Djokovic es aburrido

OPINIÓN | Pensar en el tenis coñazo pero meritorio del serbio hace recordar la mordedura pútrida de los ultras, apocalípticos de la auténtica opinión.

Iván Alarcón Tortajada | 20 Jul 2015 | 08.32
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En un libro de filosofía («La sociedad del cansancio»), [pero vamos a ver pero esa puta mierda quién la lee, ¿bujarras na más?] Byung-Chul Han expresaba una idea interesante: la de sentir a otra persona como a un enemigo sólo por su otredad, es decir, sólo porque esa persona no soy yo, o porque es alguien que está fuera de lo que considero propio (p. ej. un amigo, o una amiga, o un padre). [Pero qué dices macho anda tira pa allá que al final vas a pillar cacho con esas mariconadas de mierda].

El sentimiento general de no pertenencia a los otros es natural e inofensivo: uno va al instituto o al trabajo, ve a tropecientas mil personas por el camino, probablemente las escucha en el metro, o en el bar, y en general no experimenta hacia ellas sentimientos polares como amor, o apego; aunque tampoco antipatía, fobia u odio. Pero esa desteñida coexistencia con la mayoría de los demás —desapasionada pero al fin y al cabo respetuosa y saludable— puede convertirse en un muy serio problema cuando los individuos a los que afecta están territorializados en el extremo. [Ye en serio tira a tomar por culo ya de aquí que me estás dando agonía y te voy a soltar dos hostias ya en serio, ¿eh?, te lo digo].

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Hace un par de domingos, mientras veía la final de Wimbledon, pensaba en lo profundamente insípido que me resulta Novak Djokovic. El serbio es el campeón más insulso del tenis reciente. Su victoria contra Federer, prácticamente por la vía del cloroformo, fue no obstante una manifestación de antipoesía y de anticolorismo. Su tenis militar tiene la misma gracia precisamente que un militar. O que el grupo de aparentes paramilitares —Becker con su aspecto y formas les ha venido como una suerte de líder del comando— que constituyen el equipo técnico del serbio. Su superioridad, por lo demás incontestable y digna de admiración, fue tediosamente mecánica, maquinal. Djokovic no es inspirador. Es metalúrgico.

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La mencionada opinión —sincera—, de ninguna manera podría servir de argumento para delatarme como una mala persona, como un mal ciudadano. Al fin y al cabo, no es más que eso. Una opinión. Un concepto propio sobre algo, que en realidad no invade a nadie ni compromete necesariamente su felicidad. Pero con todo y con eso, mientras algunos/as la leían, han comenzado a odiarme. Son los supremacistas del serbio —cualquier súper estrella tiene su caterva—. Sus ultras, sus fanáticos. Son quienes no comprenden que Nole no guste, y por lo tanto, en el fondo, no dan permiso para que no guste, por más que con su impostura lo pretendan aparentar. Son, en resúmen, quienes no permiten no ser como ellos.

José Ángel Caperán afirmaba, en un artículo sobre psicología integrista [va que ya mas hinchao los cojones mecagüentuhijadelagranputísimamadre], que el integrismo se basa en la subestimación del orgullo del otro. Es verdad: se basa en creer que bajo el aplastamiento del otro no surgirá una semilla que resista más, cuando en realidad la mayoría de las veces sí surge. Una semilla de odio. Lo peor es que la primera planta —la agredida— no tenía por qué ser una planta invasora, pero obligatoriamente, la que surge tras la agresión sí. O como diría aquel, si alguien traza una línea aquí y establece dos bandos, incluso sin quererlo estás obligado a formar parte de uno.

En un conflicto tipo árabe-israelí, por ejemplo, el odio se transmite de generación en generación, y no sólo hay integrismo sino también terrorismo (asesinatos); y en un blog tipo «Punto de Break», el odio se transmite de noticia en noticia y aunque no hay terrorismo, se palpa la agresividad: a más de uno le gustaría repartir unas hostietas, o si no tuviese huevos —lo normal—, ver cómo alguien se las reparte al insensato o insensata que tuvo la equivocada idea de tener otro ídolo, y sobre todo de defender sus motivos. O de no tener ningún ídolo, como yo por ejemplo, y como muchos otros; y tener pan y hambre para todos los tenistas, según argumentos que lógicamente parten del gusto pero no del incondicionalismo.

El comportamiento hooliganista me recuerda al de los zombies de «Amanecer de los muertos» (Dawn of the Dead en el original), película que vi hace un par de fines de semana. Los muertos vivientes —que para el caso serían los trollacos, algunos disfrazados con esmoquin o raya en el medio pero trollacos igualmente—, endemoniados, atacan sin pensar, como perros rabiosos a los humanos, para transformarlos en la misma escoria indiferenciada que son ellos. La mayoría sucumbe, y los que no, permanecen ocultos, abandonados a su margen o planeando un contraataque que llegará en el momento adecuado (son aquella semilla que ha surgido y resiste).

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Muchas veces veo (leo) en los foros a los “enviados” de Nole, o de Rafa, o de Roger, librando la guerra santa —la excusa de los peores exterminadores—; todos ciegos y sordos aunque pretendan aparentar (sin éxito) que ven al otro y lo escuchan. Creyendo que su orgullo es más grande, que guerreando lograrán convencer (imponer) al otro de que su dios es dios. Pero su dios no es dios lógicamente porque no puede objetivarse uno. Echo de menos a quienes entienden verdaderamente esto. Los intuyo abandonados a su margen, hartos de la agresividad impensada del zombie, descreídos de que la buena educación y la disposición —auténtica— a ceder parte del territorio propio para crear uno con el otro sirve de algo con esta pandilla de ultras. Cuando no, los veo tristemente con el cuchillo entre los dientes, sin elección al otro lado de la línea que trazó un nadalista —debajo de qué piedra se esconden muchos ahora—, o un federista, o un nolecista repulsivo, infecto, irascible y colérico; aniquilador del debate que yo al menos preferiría, porque sería realmente un debate [plaf, plaf].