—¿Cuál es el mejor revés de la historia? —preguntó.
—El de Wawrinka —dijo—, y hasta su voz sonó extraña.
Varias veces escuché decir a Iñaki Gabilondo algo como que los humanos habíamos vivido siempre, en cada época, igual que si el sentido de toda la historia anterior hubiera sido alcanzar el presente; punto último y definitivo, donde las cosas por fin eran como tenían que ser. Las mejores de siempre. Axiomáticamente, aquello llevaba implícito el principio de causalidad: B es el efecto de A, que lo precede y es su causa, y así regresivamente hasta el principio de los tiempos. Una manera de ver las cosas a simple vista nada descabellada, excepto en el caso —propuesto por Gabilondo— de que siendo B el momento actual, éste se interprete como un cuando que ya no ha de dar paso a nada, que no es sólo otra parte de la suma de más partes —dentro de un continuo infinito—, sino un momento del tiempo estático, final, al que se llega como a una meta, como a algo completado, y cuyo contenido se ve igual que si fuera más relevante, más mejor que todo lo sucedido anteriormente. Es el summum del especismo y del antropocentrismo. Él, lógicamente, hablaba de ello en el contexto de un debate sociopolítico. “[…] luego ya no hay nada más, después de que yo me muera, que soy el centro de todo, y después de mí no hay nada, como antes tampoco hubo nada. Esa locura de mirada […]”.
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Gutiérrez Morón, en su reciente artículo titulado «El mejor revés de la historia», proponía una elección cuyas condiciones, por descontado, permitían seleccionar jugadores de cualquier tiempo posible; y contó, como electores oficiales para sus comicios, con un arsenal de especialistas de auténtico lujo, que votaron mediante sistema de puntuación con tal de ayudar a encontrar el oro. Recordó Gutiérrez Morón a Kelly y sus violentos.
De parte de los aficionados que fuesen a participar en el foro posterior al artículo, y a pesar de que la erudición de muchos es notable, hubiera cabido esperar una mayor aproximación a las ideas de Gabilondo —presuponiendo su clarividencia—, por causa del margen de error que introduce el desconocimiento, como mínimo parcial, de la historia. Esta en realidad es una de las grandes causas de que las ideas de Iñaki Gabilondo probablemente sean ciertas: un humano promedio, hoy en día, conoce muy bien su tiempo, pero suele desconocer, muy bien, gran parte del tiempo que lo precede, y como consecuencia inevitable el tiempo anterior, extraño e ignorado, no tiene de lejos la misma significancia para él. Si tiene que elegir, elige creer que el hoy es mejor aunque sólo sea porque no conoce mucho del ayer. Sin embargo, en este sentido lo paradójico de los resultados que obtuvo Gutiérrez Morón, fue que los especialistas daban más la razón a Gabilondo que los lectores, contrariamente a lo que cabía esperar por la menor especialización de los segundos (menor conocimiento de la historia del tenis, que es a lo que íbamos). Stan Wawrinka, jugador en activo, destacado y destacable pero fuera de la GOAT Discussion, ganaba las elecciones a Mejor Revés de la Historia.
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El humano es humano gracias su relación consigo mismo, con su otro contemporáneo, y con el mundo en el que está, esto es, con la realidad de su tiempo; no con la de un tiempo anterior ni siquiera en el caso de que lo conozca —por ejemplo bibliográficamente, o audiovisualmente— a la “perfección”. La realidad construida a partir de experiencias que se viven mientras sucede el hecho vivido, y que son consecuencia suya y del que también formamos parte —aunque sea como contexto—, supera por mucho a la significación que alcanza cualquier realidad no experimentada (tan ampliamente) que nos preceda. Por ejemplo, para quienes vimos en directo el segundo avión chocando contra la torre gemela neoyorkina, el grabado de dicha experiencia en nosotros no será igual —con todos los matices de aquel presente del que también formábamos parte— que en el adolescente que vea hoy por televisión un documental sobre el suceso. Además, está la cuestión de la identidad, o sea, de la extraordinaria y desmarcadora fuerza del sentimiento de pertenencia del individuo al tiempo del que forma parte, y sobre todo al grupo de cosas que incluye ese tiempo y que le causan placer. Como por ejemplo, un jugador de tenis por cuyo revés siente debilidad.
