Lo que parecía imposible sucedió. Derrotar a Rafa Nadal en la tierra de Roland Garros al mejor de 5 sets, al 4 veces campeón del torneo, al rey absoluto del polvo de ladrillo. Ni el denominado mejor jugador de la historia, Roger Federer, había reunido la osadía suficiente para doblegar la raqueta del mallorquín. Por supuesto nadie contaba aquel día con un tenista sueco al que Nadal había pasado por encima recientemente en Roma (6-1 y 6-0). Todo indicaba una plácida tarde más para que Rafa ampliara su reinado y consiguiera su pase a cuartos de final.
Nada más lejos de la realidad lo ocurrido en la Philippe Chatrier aquel último día de mayo. Söderling salió a por todas desde la primera bola, dejando claro que como poco haría pasar una tarde incómoda al número uno de la tierra batida. Su nuevo entrenador, Magnus Norman, le había conferido una confianza nunca vista antes. Añadió control y constancia a unos tiros que de serie venían potentísimos y muy planos. Rafa se vio notoriamente desconcertado por el nuevo Söderling y perdió con relativa rapidez el primer set (6-2).

Las condiciones de la tierra de la central no eran las mejores para los intereses de Nadal. El día estaba pesado, bastante nublado y el juego del sueco ganaba enteros. Si bien Rafa nunca había tenido que ir a un quinto set en Roland Garros, si había experimentado un comienzo de partido muy adverso con aquel 6-1 que le endosó Federer en la final de 2006. Un ‘break’ tempranero de Nadal parecía que significaba la vuelta a la normalidad. Pero no, ese día no sería como los demás. Söderling recuperaría la desventaja, mandando un mensaje claro de que iba a por el partido.
El desenlace del segundo acto fue favorable al mallorquín merced a un ‘tie-break’ lleno de raza y orgullo. ¿El espejismo de la primera derrota de Nadal sería solo eso? ¿Un espejismo? El discípulo de Norman se iba a encargar de materializar lo visto hasta ese momento. No bajó su creencia en la victoria, algo insólito cuando juegas contra Nadal y más aún en Roland Garros. Un despliegue encomiable de derechas, reveses, saques a más de 200 km/h y certeras voleas que iban achicando a Rafa y acrecentando el rumor sobre el final de su reinado. Por primera vez Nadal veía como le arrebatan dos sets en el Grand Slam parisino.
Era el momento para que el zurdo de Manacor firmara una de esas proezas que tan grande le habían hecho. Pronto se puso 2-0 pero igual de pronto Söderling echó por tierra las esperanzas. El resto del cuarto set fue una batalla a cara de perro por romper el saque del contrario, pero sin éxito. El final de la historia no podía ser otro que el ‘jeu décisif’, un desempate con una carga de emoción y de incertidumbre elevadísima. Si lo ganaba Rafa había quinto set y la remontada era más que posible. Si lo ganaba el sueco, se acababa el partido y la imbatibilidad del rey de Roland Garros.

Lamentablemente para los intereses del tenis español, ocurrió lo segundo. Un rotundo 7-2 en el ‘tie-break’ culminaba la tarde más gloriosa de Robin Söderling y una de las más amargas de Rafa Nadal. Concluía una racha de 31 victorias consecutivas en el Abierto Francés. Todo el mundo pensaba que sería Federer el encargado de romperla, pero este sueco libre de complejos sorprendió a propios y a extraños dando una de las grandes campanadas del torneo. Se colaría en la mismísima final donde el propio Federer acabaría con él alzando su único título en París hasta la fecha. Rafa no perdonaría y al año siguiente se tomaría justa venganza derrotando al sueco en la final. Había perdido el cetro, pero fue capaz de recuperarlo y retenerlo con mano más firme aún con 5 títulos seguidos hasta esta edición.

