Cuando el Us Open 2015 dio el pistoletazo de salida hace ya más de una semana, la mayoría de quinielas barajaban, por lo general, tres nombres como grandes candidatos a alzarse con el título: Roger Federer, Novak Djokovic y Andy Murray. Pero escondido tras ellos, como casi siempre que se presenta una cita de tal importancia, Stan Wawrinka aparece como segundo plato por si alguno de los primeros no se cocina a tiempo. Campeón del Open de Australia y campeón de Roland Garros. Cuartofinalista en todos los majors del circuito ATP. Ex número tres del mundo y actual número cinco. ¿Es el de Lausana un hombre a tener en cuenta de cara al trono en Nueva York?
Si alguien ha estado del lado de Wawrinka en este torneo ha sido el azar del cuadro. Después de solventar sin demasiados apuros las tres primeras rondas (se deshizo de Albert Ramos, Hyeon Chung y Ruben Bemelmans), el de Lausana se plantaba en octavos de final de Grand Slam una vez más sin hacer mucho ruido y sin ceder sets en su camino. “De momento no he perdido ningún parcial pero estoy preparado para jugar al mejor de cinco cuando sea necesario”, admitía el helvético tras batir al belga y beneficiarse de las bajas de amenazas como Jack Sock o Dominic Thiem por su parte del cuadro. Eso sí, sus oponentes no habían sido de una gran relevancia, y pese a no haberse dejado mangas en su trayecto, las resoluciones de los encuentros no habían sido tan plácidas como en principio parecían.
En los octavos de final tenía cita con Gilles Simon, siempre y cuando el ranking cumpliera las expectativas puntuales. Pero no, allí no apareció el francés ya que se encontraba descansando en Niza todavía pensando cómo pudo perder ese partido de primera ronda tras firmar los dos primeros sets. Pero perdió, y enfrente estaba Donald Young para ponerle cara a la sorpresa. El norteamericano, emulando su mejor participación en Grand Slam, asaltaba la guarida de Stan quitándole el primer parcial de su torneo, aunque esto nunca es como empieza. En ese momento el suizo desconecta, resetea y vuelve a empezar. Es la cabeza de alguien al que no le gustan los problemas, alguien que arrasa o tropieza. Esta vez fue un tropiezo minúsculo, aplastado por dos parciales posteriores que enviaron al helvético directo a cuartos de final.

Es precisamente los cuartos de final una ronda de la que nadie ha logrado sacar a Stan esta temporada, hablando de territorio Grand Slam: semifinales en Australia, campeón en Roland Garros y cuartos de final en Wimbledon. Por agrandar el círculo, el de Lausana solamente se quedó fuera de esta rueda en uno de sus últimos nueve majors disputados (Roland Garros 2014, Guillermo García López en 1R). Una regularidad pasmosa elaborada a base de latigazos con su revés y un duro trabajo mental que corre a cargo de su entrenador, Magnus Norman. Él fue quien le descubrió que, no solo podía competir con los mejores, sino que podía ganarles. Era algo que Wawrinka no sabía, y bendito el día en que lo descubrió.
Precisamente, ese es el peligro que afronta el vestuario desde esta unión helvética-sueca. Wawrinka sabe que puede vencer a cualquiera y el resto sabe que pueden perder ante Stan. Cualquiera. Para muestra sus dos coronas en Grand Slam y sus números semifinales y cuartos de final. Puede que en estas cuatro primeras citas el de Lausana no haya dado su mejor versión, pero si hay alguien capaz de tumbar a Novak Djokovic o Roger Federer -los dos tenistas que más están brillando en Nueva York- ese es el suizo de 30 años. En su mano está el arma más poderosa, si la pone a tono y acompaña con su fe inquebrantable en la victoria, Wawrinka representa ese elemento de doble filo capaz de lo mejor y de lo peor. Una incógnita que él mismo deberá resolver.