Stan Wawrinka, si pudiéramos prescindir de la obligatoria contextualización de cada tenista en su tiempo, tendría muchas posibilidades de ser, objetivamente —cosa por lo demás casi seguro que imposible—, el tenista con mejor revés de la historia. El suyo es sin duda uno de los mejores reveses de hoy en día —¿de los mejores o de los más estéticos?—, y decir “hoy en día”, en el deporte, en general es decir mejor que en el pasado, en tanto que mejoras multifactoriales —nutricionales, físicas, tecnológicas, metodológicas, etc.— suelen desembocar en deportistas más diestros que sus predecesores. Esto sirve también para el archi manido debate sobre el GOAT (The Greatest of All Time; El Más Grande de Todos los Tiempos), aunque cabe apuntar que la cientificidad aparente no siempre es sinónimo de verdad. O por ejemplo, ¿es Roger Federer el GOAT porque tiene más Grand Slams que ninguno, o el hecho de que esté 9-2 abajo en finales y semifinales de Grand Slam contra su principal rival contemporáneo (Rafael Nadal) introduce una duda razonable? De cualquier manera, la elección, en este momento concreto del tiempo, de Stan Wawrinka como el tenista con mejor revés de la historia, muy probablemente guarde relación con esa parte emocional de los electores —nada sospechosos de ignorancia— conectada con su mayor preferencia innata, difícil de neutralizar, hacia las cosas de su gusto que pertenecen a su tiempo, y de las que han formado parte aunque sólo fuera como entorno (en este caso como espectadores).
Cabe matizar que muchos de quienes votaron —o todos— también son contemporáneos de Stefan Edberg, por ejemplo, pero ahí la pérdida de información adquirida —el olvido— como consecuencia del transcurso del tiempo juega su papel. Imaginemos a dos personas de quienes sepamos que estuvimos enamorados, durante nuestra vida, con la misma intensidad aproximada. De una nos enamoramos hace poco, y de la otra hace mucho. Incluso sabiendo que estuvimos más o menos igual de enamorados (pongamos que mucho) ¿es igual la experiencia subjetiva de lo que sentimos hacia la persona de la que nos enamoramos el mes pasado, que la referente a la persona de la que nos enamoramos hace años? El tiempo todo lo cura, también lo que no duele. Ver a Stan Wawrinka ganando Roland Garros ha significado un flechazo para muchos. Un acontenimiento (con)movedor.
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Conclusivamente, A.- Casi seguro que los especialistas hicieron bien su trabajo como especialistas: Stan Wawrinka probablemente sea, en realidad, el tenista con mejor revés de la historia, habida cuenta de que el suyo es uno de los mejores reveses de la actualidad, dentro del marco de una disciplina —el deporte— cuyo desarrollo histórico en general ha sido no involutivo, sino evolutivo. Por lo que respecta al tenis en concreto, las mejoras progresivas en el acondicionamiento físico, técnico y tecnológico de los tenistas proclaman a los de hoy como los mejores al menos en esos planos, y seguramente como los mejores en general. Pero B.- Muy probablemente la coincidencia en el tiempo de la encuesta con el triunfo del suizo en Roland Garros, está conectada con la preferencia de los especialistas —que antes que especialistas son amantes (también del tenis)— hacia aquello por lo que más afecto sienten, que es su patria.
Finalmente llegamos a algo, a la patria (la emocional), sobre la que cualquiera sabe un par de cosas: que cada uno de nosotros, por encima de todo, la prefiere y la defiende. Pero es cierto —y ahí iba Gabilondo— que demostraríamos ser más sabios, y más respetuosos con nosotros mismos y con esa patria, en el caso de que viviéramos más en coherencia con el hecho incontrovertible de que la vida, también la nuestra, está regida por un principio de transitoriedad.
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Me acuerdo de la última entrevista concedida —después murió— por uno de mis escritores favoritos, Roberto Bolaño. Hubiera sido maravilloso saber que le apasionó el tenis —pero nadie lo sabe porque no le apasionó—, ya que cuando Mónica Maristain le preguntó qué era para él la patria, seguro que hubiera respondido exactamente lo que respondió, pero con un matiz: “Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros, (o tenistas), que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria”.

