Uno al que ya esperábamos y otro que jamás hubiéramos imaginado. Uno que lleva cuatro finales perdidas sobre el papel y otro que aterrizó hace doce meses arrasando para convertirse en el dueño del lugar. Es curioso la manera en la que llegan Novak Djokovic y Marin Cilic a estas semifinales del Us Open 2015 por la gran antítesis que representan y, sin embargo, nadie podría asegurar con una certeza completa que el número uno del mundo vaya a solventar su cita de esta noche con la facilidad que, visto lo visto a lo largo de la temporada, debería ocurrir. Esto es la magia del tenis, la belleza de los Grand Slams. De lo que no hay duda es que un balcánico estará en la Artur Ashe en la jornada del domingo y que un suizo será el último escollo en su camino hacia la gloria. Europa vuelve a conquistar Nueva York.
El cuadro se ha portado más que bien con el número uno del mundo, apartándole de su camino hasta penúltima ronda cualquier peligro que representara la carne de top-18. Las tres primeras rondas apenas acarrearon problemas al de Belgrado y en su doble cita con españoles tan solo se cedieron dos mangas tras la batalla. Mucho peor lo ha pasado el de Medjugorje, inmerso en dos encuentros a cinco mangas -Kukushkin y Tsonga- y obligado a servir mejor que nunca para salir airoso ante todas las amenazas que intentaban impedir que el rey mantuviese su corona. Esa que hace un año le hacía tocar el cielo de la Gran Manzana ante la incredulidad de todo el mundo aficionado a este deporte.
La rivalidad entre ambos es poco menos que sangrante. Trece enfrentamientos desde el día en que se conocieron (Dubai, 2008) y siempre el triunfo a favor del tenista serbio, sin distinción. Ni en Grand Slams, ni en cemento, ni en años pares, ni a cinco sets, ni en jornada nocturna… nada. El mundo de la raqueta todavía no vio una victoria de Marin Cilic sobre Novak Djokovic, y eso que no se enfrentaron pocas veces. Este mismo año, con el croata en horas bajas después de una lesión que le restó todo su ritmo competitivo, el número uno del mundo apenas encontró oposición en cuartos de Montecarlo (6-0, 6-3) o en cuartos de Wimbledon (6-4, 6-4, 6-4), sirviéndose llanamente de su experiencia para apear a su compañero balcánico del camino hacia el título.
Los números tiran a favor de Novak, no se puede negar. Pero si existe un lugar donde puede saltar la sorpresa más irreverente es aquí, en Nueva York. Para muestra basta con retroceder una temporada y rememorar cómo Marin Cilic pasó, después de tres partidos impolutos, de ser un buen jugador a ser historia del tenis. Djokovic busca alcanzar su cuarta final de Grand Slam del curso y completar así el cuadrado mágico, algo que nunca pudo descifrar, mientras que el de Medjugorje sueña con reeditar la final de 2014, su primera gran cita en un major, y silenciar a todos aquellos que dudaron de él desde el primer día de competición. Cierto es que lleva toda la temporada sin plantarse en una final y sin inclinar a un top-10, con lo que deberá matar dos pájaros de un tiro si no quiere hacer las maletas antes de lo deseado. Ardua tarea, aunque no imposible.

