Me acosté con Maria Sharapova

El viernes por la noche me acosté con la Campeona de Wimbledon 2004, la tenista rusa Maria Sharapova, y respondo a vuestras preguntas.

Iván Alarcón Tortajada | 6 Jul 2015 | 07.30
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El viernes por la noche me acosté con Maria Sharapova.

Primer bote. Segundo, cuyo impacto sobre la hierba de la Centre Court en el All England Lawn Tennis and Croquet Club provoca un sonido casi sordo. Más imperceptible que el silencio susurrante de los espectadores, quienes miran a la joven rusa, áurea, al mismo tiempo que escuchan el singular sonido palpitante que un corazón emite en los instantes previos al inicio de una final de Wimbledon. Masha lanza la bola al aire, que se eleva hasta casi el borde del plano televisivo. El exacto y preciso momento en el que la pelota ya no sube más pero tampoco ha comenzado aún a bajar es el paradigma del vilo.

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En seguida, apenas en cuanto comienza a descender, Maria la sacude con todo, con la raqueta, con toda la presión de su mano en la empuñadura, con todo el cuerpo, con toda el alma, y entonces todo el mundo, incluyendo a Serena Williams, despierta de aquella prodigiosa quietud en equilibrio. Es una bomba. La norteamericana sólo puede restar largo. Alguien grita out y definitivamente la final femenina de Wimbledon 2004 ha comenzado. 15-0 para la aspirante, una espléndida rubia que recuerda tan inevitablemente a Anna Kournikova pero que está a punto de demostrar que no es Anna Kournikova ni por el forro. Ni por el anverso ni por el reverso. Aplaude el gentío. Serena tratará en ese primer juego de subcomunicar que allí quien manda es ella. Que ella es la puta jefa, pero no lo conseguirá.

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Maria comienza a inmoderarse: los bramidos que en el futuro cualquier aficionado al tenis asociará con ella al principio parecen sollozos, pero al menos superan el silencio. Empieza muy pronto a sentirse a gusto. Serena suelta sus sartenazos con la misma brutalidad agreste de hoy en día, pero la mítica —y jovencísima— tenista de Michigan se balancea por la pista como un columpio al que hubieran empujado. A veces, incluso cae.

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Maria invierte hasta el aliento para contrapesar los kilos con los que los obuses de Serena impactan en su raqueta. Su revés es tan silvestre como el de la norteamericana. Al servicio, se comporta igual que si estuviera grabando ejemplos de videomanual. Resta profundo los cañonazos de la Williams. Incluso con desplazamiento lateral, estirada como una gata, devuelve para complicarla. Corre como delante de un león, pero al mismo tiempo su sentido táctico es intachable. No necesita verlo todo para comprender los puntos, para saber dónde la estará esperando una Serena Williams que pronto comienza a merendar passings. C’mon, empieza a declarar Masha con regularidad. Serena quiere chillar más, y lo consigue, pero no jugar mejor. Algunos de sus golpes levantan el estómago, siembran e inmediatamente cosechan los Oooohs del público, rendido por momentos a las manifestaciones de su tenis animal, pero finalmente Maria se lleva la primera manga por un rotundo 6-1.

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Al principio del segundo set Masha incluso materializa un «ZAS, EN TODA LA BOCA», enviando literalmente uno de sus proyectiles al morro —parece que a partir de entonces se le calienta— de Serena Williams. El partido cambia. Serena gruñe con cada raquetazo igual que si golpease un saco de boxeo. Suena a bisonte embravecido. Hay puntos para la historia reciente del tenis. Esa historia donde habría que incluir en clave paritaria al potente, virtuoso y magnífico tenis femenino. Algunos de esos puntos —casi todos los de más bella factura estética, y épica— suman a favor de la rusa, quien por momentos parece transmutada en Serena Williams: es ella quien ahostia la bola, quien somete a la rival a base de potencia con control; la saca de la pista, la despieza. “Sensational”, pronuncia en televisión el retransmisor igual que si por el extremo de sus pies ya hubiera comenzado a derretirse. El público está endemoniado. Privado de su alfabetización. Sólo sabe chillar. Sólo sabe aullar, febril, como cuando en un combate de boxeo uno de los dos púgiles deja groggy al otro, y en mitad del aguacero de golpes que sucede a ese momento alguien grita: “Mátalo. Mátalo”.

