cabeza de un fósforo, en mitad de un monótono intercambio de reveses desde el fondo; una dejada que parece darle al mundo a cámara lenta. Todo eso está muy bien, pero la otra tarde, viendo a Garbiñe, me acordé de Capote en su prefacio de «Música para camaleones»: “[…] hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte”.
Garbiñe Muguruza es verdadero arte, porque hay algo en su tenis que sólo puede ser expresado a través del arte, y no exclusivamente a través del tenis. Algo invisible y misterioso que marca la diferencia entre la emoción y la conmoción, cada vez que con toda naturalidad suelta uno de esos palos de dieciséis kilotones.
Es ingravitante.