mátala mátala esta negra se creía que iba a darte duro pero ahí estás tú rubia quién eres tú rubia pero quién eres tú rubia de dónde has salido para darle a esta negra engreída su jarabe de palo chula más que chula esta negra dale rubia dale rubia quién eres tú pero dale duro así dale por dios cómo me lo estoy pasando mátala rubia mátala mátala mátala

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Y la mata: «Ch’ship Point», dice un letrero bajo su nombre, debajo del marcador en la esquina superior izquierda de la pantalla. Vuelve a aterrizar en la Centre Court del All England Lawn Tennis and Croquet Club un silencio mucho más madurado, mucho más vivido, pero aproximadamente igual de susurrante que cuando Maria Sharapova provocaba aquellos impactos casi sordos con la bola, justo antes de lanzarla al cielo para el primer servicio del partido. Su mirada, verdosa y lozana, asesina e inmisericorde, de pronto se revela como el mejor presagio —que siempre estuvo ahí— del destrone de Serena Williams. Maria completa el bucle: lanza la bola al cielo, la sacude con todo cuando aún está muy arriba. Es una bomba. Serena, no el prototipo de Serena sino la gran Serena Williams, la gran Serena Slam —y esa es quien fue durante toda la final— apenas aguanta un par de bofetadas. Lo que viene después es la ovación que proclama a esa dorada y joven tenista rusa como nueva campeona de Wimbledon a sus 17 años.

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Durante alguna de las tomas con los aplausos del público empaquetando a una Maria que sonríe en la pantalla de mi smartphone, sosteniendo el resplandeciente plato entre sus manos, terminó de vencerme el sueño el viernes por la noche.

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Aquel día el histórico de enfretamientos, o Head to Head, entre Masha y Serena quedaba empatado, 1 a 1. En noviembre de ese mismo año, el siguiente enfrentamiento entre ambas lo volvería a ganar la rusa en otra final, en Los Ángeles. Hoy, el balance es de 17-2 para la norteamericana. Maria no ha vuelto a ganarla en 16 oportunidades multisuperficie —tres de las cuales corresponden a finales de Grand Slam y una a final de Olimpiadas— surgidas durante 11 años. Más aún, la rusa sólo ha ganado tres sets en ese tiempo contra Serena.

Ahora, en la presente edición de Wimbledon, mientras ambas continúan avanzando, quién sabe si hasta el partido que las cruzaría en semifinales, regresa el runrún en torno a una de las rivalidades más atractivas —incluso sin alternancia— del tenis femenino actual.

Toni Nadal, tras la derrota de su sobrino contra Dustin Brown, el jueves, era preguntado sobre si el problema de Rafa es de juego o de cabeza, y él respondía así: “Va todo un poco junto. En primer lugar, cuando no tienes la confianza tus golpes pierden seguridad y pierden dirección. Después, cuando tus golpes pierden dirección también tienes menos confianza”. Y en un momento posterior de la entrevista afirmó: “Yo confío en hacer un clic en algún momento y recuperar el nivel de juego porque, a ver, a mí mi lógica me dice que si hemos estado a un buen nivel durante mucho tiempo, tampoco hay una razón tan clara como para dejar de ser buenos”.

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Nunca tan cierto como para Maria Sharapova, aunque no tanto en general —como sucede con Rafa—, sino muy especialmente por lo que respecta a sus enfrentamientos contra Serena Williams. La rusa, por lo demás tan generalmente capaz frente al resto de rivales, por muy temibles y poderosas que sean, manifiesta ante la norteamericana la evidencia de que juego y psicología (cuerpo y mente) son indisolubles. Si cualquiera de las dos está afectada, en tanto que ambas coexisten superpuestas, entonces las dos lo están.

Ni Serena durante estos 11 años ha tenido para ofrecer —en los planos visibles del juego— mucho más de lo que ofreció aquella tarde londinense de 2004, ni Maria Sharapova ha tenido para ofrecer mucho menos. A partir de ahí, la espantosa seguidilla de derrotas de aquella hambrienta jugadora de 17 años, precisamente ante la rival a la que demostró cómo doblegar, subcomunica la primordial idea de que en la vida no siempre que se cree se crea, pero siempre que no se cree, no se crea.

—Mi victoria en Wimbledon es como un recuerdo de la infancia —ha manifestado Maria durante estos días.

Tal vez un buen comienzo sería hacerla valer en su cabeza de otra forma.

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Si nadie ni nada lo impide, en semifinales, vigésimo asalto.